Wednesday, May 19, 2004

Monarquía

Siempre me han interesado los mundos autosuficientes, hipercodificados, densos de percepciones que se vuelven tanto más sutiles y discriminadoras cuanto más se apartan del mundo real. Me gustan, aunque no participe de ellos o me quede mirando desde una distancia escéptica, los rituales que hacen reverberar cada gesto de significaciones heredadas, las ceremonias en que el público, poseedor de las claves simbólicas y poseído del entusiasmo sañudo de los creyentes, adquiere tanto protagonismo como los oficiantes, las polémicas incomprensibles para el espectador ajeno: la Semana Santa de mi tierra, la alta costura, los toros, la ópera italiana... pero también (no hay diferencias sustanciales, sólo de calidad, y aun eso encontraremos siempre quien lo discuta) los tatuajes, los tebeos de Marvel, el tuneado de coches, el body building.

La monarquía de hoy es uno de esos mundos: no se refiere más que a sí misma, desencadena asociaciones de incontrolable carga sentimental, obedece a una casuística exasperadamente minuciosa y carece absolutamente -ni todos los hombres del rey con todos sus caballos me harán creer lo contrario- de contenido real (en el sentido en que, por ejemplo, la religión sí lo tiene).

¿Por qué entonces me resulta tan irritante? Seguramente porque es oficial, porque se nos hace partícipes a todos por Ley, porque la afición monárquica, en lugar de disfrutarse en círculos privados, cobra una inevitable dimensión pública. De hecho, y por la misma razón, el fútbol, al invadir cada vez más parcelas de nuestra vida nacional, se ha convertido en un asunto insoportable que tolero poque estoy envenenado, pero cuya prohibición apoyaría sin dudarlo.

A una monarquía en el exilio, o recluida en una corte privada de fieles enajenados, podría mirarla con simpatía. Al fin y al cabo las expresiones de hinchada gravedad, la histérica atribución de trascendencia a nimiedades protocolarias, el rasgarse las vestiduras por transgresiones inapreciables al no iniciado no son muy diferentes de las que oigo cada año a los cofrades, como tampoco lo son las admiraciones rendidas, los apriorismos, la irracionalidad en las lealtades. Y las insostenibles contradicciones internas no tendrían la menor importancia, como no la tienen en el Rocío.

También se podía sobrellevar sin esfuerzo la monarquía de perfil bajo, casi invisible que se había establecido. Pero en la situación actual no hay forma de distanciarse de unos asuntos cuya ridiculez rezuma e impregna a toda la sociedad, casi obligada a tomar partido a favor o en contra de la supuesta herejía, como si ello importara fuera de la secta. Y aunque el celo del bando purista, con su alejamiento alucinado de la realidad, está alcanzando cumbres de comicidad irrepetibles (es delicioso verlos aborrecer no ya a los protagonistas en nombre de la institución, sino incluso a ésta en aras de las normas inviolables), lo cierto es que en casos como éste se impone la guillotina.

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