Monday, April 12, 2004

Trascendencia
3. Mentiras piadosas


Hágase la prueba: déjese a un rey completamente solo, sin satisfacción alguna de los sentidos, sin ningún cuidado de espíritu, sin compañía, pensar en sí mismo cómodamente; y se verá que un rey sin diversión es un hombre lleno de miserias.
Pascal

Si para el racionalismo de saldo, para los Homais que proliferan tanto como los beaturrones (porque en el fondo se trata de no pensar) la negación del Dios personal y la vida eterna resuelve la ecuación definitivamente, allá ellos. Para mí, para cualquiera que ponga cierto empeño en esta tarea absurda de responder preguntas imposibles, ese paso equivale a no más que quitar la hojarasca. Un enunciado un poco más exigente de la cuestión empezaría por constatar lo obvio: que hay una contradicción radical en nuestra condición, que nuestra existencia es abrumadoramente limitada y no está en nuestra naturaleza conformarnos con ello. Y me resultan igualmente desdeñables a estos efectos las soluciones trabajosamente cuadradas de los filósofos: ¿a quién le sirve para algo ese Dios de Spinoza, tautológico y mudo como un poliedro regular? ¿qué necesidad real del espíritu satisface el motor inmóvil?

Prefiero, por temperamento, a quienes dejan la contradicción desnuda sin forzar una respuesta; siempre me han conmovido las interrogaciones desesperadas que desde Quevedo a Blas de Otero recorren nuestra poesía, esas imprecaciones tan españolas al Dios mudo y ausente. Pero el grito es por definición momentáneo; un paso por delante están los pocos que se atreven a construir un discurso descriptivo y no voluntarista, no tanto sobre el choque sin solución entre realidad y deseo (que ya es terrible) como sobre la radical e irremediable insuficiencia de la ficción a que llamamos vida. Por esa vía se tocan (se tocarían, digo, si tuviéramos la concentración y entereza de zambullirnos en esto con todo nuestro ser en vez de tratarlo al nivel de charleta) los límites de lo que puede soportar la mente humana.

Estoy pensando, sobre todo, en los Pensamientos de Pascal: mejor que nadie antes o después, este cerebro insobornable nos lleva de la mano hasta el borde mismo del precipicio demostrando que, por más que afirmemos lo contrario, vivimos como si no nos fuéramos a morir, y una vez allí, tras cortar sistemáticamente todas las salidas, nos enfrenta a la imposibilidad de dar el último paso hacia una lucidez absoluta que sobrepasa nuestras fuerzas (de eso trata en realidad esa obra única, de lo que pueden nuestras fuerzas y lo que no) y la consiguiente necesidad de engañarnos de una manera u otra; él mismo, predicando con el ejemplo, nos muestra la suya propia: el bochornoso argumento de la apuesta. Siempre me ha intrigado ese colofón tan abrumadoramente zafio a la argumentación más valerosa y despiadada que se haya escrito jamás. La solución que más me ha satisfecho hasta ahora es que se tratase de un expediente desdeñoso, una manera de evitarse problemas con la censura y el poder, pero dejando de manifiesto a cualquier lector avispado su desprecio infinito (“una apuesta, venga, a ver quién se lo traga”).

Pero me atrae ahora la respuesta contraria, o más bien simétrica. Es posible que esa mente cortante como un láser llegara a percibir con tanta claridad lo insoportable de seguir asomado al abismo (porque el terror a la nada que empuja a los débiles hacia la fe no es nada comparado con el terror al Todo) que de repente la idea del autoengaño, tan intolerable para una inteligencia crítica, se le hiciera incluso hospitalaria. Y milonga por milonga, ¿por qué no elegir la fantasía edulcorada y pueril de los católicos, el buen padre misericordioso de las barbas blancas, los códigos claramente estipulados, la comodidad del rito semanal a la puerta de casa?

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