Wednesday, July 21, 2004

Las Pirámides   
 
Para bien o para mal, a estas alturas de la Historia viajamos para reconocer. Saturados como estamos de imágenes, resulta difícil figurarse lo que sería ver por primera vez, sin referencia alguna, el Partenón, Venecia, el Grand Canyon. Aun así, nada de lo que hayamos visto nos prepara para la avasalladora presencia física de las Pirámides de Giza. No es que sean diferentes; nada hay en esos volúmenes elementales que no reconozcamos. Es que son abrumadoras (el tamaño, créanme, sí importa); es que su mero estar ahí, el modo como ocupan el lugar, la extraña fluidez que esas masas compactas confieren al espacio que las circunda nos produce un vértigo casi físico. 

La primera, inevitable reacción, a despecho de todos los conocimientos que podamos llevar como coraza, es de angustia. Guardiana del terror llamaron los árabes a la esfinge con instinto certero; el terror, claro está, serían las tres monstruosas abstracciones que cada amanecer descubre ahí, imperturbables, iguales a sí mismas desde hace cinco mil años. Antes de verlas a plena luz tuve la oportunidad de descubrirlas, desde un taxi lanzado por el frenesí de pasos a nivel y rondas entrecruzadas, en la pesadilla de un peatón que es el Cairo actual; en la alta noche, entre siluetas de edificios anónimos, se materializaban a intervalos en lugares siempre inesperados, aboliendo ominosamente las ideas de escala o distancia. Así entrevistas, incomprensibles y esquivas, me dejaron el recuerdo de un aura indudablemente maléfica. 
 
En cambio al amanecer, desde la ventana del hotel (y ni siquiera un hotel muy cercano), es la gloria del Egipto eterno que te asalta de golpe, y te rindes sin condiciones. No sé decir cuanto tiempo estuve allí sentado, sin apartar la vista de ellas; fue una fascinación perezosa y blanda, sin arrebatos: simplemente no se me ocurría nada mejor que hacer que seguir mirándolas. Después vendría el acercamiento intelectual, la comprobación pasmada de que todo lo que has estudiado está ahí, perfectamente legible e interpretable como si no hubiera océanos de tiempo por medio; pero el primer asalto, el que te engancha definitivamente y sin remedio, es puramente sensorial.
 
Es imposible que exista nada más hermoso; su total simplicidad hace parecer superfluo y amanerado todo el resto de las obras humanas. Se trata de un logro absoluto, definitivo: un gesto que, apenas inaugurada, clausura la historia de la arquitectura. A partir de ahí sólo cabe un nuevo principio, y entonces la columna, el dintel, la articulación cada vez más refinada de los elementos. Pero el fin último, la forma perfecta y radiante, la monumentalidad total, se consiguió nada más empezar. Tal vez por eso es una disciplina tan viciosa y retórica la de construir edificios.

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