Monday, July 26, 2004

Amores a primer oído, VI

Los descubrimientos más genuinos, aquellos en que la canción te llega directamente sin referencias, son los de la radio. Una de esas noches sin dormir, víspera de entrega, en que acababas dejando puesta alguna emisora de las de canciones encadenadas, me sacó del estado catatónico (esas noches dibujábamos con el piloto automático, prácticamente dormidos) una voz templada y distante, perfecta de dicción, de una elegancia suave y atenuada que yo nunca había encontrado en el pop español.

El dolor de cabeza que me protege cada noche,
que me nubla la vista y me quita las ganas
de beber;
de beber fantasías y recuerdos excitantes,
y nada más excitante que trabajar en tus caricias


Más tarde disfrutaría del piano leve, tintineante, bordeando la pena como de puntillas, de los violines untuosos pero asordinados y levemente irónicos, demasiado profesionales para abandonarse. Pero en principio fue la voz de Cristina y la extrañeza de las frases sin verbo, de las pausas y las repeticiones casi desconcertantes: esos pequeños desajustes que en los sueños demasiado realistas nos avisan de que estamos en otro mundo.

Por amor al comercio voy a cruzar este puente.
Por amor al comercio voy a cuidar este dolor.


Así que era esto. Ese título lo había leído alguna vez, y nunca olvido un nombre: Esclarecidos, el grupo de culto de los ochenta. Pues por una vez era verdad todo lo que decían. Demasiado finos para triunfar, demasiado buenos para no hacerlo.

Una atmósfera intemporal, como de club elegante y retro en una estación espacial o en un rascacielos de Hong Kong; música transparente, ligera, eficaz: directa a las venas, como un dry martini helado.

De palabras, tabaco, teléfono y alcohol,
alcohol que me han prohibido mil veces
en un mes;
un mes en el que te has olvidado de que existo
y más que existir lo que hago es campar por ahí.


Anduve tiempo con el estribillo en la cabeza (insatisfactoriamente breve y truncado, lo repetía una y otra vez), pero tardé en comprar el disco: estaba enfrascado en otras músicas, sí, pero también es cierto que a esos mundos no gusta asomarse muy seguido: miedo de gastarlos. Algunas noches –pocas- me pongo un gin tonic en casa, con todo el ceremonial. Algunas noches –pocas- escucho a Cristina Lliso cantar la desesperación más elegante de la historia del pop.

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