Tuesday, April 06, 2004

Trascendencia
2. La llamada del Todo


Cuanto más examinamos el universo, más nos sentimos inclinados a pensar que el mal procede de una división que no sabemos explicar y que el retorno al bien depende de una fuerza contraria que nos empuje sin cesar hacia una unidad igualmente inconcebible.
Joseph de Maistre

Los enunciados del tipo venimos de Dios y a él queremos retornar me resultan tan terroríficos como la escena de Body Snatchers en que los habitantes del pueblo, abducidos por las vainas extraterrestres, persiguen a paso robotizado y lento a los dos únicos seres humanos que restan. "No os resistáis, es mejor así, sin sufrimiento ni angustia..." Y la causa de que se hiele la sangre al oir esas llamadas es que tienen una base bien real: dejemos a un lado la palabrería religiosa y pongamos en lugar de la metáfora de Dios el desnudo e inaprehensible concepto de lo eterno, lo inmutable, la extensión indiferenciada del todo; frente a ella la vida consciente –nuestra vida, la única que conocemos- supone una discontinuidad extrañísima, precaria y ridículamente reciente en ese tejido de lo real, y no es tanto que el sentirlo así nos empuje a querer que haya algo más: es más bien, intuyo, que conservamos aún ligaduras con el ser natural que dejamos atrás, que en nosotros opera todavía una resistencia a ser personas, una nostalgia de la no consciencia. Que, en definitiva, el ansia de trascendencia que encontramos en nuestro interior no pertenece al reino del futuro sino que se estira hacia nosotros (como los alienígenas de Fox Mulder) desde el lejanísimo pasado de la raza.

Esa desazón inconsciente puede calificarse de pulsión, pero no es, desde luego, un deseo imperioso: arrojarse en los brazos del Todo, dejar de ser... en realidad nadie quiere eso; lo que queremos es, como Unamuno, todo lo contrario: seguir siendo nosotros mismos eternamente. La angustia metafísica consiste más bien en una ominosa y momentánea certeza: no es que la eternidad nos llame, sino que golpea insidiosamente a nuestra puerta para que no nos olvidemos de que está ahí, de que tarde o temprano nos disolveremos en ella.

Para que ese canto de sirena atenuado y poco seductor se convierta en promesa de plenitud ha sido necesario que Platón primero y las religiones modernas después vuelvan del revés los conceptos: la angustia con que vivimos la finitud, nos dicen, no es otra cosa que impaciencia, porque en el fondo sabemos que no pertenecemos a ella, que estamos llamados a la eternidad. Se sustituye entonces el monstruoso vacío infinito por una acogedora presencia paternal, y se lanza la reconfortante –bien que difícil de tragar- promesa de supervivencia eterna del yo. Y uno de los grandes problemas del pensamiento racionalista moderno es que se desarrolla en un contexto de implantación absoluta de esa burda trampa, que se desgasta contra ella y que al desmontarla siente que ha terminado su trabajo, cuando no ha hecho más que despejar la mesa y dejarla lista para empezar. Seguimos en el mismo punto: precarios, minúsculos y con una insensata aspiración al Todo.

Son, paradójicamente, las formas más refinadas de espiritualidad (incluso a veces desde dentro de las religiones establecidas, aunque no puedo siquiera imaginar las tensiones movilizadas en esos casos por la permanencia en un esquema tan hostil y ajeno) las que nos recuerdan que el problema sigue en pie: que este mundo, el yo, la percepción no son más que otro despliegue -mucho más sutil- de trampas, engaños, mixtificaciones. Estos espeleólogos de la trascendencia nos dicen que sólo mediante el contacto permanente con "lo indestructible en nosotros" podemos liberarnos de esas telarañas y ver la Verdad. No importa adónde nos lleve esa visión, no podemos renunciar a ella aunque ir a su encuentro suponga renunciar a nosotros tal como nos conocemos.

Tengo la impresión (mirando desde fuera un fenómeno que no me puede ser más ajeno) de que en esas zambullidas el ser individual desaparece irremediablemente, y esa es la razón por la que la vía de los místicos de toda traza, desde Plotino al coronel Kurtz, se me aparece como posible (como deseable) sólo para un determinado, particularísimo tipo de personas a las que no puedo sino contemplar de lejos con el respeto que se granjean los que han avanzado mucho por cualquier camino, pero con absoluta extrañeza -como he mirado siempre a las monjas de clausura, poseedoras de una paz y una fuerza indiscutibles pero imposibles de compartir. Porque en el fondo es la misma paz de los fumadores de opio; de modo más explícito en los orientales pero no menos operativo en sufíes o carmelitas (quedéme y olvidéme), el concepto de separación del mundo implica, al profundizar, una disolución del yo. Y eso no lo desean más que unos pocos, entre los que desde luego no me cuento.


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