Friday, June 04, 2004

Me prometí que algún día…

… hablaría de Marcos Ordóñez. Fue en una fiestecilla en casa de amigos de amigos (buf, hace ya unos cuantos años...). Recuerdo que la insoportable anfitriona (el marido, buen chaval, se acabó divorciando) desplegaba un muestrario inacabable de neurosis; me puse a hojear un dominical, sin intención de leer nada en concreto, sólo por distraer la vista. Había algo de un tal M. O. (una de las más firmes promesas del panorama bla bla bla...); pocas veces en mi vida un texto me ha atrapado tan rápidamente y con tal fuerza.

Años después encontré (lo tengo delante) un relato que toma el material de aquel texto, pero no es lo mismo; tal vez la misma condición de fragmento a la deriva le confería la atracción de lo incompleto, despertaba la pulsión de rellenar las casillas en blanco; o más probablemente me he acostumbrado. Pero esa tarde su voz velada e hipnótica, la tensión sostenida de lo que sólo puedo llamar su línea de canto me sonó como si hablara sólo para mi. Había una fiesta, una preciosa pelirroja extranjera, un viejo que se la llevaba limpiamente al huerto y ese mismo viejo, tiempo después, desayunando solo en un bar... había una imagen que no voy a olvidar nunca: una mano se posaba sobre un hombro desnudo "como un cormorán sobre una duna".

Tomé nota de que había publicado una novela, El signo de los tiempos, y pasé dos años buscándola. Ahora soy capaz de verle las costuras, de declararla, más que fallida, calamitosa en su estructura (el mismo M.O. ha reconocido que procede de recortar y pegar fragmentos de dos o tres novelas distintas: podía haberme avisado cuando me devanaba los sesos sintiéndome inferior), pero no se me ha olvidado la fascinación con que la devoré, y aun hoy sigo pensando que hay en ella mejor literatura que en todo Javier Marías. Y que no volverá a hacer nada remotamente parecido, y lo sabe.

Después de ese magnífico fracaso se apartó (creo que con razón) de la novela. En medio de un par de libros difíciles, sólo para incondicionales como yo, publicó La esencia del guaguancó, colección heterogénea de textos breves que respira el aire de El signo sin sus problemas estructurales. Seguramente el más recomendable de sus libros.

Después de muchos tumbos editoriales ha estacionado en Destino, y ha vuelto a escribir novelas; parece que ha encontrado el oficio, y su prosa sigue teniendo el caminar fácil y peligroso de una pantera, pero lo cierto es que no tiene nada que decir (o tal vez dice cosas que sólo a él le interesan). Todavía, sin embargo, es capaz de tocar el cielo de repente, en pocas líneas. Hay un tema que reaparece siempre (de eso vivía, por ejemplo, el maravilloso capítulo inicial de Puerto Ángel, que me hizo concebir esperanzas luego defraudadas): alguien indaga, recuerda, reescribe algún pasado propio o ajeno en que todo era hermoso y fácil, las cosas ocurrían con la suave inevitabilidad de una película de los cuarenta, esmoquin blanco y traje de lamé hasta el suelo, una gardenia en el ojal, la luz ambarina de un atardecer en Sausalito, Cadaqués, Acapulco, cuerpos hermosos y almas limpias, un kitsch sublimado que en su mirada es oro puro. M. O. vuelve de esas incursiones –y nosotros con él- con el aire transfigurado de quien ha encontrado el secreto engranaje de las cosas… pero por desgracia ni sus personajes ni él (ni nosotros) saben que hacer con ello.

Nunca me he atrevido a recomendarlo, es como uno de esos amigos desastrados e impresentables que a ti te merecen la pena pero no se los puedes imponer a los demás. Pero a los buscadores de perlas, a los que no entienden la literatura en términos de producción y eficacia, a los curristas les diré que si encuentran en alguna librería de saldo algo suyo le den en mi nombre una oportunidad.


(Y confiando en los milagros de la red lanzo aquí una botella. Si alguien conoce a alguien que conozca, dénle a M. O. este nombre: Minnie Ripperton. Cuando leí en el libretillo de un disco la biografía de esta fabulosa cantante se me metió en la cabeza que nadie como él podía escribir ese libro).

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