Tuesday, June 15, 2004

Venecia: el vértigo de la repetición

La Ca D’Oro da al callejón lateral una fachada que sería semiclandestina si no estuviera camino de la parada del vaporetto. En la cancela maciza se abre una ventanita desde la que se puede ver, enmarcado por los listones de hierro forjado, un prodigioso patio gótico –mármol y ladrillo, pozo y escalera.

La noche pasada me fijé, y esta mañana he vuelto para fotografiarlo: he tenido que guardar cola. ¿Cuántas veces, dios mío, en cuántos álbumes de estetas aficionados estará ese patio escondido? Como una puta de lujo, esta ciudad te ofrece, sí, su arrolladora belleza, pero sobre todo el placentero engaño de que sólo a ti se abandona: los demás no cuentan, eso es por dinero. Y del mismo modo que nada nos distinguiría de esos otros clientes, tampoco somos, fuera del terreno de juego de nuestra mente, distintos de la gárrula grey de turistas que tanto nos estorba y aun asquea.



En cualquier caso lo último que necesita Venecia es otro carrete de fotos en blanco y negro. Uno se va dando cuenta –y tal vez madurar no sea más terrible ni menos serio que esto- de que no hace en general más que andar sobre los pasos de otros, y no está de más saberlo para evitar el ridículo. Aquí la certeza de estar cumpliendo gestos repetidos se dispara: no importa que eludamos la torpe marea que enfila las calles principales; qué más da que busquemos a horas tempranas o tardías los rincones escondidos, de qué nos sirve escudriñar los difusos límites donde el decorado sublime se diluye en formas más reconocibles de ciudad, laguna o puerto. Al final sólo conseguiremos distinguirnos de los cientos de miles para repetir los momentos en que no más de unos millares de antecesores creyeron encontrar entre las piedras (que el tiempo combate pero la mirada no roza siquiera) el milagro de la visión intacta o la emoción no sentida.

Tampoco resulta tan terrible. En el fondo no es más que pueril orgullo lo que nos hace desear ser los primeros. El goce siempre será el mismo: la ciudad seguirá ofreciéndose intacta a nuevos viajeros que se detendrán tal vez donde nosotros y señalarán con gesto de conocedores la galería cubierta de hiedra, el puente de extraño sesgo, la gabarra varada que una vez creímos estuviesen allí esperándonos para ser descubiertos. Y será bueno, y será hermoso que así sea.

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