Tuesday, July 27, 2004

Manías personales, I

¿Es el cisne elegante? La elegancia requiere, para manifestarse, un cierto grado de realidad; es precisamente la manera en que solventa con gracia instintiva los inevitables, sucios contactos con el mundo real lo que convierte en elegante a un ser. Así el camello cuando apoya con delicadeza sus patas acolchadas, la jirafa alcanzando las ramas más difíciles en un giro de cuello inverosímil, el gato que absorbe el impacto de una caída mortal con nada más que la inspirada disposición de masas y extremidades. El estilo no es más que la adaptación implacable de la forma a un fin.

Al cisne que se desliza por la superficie del lago sin alterar su quietud de espejo le falta ese mínimo de implicación. La perfección lineal de su movimiento sobre carriles (sólo en paralelo a la orilla, nunca en vertical, ni siquiera hacia nosotros o alejándose) nos hace recordar una acertada expresión de la Estática clásica: tiene un sólo grado de libertad.

Su silueta recortada no resistiría exponerse bajo otro ángulo; el cisne sólo existe de estricto perfil. Si lo rodeásemos, nos da la sensación de que encontraríamos la superficie plana de chapón cubierta de astilladuras y remaches. Hagámoslo volar o simplemente trepar a un promontorio rocoso en medio del lago, y veremos arruinarse su obvia belleza de estampita en un torpe agitarse de patas y plumas.

Vano y cursilón como una debutante que lleva el lazo del pelo a juego con la hebilla de los zapatos, el cisne encarna el pacato anhelo de perfección de quien no se mancha nunca porque ni se acerca al barro. Si uno ama, por contra, a las bellezas descalzas que con el rimmel corrido y los tacones bajo el brazo teclean de amanecida en el cajero, haciéndose visera con el bolsito, para arrancarle un par de horas más a la noche ya gastada, no tendrá nada que tratar con esos seres esquemáticos y hermosos.

Hizo falta un erotómano insaciable y longevo, como el padre Zeus o su cantor Ovidio (lo mismo es), para encontrarle la vuelta perversa al más recalcitrante de los símbolos de pureza. No es extraño que los amase Richard Wagner, ese sublimador enfebrecido. Más justo, sin embargo, más de nuestro lado al menos nos parece Rubén, que con un solo adjetivo impiadoso los desterró de la literatura para siempre.

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