Sunday, July 04, 2004

Otro hermano mayor

Muy de vez en cuando se encuentra uno dándole largas a un libro con el propósito pueril de no tener que separarse de él. Ahora me doy cuenta de que llevo un poco más de tiempo de lo normal enredado con "El desvío a Santiago", de Cees Nooteboom, y me parece que va a ser por eso. Sobre todo después de leer este párrafo:

Sucede en todos los viajes, o mejor, me sucede en todos los viajes largos. El tiempo que estoy fuera de casa se paraliza, se solidifica, se convierte en una especie de cosa masiva y rara que se cierra tras de mí. Entonces estoy fuera, estoy sometido a algo diferente, al viajar, al efímero elemento de no pertenecer a nada, a la recopilación de lo otro. He buscado una palabra para esto, y no puedo decirlo de otra manera: me extiendo. Según Spinoza este es uno de los dos atributos de Dios, así que tengo que andar con cuidado, pero bueno. Me dilato con aquello que absorbo, veo, recopilo. Esto no es ningún saber superior, más bien es una formación en aluviones, un anudamiento de imágenes, de textos, de todo lo que fluye hacia mí desde la calle, la televisión, de conversaciones, de periódicos, y se queda prendido junto a mí, o dentro de mí.

Que en el caso de este holandés el lugar de las revelaciones sea mi propio país le añade, desde luego, un elemento de interés: no todos los días tiene uno la oportunidad de verse a través de unos ojos enamorados (y no encuentro otra palabra para la mirada de Nooteboom sobre España). Pero quiero pensar que mi afinidad con él no depende de ello, que si hubiera escrito sobre Dinamarca o Argelia me habría hecho entrar en resonancia del mismo modo; porque lo importante es que miramos igual, nos fijamos en el mismo tipo de cosas, aplicamos mecanismos muy parecidos para sacar conclusiones.

Estoy ignorando, claro está, el abismo entre su erudición concienzuda, bien asentada y mi chapucero picar aquí y allá dos días antes de salir. Porque de verdad creo que eso no es lo fundamental (siempre que no quiera yo hacerme pasar por otra cosa); pienso, por ejemplo, en el viaje de Magris por el Danubio: me costaría trabajo elegir si me lo pidieran, los admiro a ambos por igual, y sin embargo con el triestino no siento esto que estoy tratando de describir: él se aproxima a lo que mira desde otro ángulo, fascinante y enriquecedor pero no el mío. Repaso en cambio mis (ay, siempre demasiado escuálidas) notas de viaje y veo esos mismos saltos en el vacío, esa sensación de estar entendiendo (o inventando) mucho más de lo que objetivamente te llega, esa propensión a hacer de esponja con sus riesgos y sus alegrías.

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