Wednesday, April 07, 2004

Trascendencia

Digresión: ¿más allá del yo?

Would you know my name / if I saw you in Heaven?
Eric Clapton

Imaginar y describir un arcángel, un vampiro o las torres de sangre de Uqbar no es difícil: se trata sólo de combinar elementos que en el mundo real no se encuentran juntos. Las experiencias que dan lugar a la poesía mística o los Veda presentan, sin embargo, una resistencia a la descripción de orden más absoluto. Hay una serie de factores (límites, si se quiere) inseparables de la condición humana que aquí se está tratando de eludir; no hablo ya de la existencia desligada de un cuerpo, sino de algo tan básico como un punto de vista (¿desde dónde miras, si no estás en ninguna parte?), un transcurrir sucesivo de los acontecimientos (¿es concebible una percepción simultánea de pasado y futuro?) o la topología resultante de la gravedad, el sentido de arriba, abajo, enfrente, que inevitablemente da forma a nuestras percepciones. Factores cuya ausencia (de ser posible) determina la pregunta crucial: ¿quién tiene esa experiencia? ¿puedo llamarlo yo?

Por regla general las representaciones mentales que uno se hace de estos estados alterados de conciencia fracasan lamentablemente por no poderse salir de esos márgenes: lo más que consigue uno es imaginarse flotando en el aire, invisible y con capacidad de moverse instantáneamente por el espacio y el tiempo (esto es, libre de las ataduras físicas): pero en cada momento uno está en un punto del espacio (mira desde él) y la vivencia se construye de modo secuencial: unas cosas pasan antes y otras después.

No niego (no me atrevería) que otros puedan ir más allá, situarse en un no-lugar o un no-tiempo cuya descripción sólo sea abordable a través del balbuceo extremado de la más alta poesía. Lo que me parece difícil de creer es el retorno: que después de contemplar la tramoya se pueda sentar uno de nuevo en el patio de butacas y llorar o reir con las cosas que suceden en una casa de mentira, a unos tipos que fingen.

El fraile silencioso, el derviche giróvago, el monje tibetano se nos aparecen como seres en tránsito, que ya han empezado a marcharse. No podemos esperar de ellos un movimiento de rabia, un lamento, una carcajada; sus maneras son de una suave gelidez. La delicadeza con que fingen atención no consigue ocultar un desinterés absoluto por cualquier cosa que les traigas de un mundo en cuya existencia han dejado de creer. Eso que ves en el fondo de sus ojos, esa transparente lejanía que los hace irresistibles no es sino el reflejo de la nada en que se van adentrando poco a poco, sin ansiedad ni prisa.

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