Sunday, April 18, 2004

Trascendencia
5. Un buen morir


Es de necios temer a la muerte, porque cuando estamos nosotros, ella aún no está, y cuando ella está ya no estamos nosotros.
Epicuro

¿No será todo más sencillo? Quiero decir: si ya hemos constatado de sobra lo irresoluble del problema, si sabemos a ciencia cierta que nos extinguiremos tarde o temprano e intuimos que lo único que puede calmar nuestra ansiedad metafísica es una disolución del yo no sólo improbable sino altamente indeseable, ¿no será mejor construirse una actitud que permita eludir la angustia? Creo que en el fondo es una cuestión de temperamentos; que si la clarividencia hipersensible de Unamuno, o esa concentración iluminada de K. que llega en ocasiones a aterrorizarnos sólo pueden desembocar en combustión silenciosa o grito desesperado, otros individuos no menos lúcidos ni más autocomplacientes pueden mantener posiciones tolerables y humanas sin renunciar a las mismas certezas, simplemente porque esa es su forma de ser.

Desde la Antigüedad tenemos toda una tradición de suicidios entendidos no como acto desesperado, sino como la elección serena de extiguirse frente a una vida que se considera por debajo de lo tolerable; incluso aplicando la desconfianza debida, que ya sabemos de nuestro gusto romántico por ennoblecerlo todo, creo que el exagerado ideal de Petronio cortándose las venas mientras le escribe versos satíricos al tirano debe responder a algo real.

Y sin acudir a casos extremos, todo el mundo conoce ancianos que esperan tranquilamente el final, y sería tan falaz decir que esos son los que confían en la vida eterna como decir lo contrario. Hay de todo en ambos lados; y aunque uno está tentado de pensar que sólo la serenidad del descreído es verdadera (por apoyarse y depender la otra de una certeza de continuidad), en el fondo parece más cierto que el sereno lo es de condición, y que si cerca de la muerte le fallara alguna fe no se derrumbaría espectacularmente, sino que seguiría aguardando, sin esperanza ahora pero con la misma serenidad.

Por eso mismo, aun constatando que la fórmula epicúrea no es más que un sofisma barato que al angustiado ha de sonarle a triste sarcasmo (sólo hay que imaginar a un médico que, después de diagnosticarle un cáncer incurable a un paciente joven, le dijera no te preocupes, que cuando tú estás no está la muerte... buff) no dejamos de encontrar profundamente atractiva la propuesta vital que el epicureismo supone, y de admirar a los pocos elegidos que son capaces de llevarla a término. Pocas cosas hay más conmovedoras y envidiables que un buen morir como el del protagonista de "Las invasiones bárbaras" que tanto irritó a H.

Y sin embargo... me resuena en los oídos la invectiva de Pascal contra quienes no se hacen preguntas, y no soy capaz de contraargumentarla.

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