Sunday, May 09, 2004

In memoriam

Cuando se mudó a Nervión y fue a misa por primera vez en la nueva parroquia, le pareció que las señoras iban muy elegantes; se volvió a casa a por un bolso (que nunca usaba), y se lo puso vacío bajo el brazo. Le dieron un tirón desde una moto y casi le parten una pierna. Sus hijas la querían matar, pero yo no podía dejar de reirme.

Con 91 años tenía intacta su melena pelirroja (nunca fue alta, y con la mengua le acabó llegando hasta los pies), que se recogía cada mañana con una redecilla en una especie de tocado voluminoso. Aunque no tenía ni una cana se echaba tinte, para oscurecérselo: nunca le gustó ese color tan escandaloso. Tenía sus propias, estrafalarias recetas de belleza: se echaba café en las piernas y yogur en la cara. No soportaba que la llamaran Marcelina: en las tarjetas que se hizo imprimir ponía Marce.

Votaba a Suárez para que no volviera la guerra civil. Odiaba a Teresa Campos, a Alfonso Guerra (la bofetá, como me lo cruce nadie lo libra de la bofetá…), a los basureros municipales, a los chinos (son muy misteriosos). Un día, no hace mucho, me confesó que no soportaba Sevilla ni a los sevillanos.

Era capaz de encontrar el lado peor de todas las cosas y personas. Una vez la escuché hablar de mí y de mi madre –su hija- creyendo que no la oía: ante tanta bilis concentrada acabé por echarme a llorar. Uno no se pelea con su abuela, pero yo con ella me dejé de hablar varias veces. A partir de cierta edad es difícil buscar alicientes para seguir adelante; hay quien tira del cariño a la familia, quien se refugia en el beaterío ("ella de religión ha ido siempre muy cortita", se quejaba una de mis tías hace poco) pero ella sacó fuerzas de la mala leche. Tal vez no fuera siempre así: perder un hijo de treinta años es algo de lo que uno no se recupera nunca. Ella siguió adelante, pero quedó muy tocada. Sería injusto decir que fue una mala persona, es sólo que se le secaron los afectos.

El vecino odiado –lo llamaba Mobutu, vaya a saber por qué- vino a dar el pésame, todo humilde y contrito. Recordando los desplantes que llegó a hacerle (él le sujetaba la puerta y ella le volvía la cara, una vez le prohibió que hablara con sus hijas en la calle), mis primos y yo no podíamos parar de reírnos. En realidad a las tres cuartas partes de los que fueron a la misa los habría echado a patadas, de haber estado presente.

La penúltima vez que fui a verla hablamos de fútbol (era bética desde chiquitita, y escuchaba todas las noches el Larguero); le dije mal el resultado del Sevilla y se calló, pero media hora después me puso el periódico en las narices: "¿ves? 2-1, no 1-0". Al irme me elogió mucho la chaqueta que llevaba. Poco después llegaba mi hermana, y le dijo lo elegante que yo iba, pero inmediatamente añadió: "qué mayor está, ¿no?". La vez siguiente estaba ya muriéndose, pero me gusta recordarla así.

(A uno de mis primos pequeños le encantaba hacerle preguntas. Un día le pidió una visión general: "¿Cómo es la vida, abuela?" "Pues qué quieres que te diga: hay más oscurito que clarito").

Descansa en paz, vieja terrible.

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1 Comments:

Blogger Claudio said...

Me duele esta vieja. Me duele. Uno ¿muere como vive? o por el contrario, el morir hacia uno mismo, te hace vivir mas. Sic gloria transit mundi. Para Sócrates, es mejor sufrir el mal, que hacerlo, porque el que lo hace se hace más daño a sí mismo que el que lo recibe. Su voz resuena hace ya 2500 años. Gracias por este post tan realista, que necesita sobreponerse con mucha compasión.

10:33 AM  

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