Wednesday, July 28, 2004

Catálogo de envidias, III

Las alusiones, los juegos de espejos, los ecos de ecos... no podría prescindir de ellos al escribir. Para bien o para mal somos un fin de raza, vivimos de estímulos reciclados y el reto es cómo disponerlos de forma que conserven el aguijón sin caer en la obviedad.

Nunca sé si los recuerdos que hay detrás de lo que escribo quedan visibles o no; entre decirlo sin más y destruir el efecto o arriesgarme a que nadie pille la alusión, lo que hago al final es desesperarme. Por eso cuando veo un fragmento como este de Ossip Mandelstam se me activan las glándulas moradas de la envidia.

El poeta narra la agonía de una soprano italiana que en su día fue una celebridad en San Petersburgo. El bullicio que oye por la ventana, el esfuerzo último por cantar, la vuelta momentánea al pasado... la muerte de la cantante se entrelaza con la de Violetta Valery a todos los niveles; su canto quebrado de despedida resuena a la vez en la habitación petersburguesa y en la buhardilla de París.

Las marciales florituras de las cacareantes trompetas de los bomberos, como anunciadoras briosas de una desgracia triunfal e invencible, irrumpieron en el mal ventilado dormitorio de la casa. Pasaron estruendosos los percherones arrastrando toneles, carretas y escaleras; la llama de las antorchas lamió los cristales. Pero en la oscurecida consciencia de la cantante moribunda ese ruido oficial, esa loca carrera de hombres con pelliza de cordero y cascos, ese montón de sonidos aprehendidos y conducidos bajo escolta se convirtió en la llamada de una obertura de orquesta. En sus orejas pequeñas, feas, sonaron claramente los últimos compases de la obertura de "I due Foscari", la ópera con la cual debutó en Londres…

Se incorporó y cantó, lo preciso, pero no con su voz flexible, metálica y grata que le había dado fama y que tanto elogiaba la prensa, sino con la voz de pecho mal desbastada de una adolescente de quince años que no sabe manejar su potencia, economizarla, por lo cual tanto le había reñido su profesor Cattaneo.

"Adiós Traviata, Rosina, Zerlina…"

¿Hacía falta ya al final nombrar a Traviata? Me imagino al poeta en la encrucijada de que hablaba yo arriba, y debo decir que mitiga mi envidia el hecho de encontrarlo inseguro y al final innecesariamente recalcador, porque aunque sea el mismo texto con su bordoneo entre las dos ficciones el que le dé la pauta de ese adiós a Violetta ¿disimulada? entre los demás papeles, creo que no tenía por qué terminar así un párrafo tan soberbiamente alusivo.

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Tuesday, July 27, 2004

Manías personales, I

¿Es el cisne elegante? La elegancia requiere, para manifestarse, un cierto grado de realidad; es precisamente la manera en que solventa con gracia instintiva los inevitables, sucios contactos con el mundo real lo que convierte en elegante a un ser. Así el camello cuando apoya con delicadeza sus patas acolchadas, la jirafa alcanzando las ramas más difíciles en un giro de cuello inverosímil, el gato que absorbe el impacto de una caída mortal con nada más que la inspirada disposición de masas y extremidades. El estilo no es más que la adaptación implacable de la forma a un fin.

Al cisne que se desliza por la superficie del lago sin alterar su quietud de espejo le falta ese mínimo de implicación. La perfección lineal de su movimiento sobre carriles (sólo en paralelo a la orilla, nunca en vertical, ni siquiera hacia nosotros o alejándose) nos hace recordar una acertada expresión de la Estática clásica: tiene un sólo grado de libertad.

Su silueta recortada no resistiría exponerse bajo otro ángulo; el cisne sólo existe de estricto perfil. Si lo rodeásemos, nos da la sensación de que encontraríamos la superficie plana de chapón cubierta de astilladuras y remaches. Hagámoslo volar o simplemente trepar a un promontorio rocoso en medio del lago, y veremos arruinarse su obvia belleza de estampita en un torpe agitarse de patas y plumas.

Vano y cursilón como una debutante que lleva el lazo del pelo a juego con la hebilla de los zapatos, el cisne encarna el pacato anhelo de perfección de quien no se mancha nunca porque ni se acerca al barro. Si uno ama, por contra, a las bellezas descalzas que con el rimmel corrido y los tacones bajo el brazo teclean de amanecida en el cajero, haciéndose visera con el bolsito, para arrancarle un par de horas más a la noche ya gastada, no tendrá nada que tratar con esos seres esquemáticos y hermosos.

Hizo falta un erotómano insaciable y longevo, como el padre Zeus o su cantor Ovidio (lo mismo es), para encontrarle la vuelta perversa al más recalcitrante de los símbolos de pureza. No es extraño que los amase Richard Wagner, ese sublimador enfebrecido. Más justo, sin embargo, más de nuestro lado al menos nos parece Rubén, que con un solo adjetivo impiadoso los desterró de la literatura para siempre.

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Monday, July 26, 2004

Amores a primer oído, VI

Los descubrimientos más genuinos, aquellos en que la canción te llega directamente sin referencias, son los de la radio. Una de esas noches sin dormir, víspera de entrega, en que acababas dejando puesta alguna emisora de las de canciones encadenadas, me sacó del estado catatónico (esas noches dibujábamos con el piloto automático, prácticamente dormidos) una voz templada y distante, perfecta de dicción, de una elegancia suave y atenuada que yo nunca había encontrado en el pop español.

El dolor de cabeza que me protege cada noche,
que me nubla la vista y me quita las ganas
de beber;
de beber fantasías y recuerdos excitantes,
y nada más excitante que trabajar en tus caricias


Más tarde disfrutaría del piano leve, tintineante, bordeando la pena como de puntillas, de los violines untuosos pero asordinados y levemente irónicos, demasiado profesionales para abandonarse. Pero en principio fue la voz de Cristina y la extrañeza de las frases sin verbo, de las pausas y las repeticiones casi desconcertantes: esos pequeños desajustes que en los sueños demasiado realistas nos avisan de que estamos en otro mundo.

Por amor al comercio voy a cruzar este puente.
Por amor al comercio voy a cuidar este dolor.


Así que era esto. Ese título lo había leído alguna vez, y nunca olvido un nombre: Esclarecidos, el grupo de culto de los ochenta. Pues por una vez era verdad todo lo que decían. Demasiado finos para triunfar, demasiado buenos para no hacerlo.

Una atmósfera intemporal, como de club elegante y retro en una estación espacial o en un rascacielos de Hong Kong; música transparente, ligera, eficaz: directa a las venas, como un dry martini helado.

De palabras, tabaco, teléfono y alcohol,
alcohol que me han prohibido mil veces
en un mes;
un mes en el que te has olvidado de que existo
y más que existir lo que hago es campar por ahí.


Anduve tiempo con el estribillo en la cabeza (insatisfactoriamente breve y truncado, lo repetía una y otra vez), pero tardé en comprar el disco: estaba enfrascado en otras músicas, sí, pero también es cierto que a esos mundos no gusta asomarse muy seguido: miedo de gastarlos. Algunas noches –pocas- me pongo un gin tonic en casa, con todo el ceremonial. Algunas noches –pocas- escucho a Cristina Lliso cantar la desesperación más elegante de la historia del pop.

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Thursday, July 22, 2004

Aquí va un dibujito egipcio, del templo de Luxor (con el escaneado pierde algo, qué se le va a hacer).

 

Wednesday, July 21, 2004

Las Pirámides   
 
Para bien o para mal, a estas alturas de la Historia viajamos para reconocer. Saturados como estamos de imágenes, resulta difícil figurarse lo que sería ver por primera vez, sin referencia alguna, el Partenón, Venecia, el Grand Canyon. Aun así, nada de lo que hayamos visto nos prepara para la avasalladora presencia física de las Pirámides de Giza. No es que sean diferentes; nada hay en esos volúmenes elementales que no reconozcamos. Es que son abrumadoras (el tamaño, créanme, sí importa); es que su mero estar ahí, el modo como ocupan el lugar, la extraña fluidez que esas masas compactas confieren al espacio que las circunda nos produce un vértigo casi físico. 

La primera, inevitable reacción, a despecho de todos los conocimientos que podamos llevar como coraza, es de angustia. Guardiana del terror llamaron los árabes a la esfinge con instinto certero; el terror, claro está, serían las tres monstruosas abstracciones que cada amanecer descubre ahí, imperturbables, iguales a sí mismas desde hace cinco mil años. Antes de verlas a plena luz tuve la oportunidad de descubrirlas, desde un taxi lanzado por el frenesí de pasos a nivel y rondas entrecruzadas, en la pesadilla de un peatón que es el Cairo actual; en la alta noche, entre siluetas de edificios anónimos, se materializaban a intervalos en lugares siempre inesperados, aboliendo ominosamente las ideas de escala o distancia. Así entrevistas, incomprensibles y esquivas, me dejaron el recuerdo de un aura indudablemente maléfica. 
 
En cambio al amanecer, desde la ventana del hotel (y ni siquiera un hotel muy cercano), es la gloria del Egipto eterno que te asalta de golpe, y te rindes sin condiciones. No sé decir cuanto tiempo estuve allí sentado, sin apartar la vista de ellas; fue una fascinación perezosa y blanda, sin arrebatos: simplemente no se me ocurría nada mejor que hacer que seguir mirándolas. Después vendría el acercamiento intelectual, la comprobación pasmada de que todo lo que has estudiado está ahí, perfectamente legible e interpretable como si no hubiera océanos de tiempo por medio; pero el primer asalto, el que te engancha definitivamente y sin remedio, es puramente sensorial.
 
Es imposible que exista nada más hermoso; su total simplicidad hace parecer superfluo y amanerado todo el resto de las obras humanas. Se trata de un logro absoluto, definitivo: un gesto que, apenas inaugurada, clausura la historia de la arquitectura. A partir de ahí sólo cabe un nuevo principio, y entonces la columna, el dintel, la articulación cada vez más refinada de los elementos. Pero el fin último, la forma perfecta y radiante, la monumentalidad total, se consiguió nada más empezar. Tal vez por eso es una disciplina tan viciosa y retórica la de construir edificios.

Sunday, July 18, 2004

Hay otros mundos, II
(Blogs que podían haber sido, en otras circunstancias)

NYC vibe

Last day I was watching Sex & the city, season 2 (yeah, a bit too self-referent, what can I say?). There’s this chapter in which Miranda Hobbes spots a gorgeous half naked boy eyeing and smiling at her through the opposite window. She feels in the mood for playing and gives a smile back... and a little more. Well, one thing leads to another and soon they’re giving each other private shows every night (talk about a room with a view :lol).

Well, the next thing is she meets this guy in the grocery shop and after much hesitation summons up the courage to say hello... just to be recognized as “the girl who lives below the guy I‘m flirting with”.

I think this is the saddest thing I’ve ever seen on TV.

And I should know. I’ve been there: it’s just devastating.

But then again, who cares? I mean, after Utter and Complete Humiliation, what’s left but rising up gracefully and going your way?

Thursday, July 15, 2004

Orgullo, también

España-Italia, IV
En una novela histórica… rara, un pintor que para el caso podría ser Velázquez le escribe desde Italia a su rey, que para el caso podría ser Felipe IV:

Olvídate de todo. De verdad, déjalo. No me puedes entender porque nunca has
salido de ahí, pero si vieras esto se te cae el alma a los pies. (...)

Vinimos a Italia… ya sabes a qué, pero cuanto más miro, más busco, más me fijo, más triste me pongo y sabes que no es por mí.Yo no soy Palladio, ni Sangallo, ni Rafael, y tú nunca tendrás lo que anhelas. Podría describirte las villas florentinas y romanas con tanto detalle que te echarías a llorar; los palacios de Urbino, Vicenza y Mantua. Roma. No es la pompa, créeme; no es el esplendor, ni nada que se le parezca. Es una belleza que asusta, como lo hace a veces la noche. No tenemos suerte, Felipe. Podría sugerirte que derribemos el Alcázar y hagamos algo nuevo. Sólo necesitas a Bernini, Borromini y Cortona. (…) Hace poco me dijo un pintor que prefería ser mendigo en Roma que caballero en madrid. ¿Qué quieres que le responda?
No sé, esto es cierto y lo he sentido cada vez que he estado allí, y sobre todo cada vez que he vuelto. Somos incapaces de belleza, de armonía, de cualquier placer organizado. Pero también Nooteboom tiene razón, esa intensidad áspera y decisiva, ese ponerlo todo en cada apuesta, esa falta absoluta de medida nos redime.

...y además me da rabia la falta de orgullo que pone el autor en boca de un tío que con dos pinceladas en una bocamanga borra del mapa toda la pintura anterior.

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Tuesday, July 13, 2004

Help

¿Alguien sabe qué tengo que tocar en mi plantilla para estrechar un poco la banda lateral y dejar más sitio al texto?

También me gustaría poder archivar las entradas por temas, pero me han dicho que en blogger no se puede.

Amores a primer oído, V

En casa de M.M., que a nuestros 18 años tenía lo que se me antojaban todos los discos del mundo (por una de esas injusticias cósmicas, era su novio J.A. el que tenía fama de saber de música, cuando lo había aprendido todo de ella) escuché The heart of Saturday night, ese disco primerizo de Tom Waits que ahora parece una rareza porque aún no tenía la voz desollada que se ganó después.

Hubo un tema, San Diego Serenade, que me robó el corazón al instante; era el menos negruno del disco, el más melódico. Para M., en aquel momento suyo, el menos interesante de un disco que tampoco le interesaba tanto. Me puse tan pesado (play it again... and again and again) que me lo regaló. No me ha abandonado nunca; hace poco me compré el CD.

Never saw the morning till I stayed up all night
Never saw the sunshine till you turned on the light
Never saw my hometown till I stayed away too long
Never heard the melody until I needed the song


El piano borracho y alunado, lento, solemne como el himno de una patria perdida. La cantinela obsesiva desde allá donde las cosas no deberían importar pero se clavan igual.

Never saw the white line, till I was leving you behind
Never knew I needed you until I was caught up in a bind, babe
Never spoke "I love you" till I cursed you in vane
Never felt my heart strange until I nearly went insane.


(Otro ritual olvidado, el de sacar las letras de las canciones poco a poco, boli en mano y con la cabeza crispada en una torsión maniática, volviendo atrás una y otra vez la aguja hasta desentrañar la palabra imposible o inventársela con arte. Los niños de Napster y Google jamás entenderán esto.)

Never saw the East Coast until I moved on to the West
Never saw the moonlight until it shone off of your breast
Never saw your heart until someone tried to steal it away
Never saw your tears until they rolled down your face.

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Monday, July 12, 2004

El Librero Establecido

He empezado a colaborar en El Lomo, iniciativa del inagotable Hernán Casciari para configurar un corpus de críticas de libros, discos, películas y publicaciones varias, escritas por los colaboradores (lo cual es un arma de doble filo, claro, pero por estas cosas hay que apostar).

Iré pegando aquí las solapas nuevas que escriba (la primera, sobre Kadaré, era material reciclado). Hoy me he dedicado a Yánover, para ver (también) qué me dicen de él los argentinos.


El regreso del Librero Establecido, de Héctor Yánover

No suelo comprar libros sin saber nada de ellos, pero éste me entró por el ojo y me lo llevé sin pensarlo mucho. Seguramente Yánover sea un personaje conocido en la Argentina, pero yo al menos no había oído hablar de él (hace poco me llegó el rumor de que se había muerto). Me alegro mucho de haberme dejado guiar de la intuición, porque encontré una voz con la que puedo entenderme muy bien.

El libro tiene la gracia y los defectos de las cosas fabricadas a base de pegar fragmentos sin ton ni son. Junto a anécdotas de lo burra que llega a ser la gente que compra libros aparecen juicios literarios que consiguen ser breves y certeros sin caer en la tentación del cinismo sumario (tiene el buen gusto de no hablar de lo que le aburre o disgusta). Hay proclamas políticas (algunas obvias, sí, pero otras de una claridad poco común), reflexiones (estas sí, despiadadas) sobre la Argentina y los argentinos, citas importantes, de lector largo y sabio, alguna historia demasiado larga que no debería estar…

Hay también algo que el pudor contemporáneo hace muy difícil de encontrar en un libro de apuntes: metafísica (o religión, esa variante). Hay vueltas y más vueltas (inteligentísimas, reticentes, entregadas, familiares) en la órbita de Borges, que tan difícil debe ser de eludir allá. (¿Es Borges una inteligencia infinita o un piola de Buenos Aires? También).

Y hay sobre todo un amor por los libros irreprimible, asentado, compulsivo, hogareño; una intensa dedicación de largo recorrido a esa actividad rara, imprescindible y adictiva que es la lectura.

Dejo aquí como muestra un texto que me conmovió especialmente; si alguna vez tuviera que hablar del horror (que espero por dios que no) me gustaría poder hacerlo así:

Estaba (yo) tomando un café en la barra del bar cuando alguien comenzó a enumerar desgracias: que perdió Boca, que aumentó la luz, que se apagó la luz, y yo, como un tonto y sin tampoco poderme callar, agregué … "y el miedo".

-¿El qué…?- me pregunta el aludido.
-El miedo- agrego en voz baja ya casi arrepentido.
-¿El miedo a qué…?
-No sé- digo. –No sé.
-Bah…- hace un gesto y sigue hablando con el barman. –Y para colmo -lo escucho decir, -la calle San José estaba llena de tránsito y delante de mí iba una grúa policial a diez por hora.
-Y usted le tocaba bocina todo el tiempo –agrego, aún no escarmentado.
-No- me contesta, -¿cómo le iba a tocar bocina?...
-Bueno, -seguí –eso es el miedo.

Y me fui rápido, lo más rápido que pude.

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Friday, July 09, 2004

Algunos hombres buenos

No me gustan los militares. Nunca me han gustado.

Me da miedo su culto de la obediencia ciega, me irrita que cifren su orgullo en las mismas cosas –respetar la ley, obedecer a la autoridad, no apoderarse del gobierno por la fuerza- que los demás ciudadanos hacemos sin más. Me inquieta que sean capaces de matar sin remordimiento, profesionalmente (o que se lo planteen siquiera). Me horripilan la camaradería, los uniformes, los códigos de saludos.

Su retórica... dios mío, no soporto esa retórica sensiblera, ampulosa, autosatisfecha, esas Mayúsculas, ese hincharse la vena del cuello, ese patriotismo autista y autorreferente.

Y luego está el honor, esa trampa. El honor es estéticamente hermoso, sentimentalmente irresistible y moralmente peligroso. Tengo un problema con el honor, me repele y me atrae, pero en todo caso es un problema teórico que sólo se daría como tal si el honor se manifestase en alguna ocasión en estado puro: en mi experiencia, y fuera de las novelas, no suele ser más que una susceptibilidad de quinceañera, una histérica atención a nimiedades.

No me los creo, además. Detecto mucha hipocresía en su discurso, mucha doble moral. Si valorasen la lealtad como dicen, no sentirían otra cosa que odio africano por unos traidores despreciables como Armada o Milans, no hablarían sino con disgusto de un delincuente como Rodríguez Galindo. Y no es así. Ni mucho menos.

(Y si Pinochet tuviera ese alto sentido del honor que se supone es la marca del militar no se habría escondido como una rata cobarde tras un certificado médico para eludir el juicio.)

Abomino, entiéndase, del pacifismo simplista; me gustaría, como a (casi) todos, que no hubiera ejércitos, pero creo que estamos lejos aún de esa posibilidad: si los más civilizados renunciáramos a defendernos duraríamos cinco minutos.

Soy consciente también de que los militares españoles, después de la monstruosa charlotada del golpe fallido, han dado más motivos de satisfacción que de disgusto. Y por supuesto no ignoro que muchos son excelentes seres humanos (inevitablemente será lo que tengan de militar lo que menos me atraiga de ellos).

Creo que en A few good men se planteó con bastante limpieza (para los estándares de Hollywood) el nudo moral que plantea la existencia de los militares. Y me pareció un acierto el argumento final a su favor: "¿Por qué te gustan?" "Porque velan mientras dormimos".

Pero a mí no me gustan, ni me van a gustar nunca.

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Tuesday, July 06, 2004

Propósito

Aprender catalán en Combray.

(Una preciosa página cuyo enlace insiste en no funcionar. Ver comentarios).

Monday, July 05, 2004

Otro hermano mayor (sigue)

Para muestra, aquí está lo que cuenta Nooteboom del Hospital de San Marcos, en León:

Esta fachada del hotel más bello de Europa tiene cien metros de largo, un edificio como una declaración: con él confirmaron Isabel y Fernando su poder y lo hicieron teatralmente. Siempre es bastante difícil imaginarse que algo que tiene cientos de años fue una vez moderno, pero el gesto puede ser difícilmente sobreestimado. Despedida de la Edad Media en una ciudad pequeña que tiene unas cuantas de las más bellas construcciones de la temprana Edad Media en el mundo, y en donde el Renacimiento parecía no tener nada que buscar. Es una despedida como con un gesto del brazo, toda la revolución en el arte está allí luciendo flagrante, todavía hoy.

Hace un par de meses, volviendo a Perugia de un día largo y lleno de maravillas, pasamos por una carretera de circunvalación que pasaba al pie de Todi, ciudad medieval subida como suele ser habitual en un collado. Yo andaba dándole vueltas a la memoria: aquí había una iglesia de planta circular, Santa María della… della Consolazione, me dijeron, ahí lo pone. Miramos hacia arriba y allí estaba, un volumen blanco, rotundo, perfecto que desde ese ángulo (luego vimos que estaba en las afueras) parecía haber aterrizado allí como una nave extraterrestre entre el caserío minúsculo de tonos ocres. Recuerdo haber comentado que aunque los años tienden a igualarlo todo, el efecto que tuvo que producir en su día la construcción de ese edificio que algunos atribuyen al Bramante no debió ser menor que el del Guggenheim en el viejo Bilbao.

Sunday, July 04, 2004

Otro hermano mayor

Muy de vez en cuando se encuentra uno dándole largas a un libro con el propósito pueril de no tener que separarse de él. Ahora me doy cuenta de que llevo un poco más de tiempo de lo normal enredado con "El desvío a Santiago", de Cees Nooteboom, y me parece que va a ser por eso. Sobre todo después de leer este párrafo:

Sucede en todos los viajes, o mejor, me sucede en todos los viajes largos. El tiempo que estoy fuera de casa se paraliza, se solidifica, se convierte en una especie de cosa masiva y rara que se cierra tras de mí. Entonces estoy fuera, estoy sometido a algo diferente, al viajar, al efímero elemento de no pertenecer a nada, a la recopilación de lo otro. He buscado una palabra para esto, y no puedo decirlo de otra manera: me extiendo. Según Spinoza este es uno de los dos atributos de Dios, así que tengo que andar con cuidado, pero bueno. Me dilato con aquello que absorbo, veo, recopilo. Esto no es ningún saber superior, más bien es una formación en aluviones, un anudamiento de imágenes, de textos, de todo lo que fluye hacia mí desde la calle, la televisión, de conversaciones, de periódicos, y se queda prendido junto a mí, o dentro de mí.

Que en el caso de este holandés el lugar de las revelaciones sea mi propio país le añade, desde luego, un elemento de interés: no todos los días tiene uno la oportunidad de verse a través de unos ojos enamorados (y no encuentro otra palabra para la mirada de Nooteboom sobre España). Pero quiero pensar que mi afinidad con él no depende de ello, que si hubiera escrito sobre Dinamarca o Argelia me habría hecho entrar en resonancia del mismo modo; porque lo importante es que miramos igual, nos fijamos en el mismo tipo de cosas, aplicamos mecanismos muy parecidos para sacar conclusiones.

Estoy ignorando, claro está, el abismo entre su erudición concienzuda, bien asentada y mi chapucero picar aquí y allá dos días antes de salir. Porque de verdad creo que eso no es lo fundamental (siempre que no quiera yo hacerme pasar por otra cosa); pienso, por ejemplo, en el viaje de Magris por el Danubio: me costaría trabajo elegir si me lo pidieran, los admiro a ambos por igual, y sin embargo con el triestino no siento esto que estoy tratando de describir: él se aproxima a lo que mira desde otro ángulo, fascinante y enriquecedor pero no el mío. Repaso en cambio mis (ay, siempre demasiado escuálidas) notas de viaje y veo esos mismos saltos en el vacío, esa sensación de estar entendiendo (o inventando) mucho más de lo que objetivamente te llega, esa propensión a hacer de esponja con sus riesgos y sus alegrías.

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Paseando por donde siempre

Ir a pie hacia la Malagueta por el túnel es un error, claro, meterse en un agujero oscuro por ganar apenas unos minutos estando ahí los plátanos del Parque, el cielo de un azul que hace daño, los barcos amarrados, las gaviotas...

Pero uno es perezoso, y las bellezas locales pierden su poder de conviccción a fuerza de estar siempre ahí. Arrepintiéndome iba, de todas formas, de haber atajado, cuando me ha venido a atropellar en medio del túnel una bocanada de olor y sabor reconcentrado a mar que me ha alegrado la mañana.

Y es que uno es de fácil contentar...

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Saturday, July 03, 2004

Para ser honestos...

Acabo de pasar por delante del Astoria y está abierto otra vez. Debían estar fumigando, el otro día.

Qué bochorno... menos mal que no me abandoné al llanto por las cosas que se van para no volver.

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