Monday, April 05, 2004

Trascendencia
1. Lo indestructible en nosotros


Nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia cuestiona al mundo.
Asclepio

El hombre es una anomalía en el mundo. Estamos tan acostumbrados a señalar, con un cinismo que se ha hecho casi automático, lo mucho que tenemos de animales, que se nos olvida la verdad contigua, para mí de una evidencia avasalladora: lo que queda, lo que no es natural. Por no acumular notas distintivas (pero podría: el amor romántico, la crueldad, los jardines, el miedo a la muerte, el ajedrez, la envidia...) diré simplemente que ningún animal reflexiona sobre su condición. Ese es el acto inicial de ruptura por el cual nuestra especie se apartó irrevocablemente de la naturaleza (y como el de las grandes fracturas continentales debió ser un proceso lentísimo de variaciones infinitesimales y continuas, aunque sólo podemos imaginar uno y otro como una iluminación súbita, una inmensa conflagración).

A muchos este salto en el vacío sólo les parece posible postulando un ser en nosotros no sujeto a temporalidad ni contingencia, que sería el verdadero sujeto de la reflexión. Recuerdo un emocionante párrafo de JW sobre un algo común que se ve (que él ve) en el fondo de los ojos de todo ser humano. Yo nunca he experimentado nada parecido, aunque sí recuerdo, de niño, tener vislumbres de la eternidad: no era algo cerebral, sino de las vísceras. De pronto sentía la extensión interminable de tiempo, y era tan insoportable que tenía que ponerme a canturrear o a correr para que se me pasara. Creo que lo angustioso de la sensación venía de su incompatibilidad radical con mi existencia; o estaba aquello o estaba yo. ¿Son esa visión esperanzada y mi intuición ominosa dos caras de la misma moneda? ¿O hablamos de cosas opuestas?

Si son lo mismo, si en los ojos de cualquiera podemos ver lo eterno, ¿por qué no llamarlo alma? Ningún inconveniente, a condición de que sepamos que con ese nombre estamos haciendo una declaración de intenciones: implicamos que eso y sólo eso es en el fondo lo que somos (yo soy un alma, no este envoltorio del que volaré cuando muera); de ahí a declararnos inmortales queda todavía un trecho, pero debe ser un trecho extremadamente fácil de recorrer cuando tantos lo hacen. Yo por el contrario pienso que eso que llaman alma inmortal sería –si acaso, y en cuanto inmortal- lo que no somos, aquello de lo que nos separamos un día como especie para iniciar el camino en que ahora estamos. Al igual que K, lo percibo como algo que está ahí antes que nosotros, que no varía de uno a otro ser: algo impersonal, ajeno al yo y por tanto inconcebible, monstruoso. Pero que está en nosotros y es imposible de ignorar.

Tener un breve vislumbre de ello es aterrador; vivir en contacto con ello supone la destrucción de la persona en cuanto individuo (¿qué otra cosa es la mística sino anegarse, perderse en el Ser, en Dios, en lo indefinido?). Las contradicciones básicas de las religiones establecidas nacen sobre todo de la resistencia natural del yo a renunciar a sí mismo, como inevitablemente habría de hacer en ese camino. El esfuerzo de conciliación, por brillante o sutil que se llegue a ser, está condenado al fracaso: no hay trascendencia personal, al tras-cendernos nos dejamos atrás. (Unamuno, que desesperadamente quería seguir siendo Unamuno por toda la eternidad, vio claro, me parece, ese desgarrón que atraviesa de lado a lado el esquema cristiano: no conseguía tragar la gigantesca rueda de molino de la resurrección de la carne).

¿Cómo explicamos entonces eso que JW veía en los ojos de los viejos, eso que nos impulsa a la solidaridad general y al amor particular, que nos permite reconocernos en un esquimal o en la carta que el rey de Uruq escribió hace cinco mil años a su hijo recién casado? No es, no puede ser esa abstracción común a fuer de indiferenciada y eterna que hace que un tigre sea en último extremo igual a otro tigre y a una escolopendra (que la muerte de un animal no sea una tragedia como lo es la de cada ser humano), sino precisamente lo contrario, lo que nos identifica y hermana sólo por el hecho de que nadie más lo tiene: lo caduco y mortal, lo diferenciado, el yo, la chispa de individualidad rebelde que nos separa de la naturaleza y nos condena a la terrible, irrenunciable aventura de la vida consciente.

Labels:

0 Comments:

Post a Comment

<< Home