Tuesday, June 29, 2004

Un adiós apenas triste

Hace un rato he pasado por delante del cine Astoria, y resulta que ha cerrado. Así, sin avisar. Sé que era cuestión de tiempo, y tampoco me pilla de sorpresa porque ya vi en Sevilla caer los cines del centro uno por uno (en una sola tarde me encontré de golpe sin las dos salas del Azul y las tres de enfrente que ni recuerdo cómo se llamaban, maldita sea, y el Rialto cerró a la semana), pero no deja de ser triste.

Aunque ¿saben? no me apetece hacer el artículo nostálgico al uso. Y podría, que han sido muchas películas y muchos carteles enormes en aquella fachada (hablaría del tremendo Superman recortado, claro). Pero lo cierto es que hace tiempo que no iba, las butacas olían a cuernos y resultaba siniestro tener que esperar para comprarle las palomitas al mismo que te ha vendido la entrada.

Dejo pues constancia sin más. Hoy ha cerrado el cine Astoria.

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Monday, June 28, 2004

Amores a primer oído, IV

Redoble de tambor…
Trombones (papapápapápapapapa…)

Es un reflejo condicionado. Estemos donde estemos, salimos (Daniel, Myriam, Luis, mi hermana Pilar, Silvia, Ignacio, Irene… iba a poner iniciales pero no queda igual) disparados como resortes a hacer el loco.
Arrastrar la dura cadena (pam)
trabajar sin tregua y sin fin,
es lo mismo que una condena (pam)
que ninguno puedeeludiiiiiiiiiiiiiiiiiir

El trabajo nace con la persona,
va grabado so-obre su pieeeel
y ya siem-pre (bang)
le acompa-ña (bang)
como su amigo más fieeeeeeeeeel
Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que la escuché, en una de las legendarias fiestas de Ramón y Nacho. Cuando me dijeron que iban a poner una cosa de Raphael me dije vaya por dios, otra mariconada. Grave error: La canción del trabajo es un temazo para bailar que si hubiera tenido la promoción adecuada sería otro Melancolía.

No paramos hasta encontrar el single en casa de los padres de alguien, y lo perdimos y recuperamos treinta veces, pero ya era para siempre nuestro himno desde aquella primera vez.
Vale mas tener confianza (pam)
y luchar por algo mejor
trabajar con fe y esperanza (pam)
por lograr un mundo de amooooooooor
El trabajo nace con la persona,
el trabajo nace con la persona,
el trabajo nace con la persoooooooooonaaaaaa…
PAPAPÁPAPÁPAPAPAM

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Saturday, June 26, 2004

Amores distintos

España-Italia, III

Cuando en 1953, con veinte años, llegué por primera vez a Italia, creí haber encontrado todo lo que de una manera inconsciente había estado buscando. El esplendor mediterráneo irrumpió como una bomba, la vida era un teatro genial y público entre las descuidadas piezas decorativas de miles de años de arte sublime. Colores, comida, mercados, ropa, gestos, idioma, todo parecía más refinado, más intenso, más ágil que en el hundido delta septentrional de donde yo venía: fui subyugado. España fue después una desilusión. Bajo ese mismo sol mediterráneo la lengua parecía dura, el paisaje árido, la vida tosca. No fluía, no era agradable, era de alguna obstinada manera vieja e intocable, debía ser conquistada. Ahora ya no pienso así: Italia es todavía una delicia, pero tengo la sensación –es muy difícil hablar sobre estas cosas sin caer en una terminología mística y extraña- de que el carácter y el paisaje españoles están en consonancia con "aquello que me incumbe", con cosas conscientes e inconscientes de mi ser, con quien yo soy. España es brutal, anárquica, egocéntrica, cruel; España está dispuesta a ponerse la soga al cuello por disparates, es caótica, sueña, es irracional. Conquistó el mundo y no supo qué hacer con él, está enganchada a su pasado medieval, árabe, judío y cristiano, y está allí con sus caprichosas ciudades acostadas en esos infinitos paisajes vacíos como un continente que está unido a Europa y no es Europa. Quien haya hecho sólo los itinerarios obligados no conoce España. Quien no haya intentado perderse en la complejidad laberíntica de su historia no sabe por dónde viaja. Es un amor para toda la vida, nunca termina de sorprenderte.

Cees Nooteboom

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Friday, June 25, 2004

Amores a primer oído, III

Todos mis amigos mariquitas andaban emocionados con Priscilla, reina del desierto, pero yo no la había visto aún. De la banda sonora se comentaba, sobre todo, el revival superpetardo de Abba (que en realidad nunca ha muerto, en Australia), pero L., que tiene un gusto infalible, me dijo que había una canción country maravillosa, cantada por una tal Lurene o Chantelle (siempre nos han hecho muchísima gracia a los dos esos nombres sureños).

Qué puedo decir: se me clavó en el alma desde la primera vez.
Hey lady, you, lady, cursin' at your life
You're a discontented mother and a regimented wife
I've no doubt you dream about the things you never do
But I wish someone had a talk to me like I wanna talk to you
Ooh I've been to Georgia and California, oh, anywhere I could run
Took the hand of a preacherman and we made love in the sun
But I ran out of places and friendly faces because I had to be free
I've been to paradise, but I've never been to me
Please lady, please, lady, don't just walk away
'Cause I have this need to tell you why I'm all alone today
I can see so much of me still living in your eyes
Won't you share a part of a weary heart that has lived a million lies
Oh I've been to Nice and the isle of Greece
Where I sipped champagne on a yacht
I moved like Harlow in Monte Carlo and showed 'em what I've got
I've been undressed by kings and I've seen some things
That a woman ain't s'posed to see
I've been to paradise, but I've never been to me
(this part is spoken...) Hey, you know what paradise is? It's a lie.
A fantasy we create about people and places as we'd like them to be.
But you know what truth is?
It's that little baby you're holding, and it's that man you fought with this morning,
the same one you're going to make love with tonight. That's truth, that's love.
Sometimes I've been to cryin' for unborn children
That might have made me complete
But I, I took the sweet life and never knew I'd be bitter from the sweet
I spent my life exploring the subtle whoring that cost too much to be free
Hey lady, I've been to paradise, but I've never been to me
I've been to paradise - never been to me
(I've been to Georgia and California, and anywhere I could run)
I've been to paradise - never been to me
(I've been to Nice and the isle of Greece
While I sipped champagne on a yacht)
I've been to paradise - never been to me
(I've been to cryin' for unborn children...)
(
fade)
Charlene se llama, por cierto. Y no la he encontrado fuera de esa banda sonora.

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Thursday, June 24, 2004

Un gallo para Esculapio (II)

Cuando las miramos desde una distancia suficiente, las historias heredadas se superponen en una extraña contigüidad. Steiner traza el paralelismo entre el Banquete platónico y otra larga noche en Jerusalén para la que faltan siglos aún, la cena de Jesús con sus discípulos. El oído privilegiado del maestro escudriña hasta las últimas resonancias, pero a nosotros esos ecos que saltan con la intensidad del fuego cruzado entre dos trincheras nos llevan de rebote hasta una tercera noche, la última de Sócrates en prisión; también a él se le ofreció la resistencia y la fuga, también la rechazó, suave y firme.

Pero miremos más de cerca: en la noche evangélica todo es coherente, todo se refiere al mismo sistema de valores; ni siquiera el traidor se sale del esquema, desde el momento en que siente su traición como tal y se avergüenza de ella (del mismo modo que Pedro envainará avergonzado la espada, en el huerto). Se está concelebrando un sacrificio con aquiescencia de la víctima: para los que participen de esas creencias se tratará de un acto sublime; para quienes no, resulta incomprensible y ajeno, pero desde luego no se encuentra en él ninguna contradicción.


En la noche ateniense, sin embargo, nada es lo que parece: la escena aparentemente heroica y ejemplar se alimenta de una tensión subterránea que dividirá para siempre el pensamiento humano en dos modos opuestos.

Reflexionemos: ¿quién nos cuenta la historia? Platón el idealista, el hombre de las grandes palabras, los absolutos, las mayúsculas. Es a Platón a quien le sirve ese cierre en clave heroica que cuanto más de cerca lo miramos menos creíble se nos hace en boca del fauno conchudo. Es Platón quien en un momento de lucidez privilegiada comprende que precisamente ahí, en esa celda, se está jugando el futuro de la filosofía. Que si Sócrates sube a la nave de Delos la construcción tan abnegadamente tallada durante años se alejará con suavidad hacia arriba hasta perderse de vista.

Si se tratara de una novela tendríamos aquí una escena de enorme potencial, y habría que calibrar cuidadosamente la manera en que la traición se produce. Sería hermoso y terrible que la noticia llegara primero al propio Platón ("Loado sea Apolo, aún lo salvaremos; ve a prepararlo todo") y verlo entrar en la sala con la mirada extraviada de quien ha decidido condenarse por una causa ("¿Qué tienes, Platón?; ¿quién era el de la puerta?" "Nadie, un borracho; se ha puesto violento, pero he podido echarlo."). O tal vez (más arriesgado pero fascinante si saliera), hacer que fuese el discípulo quien sembrara en el cerebro inquieto del maestro la idea del sacrificio perfecto -justo el tipo de idea radiante y dañina que, una vez la has vislumbrado, no te queda más remedio que seguirla hasta el final- para después extraerla, sutil e inhumano, a base de preguntas en apariencia bienintencionadas y torpes.

Pero las cosas no suceden nunca con la exactitud terrible que los libros procuran; la traición debió ser paulatina, reticente, y desde luego posterior. Seguramente no hubo una verdadera posibilidad de salvación para Sócrates; tal vez alguien, en un momento de fingido optimismo, nombrase la nave de Delos; incluso es posible que el viejo, haciendo de necesidad virtud, improvisara un canto de lealtad a la polis. Pocos mimbres hacían falta, en cualquier caso, para reescribir una historia que ninguno de los presentes, envenenados para entonces de ideal (ese virus nuevo para el que no había aún defensas), iba a desmentir.


Con esta fábula Platón le da una patada al puente después de cruzarlo y se despide del tiempo en que el hombre abarcaba el mundo al ras de su mirada. A partir de ahí, de Aristóteles a Stalin, las jaulas intrincadas y perfectas (ellas sí preexistentes al hombre y abrumadoramente mayores que él) no dejarán de encontrar voluntarios que las construyan alrededor de sí mismos y de esta realidad que a alguna célula acelerada de nuestro cerebro se le antoja demasiado abigarrada y rebelde.

Por fortuna el linaje de Sócrates no perecerá. En los márgenes de la Gran Filosofía, en los arrabales de la literatura sin género (degenerada) un puñado de francotiradores incómodos pero ineludibles nos recuerda que al final no hay otra cosa que nosotros y el mundo ahí fuera, y que sólo cabe mirarnos, mirarlo y anotar. Yo saludo aquí, por afinidad profunda, al Señor de Montaigne y a Emil Cioran, pero cada uno debe tener sus escépticos malhumorados humanísimos compañeros de viaje con los que reposar al atardecer mirando, con la condescendencia humilde de quien ha estado allí y tal vez vuelva, a los que se agitan en sus celdas geométricas.

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Wednesday, June 23, 2004

Un gallo para Esculapio

La historia del pensamiento se nutre, no menos que cualquier otra, de relatos o personajes simbólicos que acaban por decir más que las formulaciones teóricas: Diógenes frente a Alejandro, Spinoza tallando sus lentes, Nietzche loco en Sils Maria...

Hay un momento que a lo largo de los siglos ha mantenido una capacidad infinita de reverberación: nada de lo que dijera Sócrates en vida puede ser más importante que la secuencia casi ritual de gestos que preceden a su muerte. En la celda donde lo han encerrado sus conciudadanos, Sócrates recibe la sentencia. Al alba deberá beber la cicuta, pero queda una noche por delante y el maestro la va a pasar como ha vivido.

Es sin duda un momento soberbio: han venido todos los discípulos, están rotos por la pena pero no pueden fallarle; comerán y beberán hasta el amanecer, lanzarán al aire argumentos leves y hermosos como pompas de jabón para que el maestro los pinche uno por uno. Y si una voz se quiebra de repente siempre habrá otra que tome su lugar; entre atenienses lo último que se pierde es la compostura.

Pero tampoco se han descuidado los frentes aún abiertos: entre los amigos que van y vienen hay hombres de acción, y mientras otros intrigaban en el Areópago ellos han ido organizando un plan de emergencia. Llega uno y se abre paso, arrebolado y jadeante: todo está listo, han sobornado a los guardias y una nave está esperando para llevarlo a Delos; el capitán no hará preguntas indiscretas.

Sócrates sonríe; todos han aprendido a amar esa sonrisa rijosa de fauno (por un momento parece que se estuviera deleitando en la imagen del hirsuto, silencioso marino). Están acostumbrados a que de ese cuerpo esmirriado y sin gracia, de esa voz cascarriosa surjan las palabras más hermosas y claras, las más inevitables. Pero esta vez la emoción es difícil de sujetar:

-Le debo todo a la ciudad, he vivido feliz bajo sus leyes: no es justo que ahora las eluda porque no me favorezcan.

La embriaguez verbal, el gusto mediterráneo por los discursos patéticos, la insidiosa belleza del momento nos pueden arrastrar fácilmente, pero pensémoslo despacio: no es justo ¿y qué? ¿qué monstruosa decisión es esa?. Cada molécula de nuestro ser se rebela ante un disparate como ese. Coge el puto barco, por Dios, escapa de esa caterva de envidiosos e intrigantes. Morir, ¿para qué? Dejar de respirar, de ver cada mañana el cielo azul turquesa y las macizas pantorrillas de Alcibíades...

Qué frío debe hacer en ese universo. El Deber, la Patria, la Razón. Aquí tenéis el puñal para matar a mi hijo... ¿qué clase de desquiciado puede hacer ese gesto? ¿cómo se atreve nadie a contarlo, a proponerlo como ejemplo?

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Tuesday, June 22, 2004

Una ceja enarcada

España-Italia, II

Sebastiano Foscarini, enviado de Venecia en la corte española a finales del s. XVII:
Se diría, para terminar, que aunque los españoles tienen ingenio, capacidad y medios suficientes para restaurar su país, no lograrán hacerlo y, aunque enteramente capaces de salvar su Estado, no lo salvarán... porque les falta voluntad de hacerlo
Citado por Gerald Brenan al inicio de El laberinto español (cortesía de Cees Nooteboom).

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Dios está en los detalles

Así es como un muro elegante acompaña la pendiente de la calle; sin descomponerse.

(Cortesía del buen ojo de N.)


Monday, June 21, 2004

Gotham (obvious) visions, II


Hay otros mundos, I

Aunque yo lo vea irrecuperablemente disperso, me imagino que visto desde fuera este blog se va marcando un estilo. En realidad podría haber sido de otras muchas formas; voy a probar algunas, sólo por ver...


Brit wit

…Now, the fact is everyone has at least one pair of Impossible Underpants (mine are dubious white, shamefully skimpy and at least two sizes under). IU’s only mission in life is to make your drawer look reassuringly full; in fact, day after day you let them aside until they’re the only ones left. Technically, this should never happen: the regular washing cycle might allow a last choice in which at least two pairs were involved, but time and again you find out that unpredictable social events or more painful-to-describe issues lead to the unwanted situation in which you have to choose between keeping last night’s on or end up wearing again your IU through what you can bet will be a very long working day.

Two days ago, after an endless, undescribably crotch-killing day in my IU, I made my mind up and finally threw them into the litterbox where they belonged so long ago. The relief, however, didn’t last (it never does, when an inquisitive mind is involved). The awful thought struck like the proverbial lightning: somewhere inside my underpant box (a cute box, by the way, that I made up from some other thing) a perfectly fitting, regular sized, modest looking piece of underwear may be evolving into my new IU.

Sunday, June 20, 2004

Amores a primer oído, II

Para ti, que estás de morros esta noche,
que descubres los secretos de tu cuerpo,
que sonrojas tu nariz casi queriendo,
que eres un gran aprendiz de seductor.

Para ti, que debiste nacer en Frisco,
que te rascas, pensativo, la melena,
que calculas un placer remunerado,
que te ves, poco a poco, generador.

No recuerdo bien dónde la escuché por primera vez (y esto es un serio contratiempo si hablamos de flechazos musicales). Debió ser en la radio, porque sí que recuerdo el paciente acecho (la cinta virgen preparada en el radiocasette) para hacerme con ella. Siempre he sido muy dado a la falsa nostalgia: me gusta más echar de menos lo que no conocí (la llanura dorada de Woodstock, hierba, amor libre y la voz de Janis adentrándose en el corredor de la muerte; el barco de Sid Vicious lanzando a los vientos su bofetada extraterritorial; el dolor sublimado en belleza absoluta del último recital de Judy, más allá del arcoiris…).

Para ti, de Paraíso, me entregó desde el primer momento la llave de ese mundo que se ha venido a llamar la Movida y que me perdí por un par de años y quinientos kilómetros (tardes y tardes en casa de Q. viendo una y otra vez su copia casi ininteligible de Laberinto de Pasiones, aprendiéndonos de memoria los diálogos: jamás mezcles Vitopens con Benzamuro).

Una gran canción es una combinación mágica y tal vez fortuita de elementos; no necesita, por ejemplo, una letra de altura: aunque en ocasiones toque el cielo con los dedos, los versos del Zurdo son con más frecuencia ramplones o pedantes, y casi siempre enternecedoramente ingenuos, pero su efecto, en ese envoltorio de pop genuino y leve que sería sofisticado si no sonara a lata, es irresistible.
Para ti tiene razón todo un estilo,
Toda la locura de los locutores locos,
Todo el cadenaje que enmudeció a virtuosos,
Toda la energía de ese motor que estalló.

Es una mirada sobre esa sensación irrepetible de tener el mundo por delante, de ser capaz de cualquier cosa, de que la vida se va a plegar siempre a nuestros deseos; pero cuando la escuchamos pasados los años se vuelve autorreferente: eran el cantante, el grupo, su público los que tenían ante sí el futuro como una hoja maravillosamente en blanco.Y saber en lo que acabó esa promesa, en lo que acaban todas le añade un poso de tristeza insoportable.
Para ti, que sólo tienes quince años cumplidos;
para ti, que no desprecias ningún plato lindo,
para ti, que aún careces de prejuicios bobos,
para ti, lleno de infantil egoísmo de lobo.

Para ti, que vas a caballo del fin del mundo,
para ti, que ves las Cortes como cine mudo,
para ti, que comprobarás lo que otros han dicho
para ti, queremos hoy crear el Paraíso.

(Años más tarde, en un programa que hacía Paco Clavel reconocí esa vibración única: era En cualquier fiesta, himno agridulce de despedida que no he vuelto a oir; mejor así.)

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Un profesor

Recuerdo que tenía un profesor en la Escuela Francesa, don José del Real por más señas, que a su enorme capacidad de magisterio unía esa sabiduría propia de los hombres íntegros que dedican por completo su vida a la enseñanza, y alientan entre sus alumnos el amor por el estudio, los viajes, y la literatura. Creo que todos los que tuvimos la suerte de conocerle contrajimos una deuda de gratitud con aquel hombre ejemplar, agradecimiento que aún perdura en nuestra memoria enflaquecida por mor de las prisas, la chapuza, y el trabajo mal hecho. Lo dicho viene a cuento porque cuando nuestro querido profesor nos encargaba un trabajo de redacción sobre un tema concreto, siempre nos decía, "no importa que os salga más o menos largo, lo importante es que os toméis vuestro tiempo y hagáis un buen trabajo".

Quien lo firma (Rafael Escuredo, hace un par de semanas, en El Mundo) es lo de menos; y lo que viene después es perfectamente olvidable.

Pero don José Real (el del lo ha añadido el autor graciosamente) era mi abuelo. Y qué quieren, estas cosas le dan calorcito al corazón de uno.

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Thursday, June 17, 2004

Blanco y negro

España-Italia, I

En una novela del comisario Montalbano aparece de pasada un personaje que me ha dado pie a una reflexioncilla: se trata de un viejo fascista que se lo creyó todo, que luchó en España, en Abisinia, en el norte de África; que pasó años de prisión en Texas negándose a colaborar, que no había sacado un duro en los años de poderío mussoliniano y seguía, a los ochenta años, fiel a sus ideas (ridículamente avergonzado de que los suyos pactaran ahora con ladrones).

Montalbano le pregunta un día: "Pero usted, de haberse dado así las cosas, ¿habría luchado en Salò junto a los alemanes y los restos bochornosos del régimen?"
A la pregunta había visto al viejo como engurruñirse desde dentro, las arrugas del rostro se habían multiplicado mientras la mirada se hacía nublosa. Entonces había comprendido que esa pregunta se la había planteado él mismo millares de veces, y nunca había sabido darse una respuesta.
Me he acordado de Soldados de Salamina, del final en clave heroica que en su momento toleré con reticencia pero cada vez me irrita más. Cercas no habría sido capaz (o tal vez sí, pero no habría querido comprometer el éxito) de introducir la duda que envenena la mirada atrás, el valor de no contarse milongas o al menos la resistencia a crérselas. El Soldado del Pueblo que dibuja Cercas no puede permitirse mirar atrás con sinceridad, o se desmoronaría.

¿Necesitamos tanto los españoles dibujarlo todo en blanco y negro, trazar inmediatamente dos bandos y elegir? ¿Tanto miedo nos dan los matices?

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Tuesday, June 15, 2004

Venecia: el vértigo de la repetición

La Ca D’Oro da al callejón lateral una fachada que sería semiclandestina si no estuviera camino de la parada del vaporetto. En la cancela maciza se abre una ventanita desde la que se puede ver, enmarcado por los listones de hierro forjado, un prodigioso patio gótico –mármol y ladrillo, pozo y escalera.

La noche pasada me fijé, y esta mañana he vuelto para fotografiarlo: he tenido que guardar cola. ¿Cuántas veces, dios mío, en cuántos álbumes de estetas aficionados estará ese patio escondido? Como una puta de lujo, esta ciudad te ofrece, sí, su arrolladora belleza, pero sobre todo el placentero engaño de que sólo a ti se abandona: los demás no cuentan, eso es por dinero. Y del mismo modo que nada nos distinguiría de esos otros clientes, tampoco somos, fuera del terreno de juego de nuestra mente, distintos de la gárrula grey de turistas que tanto nos estorba y aun asquea.



En cualquier caso lo último que necesita Venecia es otro carrete de fotos en blanco y negro. Uno se va dando cuenta –y tal vez madurar no sea más terrible ni menos serio que esto- de que no hace en general más que andar sobre los pasos de otros, y no está de más saberlo para evitar el ridículo. Aquí la certeza de estar cumpliendo gestos repetidos se dispara: no importa que eludamos la torpe marea que enfila las calles principales; qué más da que busquemos a horas tempranas o tardías los rincones escondidos, de qué nos sirve escudriñar los difusos límites donde el decorado sublime se diluye en formas más reconocibles de ciudad, laguna o puerto. Al final sólo conseguiremos distinguirnos de los cientos de miles para repetir los momentos en que no más de unos millares de antecesores creyeron encontrar entre las piedras (que el tiempo combate pero la mirada no roza siquiera) el milagro de la visión intacta o la emoción no sentida.

Tampoco resulta tan terrible. En el fondo no es más que pueril orgullo lo que nos hace desear ser los primeros. El goce siempre será el mismo: la ciudad seguirá ofreciéndose intacta a nuevos viajeros que se detendrán tal vez donde nosotros y señalarán con gesto de conocedores la galería cubierta de hiedra, el puente de extraño sesgo, la gabarra varada que una vez creímos estuviesen allí esperándonos para ser descubiertos. Y será bueno, y será hermoso que así sea.

Monday, June 07, 2004

Amores a primer oído, I

Uno anda siempre –es un vicio inofensivo como el de comer pipas- elaborando listas de canciones. Las diez mejores, las de mi vida, una por cada década o simplemente las que más me gustan han sido objeto de escrutinio infatigable y revisión continua a lo largo de los años. Quiero ahora intentar una inédita: hay canciones que desde una primera escucha tal vez precaria, al pasar por un portal, en un taxi o mientras estás en otra cosa, se te meten en el alma irrevocablemente y luego las tienes que perseguir hasta hacerlas tuyas.

Empiezo con una antigua. Fue la primera noche que escuché al Loco de la Colina; con catorce años yo veía aquel programa como una transgresión inespecífica y asequible, un territorio perteneciente al mundo de los que no eran como mi familia -un mundo entrevisto a través de las hermanas mayores de mi vecino del cuarto que eran guapísimas y progres y tocaban a la guitarra hermosas canciones que no ponían en la tele.

Entre la bruma lisérgica de Pink Floyd y el susurro alunado del Loco recitando poemas yo estaba en éxtasis. Y entonces sonó (Quintero jamás cometía la ordinariez de enunciar título o cantante) algo que era a la vez nuevo y definitivamente familiar, algo que tal vez había escuchado en casa de mi amigo y permanecía en una zona de penumbra esperando aflorar, una canción en que la rabia y el despecho sonaban extrañamente dulces, como en sordina.

Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa,
la sonrisa perfecta,
ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora,
un disparo de nieve...
ojalá por lo menos que me lleve la muerte
para no verte tanto,
para no verte siempre,
en todos los segundos...
en todas las visiones.

Ojalá que no pueda
tocarte ni en canciones...

Desbordado de sentimientos que no entendía, deseé vagamente sufrir un daño que mereciera tan hermosos versos, encontrar una enemiga a quien tirarle a la cara una maldición tan definitiva y perfecta.

La vida, claro, me tenía preparadas las proverbiales dos tazas. Por listo.

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Gotham (obvious) visions, I

Lo prometido:


Sunday, June 06, 2004

Coincidencias

No me acaba de gustar la palabra. Más bien quisiera hablar de círculos que se cierran, de lazos dilatados en el tiempo que acaban anudándose con exactitud. Lejos de mí atribuirles ninguna condición extraordinaria; seguramente los haya por todas partes y sea simplemente cuestión de ajustar la mirada.

En cualquier caso soy muy sensible a estas cosas. La última ha sido hace poco en el foro: un error ortográfico en francés, el recuerdo de un discurso magnífico y ardiente, Zola y Dreyfuss como nexo inesperado.

Recuerdo otras: una película desaforada de Marlene Dietrich, el nombre de la protagonista, una historia que encajaba asombrosamente pero ay, no conmigo. Un nick de tres letras que me rajó el corazón de parte a parte, reaparecido, sin tener nada que ver, en una pesadilla ajena pero mucho más terrible. Una palabra inusual que venía de un monasterio en Toscana en el que me soñaron (¿) y junto al que acabé durmiendo… y un amigo que se murió antes de serlo, y el libro perdido y hallado…

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Nostalgia de Gotham

La coincidencia, en el mismo fin de semana, del visionado completo de la primera temporada de Sex and the city, el relato de J.L. de su estancia en el Village, en casa de una fantástica familia judía con la que ha hecho amistad después de comprarles por Internet un amplificador de válvulas obscenamente caro, y una Arabella realmente fastuosa en el Met me han dejado con un ataque agudo de manhattanitis.

Aun sabiendo que carezco de los mínimos de competitividad para sobrevivir allí, y como imaginar es gratis, me digo que una vez resuelto el engorroso capítulo económico... qué buen neoyorquino sería yo.

Creo que me voy a suscribir al Time Out para flagelarme.

(Aquí debería venir una bonita foto. Próximamente, cuando me compre el scanner)

Friday, June 04, 2004

Paganismo infiltrado

Según cuentan las guías modosas, Andrés de Vandelvira se esforzó en incorporar a la arquitectura religiosa, cristianizándolo, el repertorio de imágenes de la antigüedad clásica.



No sé, yo ahí veo unos bucráneos desvergonzadamente paganos.

Me prometí que algún día…

… hablaría de Marcos Ordóñez. Fue en una fiestecilla en casa de amigos de amigos (buf, hace ya unos cuantos años...). Recuerdo que la insoportable anfitriona (el marido, buen chaval, se acabó divorciando) desplegaba un muestrario inacabable de neurosis; me puse a hojear un dominical, sin intención de leer nada en concreto, sólo por distraer la vista. Había algo de un tal M. O. (una de las más firmes promesas del panorama bla bla bla...); pocas veces en mi vida un texto me ha atrapado tan rápidamente y con tal fuerza.

Años después encontré (lo tengo delante) un relato que toma el material de aquel texto, pero no es lo mismo; tal vez la misma condición de fragmento a la deriva le confería la atracción de lo incompleto, despertaba la pulsión de rellenar las casillas en blanco; o más probablemente me he acostumbrado. Pero esa tarde su voz velada e hipnótica, la tensión sostenida de lo que sólo puedo llamar su línea de canto me sonó como si hablara sólo para mi. Había una fiesta, una preciosa pelirroja extranjera, un viejo que se la llevaba limpiamente al huerto y ese mismo viejo, tiempo después, desayunando solo en un bar... había una imagen que no voy a olvidar nunca: una mano se posaba sobre un hombro desnudo "como un cormorán sobre una duna".

Tomé nota de que había publicado una novela, El signo de los tiempos, y pasé dos años buscándola. Ahora soy capaz de verle las costuras, de declararla, más que fallida, calamitosa en su estructura (el mismo M.O. ha reconocido que procede de recortar y pegar fragmentos de dos o tres novelas distintas: podía haberme avisado cuando me devanaba los sesos sintiéndome inferior), pero no se me ha olvidado la fascinación con que la devoré, y aun hoy sigo pensando que hay en ella mejor literatura que en todo Javier Marías. Y que no volverá a hacer nada remotamente parecido, y lo sabe.

Después de ese magnífico fracaso se apartó (creo que con razón) de la novela. En medio de un par de libros difíciles, sólo para incondicionales como yo, publicó La esencia del guaguancó, colección heterogénea de textos breves que respira el aire de El signo sin sus problemas estructurales. Seguramente el más recomendable de sus libros.

Después de muchos tumbos editoriales ha estacionado en Destino, y ha vuelto a escribir novelas; parece que ha encontrado el oficio, y su prosa sigue teniendo el caminar fácil y peligroso de una pantera, pero lo cierto es que no tiene nada que decir (o tal vez dice cosas que sólo a él le interesan). Todavía, sin embargo, es capaz de tocar el cielo de repente, en pocas líneas. Hay un tema que reaparece siempre (de eso vivía, por ejemplo, el maravilloso capítulo inicial de Puerto Ángel, que me hizo concebir esperanzas luego defraudadas): alguien indaga, recuerda, reescribe algún pasado propio o ajeno en que todo era hermoso y fácil, las cosas ocurrían con la suave inevitabilidad de una película de los cuarenta, esmoquin blanco y traje de lamé hasta el suelo, una gardenia en el ojal, la luz ambarina de un atardecer en Sausalito, Cadaqués, Acapulco, cuerpos hermosos y almas limpias, un kitsch sublimado que en su mirada es oro puro. M. O. vuelve de esas incursiones –y nosotros con él- con el aire transfigurado de quien ha encontrado el secreto engranaje de las cosas… pero por desgracia ni sus personajes ni él (ni nosotros) saben que hacer con ello.

Nunca me he atrevido a recomendarlo, es como uno de esos amigos desastrados e impresentables que a ti te merecen la pena pero no se los puedes imponer a los demás. Pero a los buscadores de perlas, a los que no entienden la literatura en términos de producción y eficacia, a los curristas les diré que si encuentran en alguna librería de saldo algo suyo le den en mi nombre una oportunidad.


(Y confiando en los milagros de la red lanzo aquí una botella. Si alguien conoce a alguien que conozca, dénle a M. O. este nombre: Minnie Ripperton. Cuando leí en el libretillo de un disco la biografía de esta fabulosa cantante se me metió en la cabeza que nadie como él podía escribir ese libro).

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Thursday, June 03, 2004

Comentarios

He escrito esto hace un rato.

Si todo va bien, cuando publique esta entrada se activarán los comentarios de blogspot. Desgraciadamente no hay manera de mantener simultáneamente los anteriores, que permanecerán en el regazo de una gente de extraña generosidad llamada haloscan que regala esta utilidad a quien se la pida.

Así que pido disculpas a mis escasos pero enjundiosos comentadores y les invito a que empiecen una nueva era de apostillas incisivas, agudas e inolvidables que garanticen al lector algo de diversión allí donde yo no llegue.

Cruzando los dedos...
JA

Me quedo con los de haloscan, que funcionan mucho mejor.
Mira por dónde…

Cuando su joven amigo Gustav Janouch, casi histérico de angustia, le pregunta: "Pero, Franz, ¿es que no hay esperanza?", Kafka responde: "Sí, y en abundancia, pero no para nosotros".

Ahora que había encontrado (en Steiner, dónde si no) el origen exacto de mi lema pesimista, resulta que George y Ira Gershwin lo habían dicho ya, sin el pathos metafísico pero tal vez con más estilo:

They're writing songs of love, but not for me,
A lucky star's above, but not for me,
With love to lead the way,
I found more clouds of grey,
Than any Russian play could guarantee.
Lo estoy escuchando ahora mismo en la dicción nítida y azucarada de Miss Dinah Washington. Me apetece hablar de canciones…