Monday, May 17, 2004

Épica

Ya en su nacimiento se observaron señales, inequívocas en su sentido general si bien poco precisas de contornos, de que estaría llamado a grandes cosas. Tras una infancia de hazañas más musculares que heroicas, adecuadas para establecer los cimientos de una leyenda pero susceptibles de ser vueltas en su contra caso de monumental pifia o blasfema insolencia futuras, hubo de cruzar, apenas franqueada la adolescencia, océanos lejanos para redondear la hazaña definitiva, marmórea, inasequible a interpretaciones que habría de confirmar las esperanzas de conciudadanos y parientes. En el camino quedaron monstruos convenientemente muertos, clérigos rescatados, doncellas impecablemente raptadas y privadas de su flor con precisión quirúrgica, jalones que iban siendo transmitidos con puntualidad y encajados en el lugar justo, sin excesivos relieves ni rebajadores matices (que en su tierra contención y mesura eran ley), por biógrafos contratados o espontáneos.

La obra en sí se dejó completar casi sin esfuerzo, con la inercia de la fruta que, madura, quiebra por el aumento infinitesimal de peso el frágil pedúnculo y se deja caer (pero qué elegancia, qué exactitud predestinada en el gesto de poner la mano y recogerla, acompañando la caída). Trono extranjero, llaves del tesoro, mano de la hermosa fueron aceptadas con la misma distraída facilidad que en otro menos tocado de la gracia se habría hecho motejar de desdeñosa o altanera.

Desde antes del viaje de vuelta (aplazado, dijeron más tarde algunos de los que siempre se apuntan a patear cadáveres, más de lo indispensable por aquel oscuro asunto del oso y el regente) se empezaron a percibir las primeras grietas. Llegaban -deslavazados, incongruentes- fragmentos de historias que hablaban de monstruos raptados, doncellas impecablemente decapitadas, clérigos privados de su flor con precisión quirúrgica. No es de extrañar, pues, que la acogida –ajustada a los cánones como fue, sobria y espléndida como sólo en su tierra natal sabían hacerlo- estuviera atravesada de una cierta ambigüedad, una vibración de fondo sólo perceptible, si se quiere, a los más sutiles, pero a la larga imposible de ignorar.

De la evolución posterior nos importa menos la forma que tomase (administrador eficaz y soñoliento de una fortuna transformada en sólidos bienes raíces, atrabiliario senador vitalicio siempre dispuesto a propinar discursos inanes, concursante tal vez en programas televisivos o pionero en negocios de improbable beneficio, financiador de aventuras llamadas al fracaso) que la constatación, inevitable y tristona, de que longevidad y épica son difícilmente compatibles.

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