Wednesday, July 28, 2004

Catálogo de envidias, III

Las alusiones, los juegos de espejos, los ecos de ecos... no podría prescindir de ellos al escribir. Para bien o para mal somos un fin de raza, vivimos de estímulos reciclados y el reto es cómo disponerlos de forma que conserven el aguijón sin caer en la obviedad.

Nunca sé si los recuerdos que hay detrás de lo que escribo quedan visibles o no; entre decirlo sin más y destruir el efecto o arriesgarme a que nadie pille la alusión, lo que hago al final es desesperarme. Por eso cuando veo un fragmento como este de Ossip Mandelstam se me activan las glándulas moradas de la envidia.

El poeta narra la agonía de una soprano italiana que en su día fue una celebridad en San Petersburgo. El bullicio que oye por la ventana, el esfuerzo último por cantar, la vuelta momentánea al pasado... la muerte de la cantante se entrelaza con la de Violetta Valery a todos los niveles; su canto quebrado de despedida resuena a la vez en la habitación petersburguesa y en la buhardilla de París.

Las marciales florituras de las cacareantes trompetas de los bomberos, como anunciadoras briosas de una desgracia triunfal e invencible, irrumpieron en el mal ventilado dormitorio de la casa. Pasaron estruendosos los percherones arrastrando toneles, carretas y escaleras; la llama de las antorchas lamió los cristales. Pero en la oscurecida consciencia de la cantante moribunda ese ruido oficial, esa loca carrera de hombres con pelliza de cordero y cascos, ese montón de sonidos aprehendidos y conducidos bajo escolta se convirtió en la llamada de una obertura de orquesta. En sus orejas pequeñas, feas, sonaron claramente los últimos compases de la obertura de "I due Foscari", la ópera con la cual debutó en Londres…

Se incorporó y cantó, lo preciso, pero no con su voz flexible, metálica y grata que le había dado fama y que tanto elogiaba la prensa, sino con la voz de pecho mal desbastada de una adolescente de quince años que no sabe manejar su potencia, economizarla, por lo cual tanto le había reñido su profesor Cattaneo.

"Adiós Traviata, Rosina, Zerlina…"

¿Hacía falta ya al final nombrar a Traviata? Me imagino al poeta en la encrucijada de que hablaba yo arriba, y debo decir que mitiga mi envidia el hecho de encontrarlo inseguro y al final innecesariamente recalcador, porque aunque sea el mismo texto con su bordoneo entre las dos ficciones el que le dé la pauta de ese adiós a Violetta ¿disimulada? entre los demás papeles, creo que no tenía por qué terminar así un párrafo tan soberbiamente alusivo.

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