Wednesday, April 14, 2004

Trascendencia
4. La mosca y la luz


El hecho de que no haya sino un mundo espiritual nos quita la esperanza y nos da la certidumbre.
Franz Kafka

K, por su parte, está lejos de ofrecer una solución, ni siquiera un subterfugio (un escondrijo, por usar su terminología). Toda su obra no es en el fondo otra cosa que la crónica del viaje de una mosca hacia la luz de la bombilla que la matará. Especialmente evidente en sus dos fábulas mayores (el agrimensor que gasta su vida en acercarse a un Castillo más indiferente que hostil, el reo que se somete sin saber cómo ni por qué a los dictados de un Tribunal invisible e imposible de eludir), en piezas más cortas alcanza a veces formulaciones de una incandescencia insufrible, como en el relato del hombre que espera toda su vida (y muere al final) ante la puerta más exterior de la Ley, suplicando al guardián más ínfimo que le deje traspasarla sin pensar siquiera en tantas otras puertas y guardianes como le quedarían después.

La lección que nos enseñan los personajes de K. (torturados, sí, pero también tocados de una alegría salvaje) no es otra que esta: una vez que se ha vislumbrado la luz de la Ley, de lo eterno, de "lo indestructible en nosotros", no queda otra opción que consumirse en su llama. Y en ese camino la idea de inmortalidad personal, como la del Bien o el amor al prójimo, pasa a ser irrelevante.

Sólo en el fragmento que copié al principio encontramos algo parecido a una salida; lo que él llama, con la melancolía de quien lo sabe inalcanzable, la solución de los griegos: hacer como si no.

Mucho más finos que los cristianos o los materialistas, los griegos concibieron los ritos como gestos de apaciguamiento; alejados ya irremediablemente del primitivo concepto de sacrificio como medio de aplacar a un ser ajeno y poderoso, seguían sin embargo en contacto con lo que de esencial e inevitable hay en ello: dar lo suyo a los demonios (cuya existencia real es una cuestión irrelevante puesto que operan de hecho en nuestro interior) para poder seguir viviendo humanamente, hacia adelante, de espaldas a lo infinito –indiferenciado, eterno, inmutable- que nos viene dando caza desde que nos desligamos de ello. La culpa no había entrado todavía en juego, ni la idea de salvación eterna: se trataba simplemente de cómo lidiar con esa necesidad de absoluto que puede destruirnos si no la aplacamos.

Nunca sabremos hasta qué punto les funcionaba esa fórmula de compromiso (sospecho que no mucho), porque ya con Platón se inicia el camino opuesto: la asociación de lo eterno e inmutable (que en Parménides, todavía sin caracterización moral, mostraba una faz bastante pavorosa) con el Bien –y por consiguiente de lo específicamente humano con el mal o al menos lo imperfecto; la instauración de la Promesa Futura y de la idea de la vida humana como paso –despreciable en último extremo- hacia algo superior. Pero también el olvido –seguramente intencionado en Platón, tal vez ingenuo en las religiones posteriores- de que ese algo nos excluye.

Todo degenera: del autoengaño consabido y ritual (la tragedia, los misterios) a la patraña del Dios personal hay una larga historia de renuncia y abaratamiento. Por ello la ruptura iluminista nos resulta, en cuanto rascamos un poco, tristemente barata: el enemigo lo era.

K. es la última oportunidad de Occidente, pero ¿cómo se puede seguir a K.?

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