Monday, May 24, 2004

El reaccionario ineludible (I)

Isaiah Berlin lo considera una influencia determinante en Tolstoi y su visión de la Historia; Cioran le dedica un ensayo de enconada admiración (en cuyas solapas aprendo que Baudelaire lo tenía por el más grande), Calasso hace pivotar sobre su voz gran parte de la visionaria Ruina de Kasch... No paraba de toparme, en autores que para mí son importantes, con referencias entusiastas a Joseph de Maistre, furibundo propagandista antirrevolucionario, así que este verano, en cuanto el azar me las puso por delante, me compré Las veladas de San Petersburgo.

Algunos libros viven en una atmósfera particular y única, impregnados de cierta luz que les es propia: las Veladas no pueden separarse de la luz horizontal y exhausta de los interminables atardeceres bálticos, esa claridad afelpada que pone en la superficie del agua una quieta vibración y arranca brillos tenues de los servicios de té y los samovares de plata antigua.

En una terraza al borde del Neva, bañados en esa luz que confiere a sus rostros un decoro de ultratumba, tres personajes deciden pasar esas noches en que casi no anochece discutiendo de metafísica; sus discursos sonámbulos se entrecuzarán hasta confundirse en una corriente sin principio ni fin donde la voz del autor entra y sale, encarnándose por turnos en cada uno de ellos.

Sí, es muy difícil no sucumbir al encanto de este librito. Y sin embargo ahí está, marcado por la página treinta, de la que no pude pasar. Se habla de la providencia, de cómo el mundo está ordenado por la mano de Dios. Prueba de ello: la justicia humana, trasunto de la divina. ¿Por qué entonces las injusticias? "Así como es muy posible que nos equivoquemos cuando acusamos a la justicia humana de salvar a un culpable, porque miremos como tal a uno que en realidad no lo sea, así es también igualmente posible que un hombre llevado al patíbulo por un delito que no haya ejecutado, lo haya merecido realmente por otro crimen absolutamente ignorado". Y tan fresco; se queda tan fresco. ¿La enfermedad? "Se deduce de la analogía entre las enfermedades y los crímenes que el señor para hacer comprender a los hombres su misión divina, encendió volcanes e hizo caer el rayo". No tardé en tirar el libro contra la pared.

Puedo soportarlo cuando se pone irritante, malévolo, atrabiliario. Es más, me gusta; no soy de los que acuden a los libros para que les den la razón. Pero ese tipo de afirmaciones me agrede a un nivel demasiado profundo para andarme con tolerancias (me ha pasado también, a veces, con Nietzche). Resurge (incontestada, incontestable) la pregunta: ¿cómo se puede ser católico e inteligente a la vez? ¿Cómo hacen para que no salten todos los detectores ante esos intragables argumentos? Sería cómodo, dado que el catolicismo es un hecho, descartar la inteligencia. Pero la inteligencia, como la belleza, es tan imposible de fingir como de ocultar: de Maistre la tiene, y en grado superlativo.

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