Saturday, June 26, 2004

Amores distintos

España-Italia, III

Cuando en 1953, con veinte años, llegué por primera vez a Italia, creí haber encontrado todo lo que de una manera inconsciente había estado buscando. El esplendor mediterráneo irrumpió como una bomba, la vida era un teatro genial y público entre las descuidadas piezas decorativas de miles de años de arte sublime. Colores, comida, mercados, ropa, gestos, idioma, todo parecía más refinado, más intenso, más ágil que en el hundido delta septentrional de donde yo venía: fui subyugado. España fue después una desilusión. Bajo ese mismo sol mediterráneo la lengua parecía dura, el paisaje árido, la vida tosca. No fluía, no era agradable, era de alguna obstinada manera vieja e intocable, debía ser conquistada. Ahora ya no pienso así: Italia es todavía una delicia, pero tengo la sensación –es muy difícil hablar sobre estas cosas sin caer en una terminología mística y extraña- de que el carácter y el paisaje españoles están en consonancia con "aquello que me incumbe", con cosas conscientes e inconscientes de mi ser, con quien yo soy. España es brutal, anárquica, egocéntrica, cruel; España está dispuesta a ponerse la soga al cuello por disparates, es caótica, sueña, es irracional. Conquistó el mundo y no supo qué hacer con él, está enganchada a su pasado medieval, árabe, judío y cristiano, y está allí con sus caprichosas ciudades acostadas en esos infinitos paisajes vacíos como un continente que está unido a Europa y no es Europa. Quien haya hecho sólo los itinerarios obligados no conoce España. Quien no haya intentado perderse en la complejidad laberíntica de su historia no sabe por dónde viaja. Es un amor para toda la vida, nunca termina de sorprenderte.

Cees Nooteboom

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