Tuesday, April 20, 2004

Timidez

Otros tímidos se limitan a retraerse del contacto humano parapetados tras defensas lastimosas o altivas; él por el contrario, incapaz tal vez por la misma histeria de filtrar y graduar entusiasmos, era localizar en la calle una cara conocida, y lanzarse, atravesando ríos de tráfico embravecido si hacía falta, a saludar con una efusividad deparadora de cantidades ingentes de vergüenza ajena. Porque después de los abrazos iniciales se quedaba mudo, la sonrisa vidriosa y los ojos congeladamente clavados en el otro en espera, en angustiosa súplica de una salida digna que él mismo impedía con su crispación.

Por regla general la víctima se las arreglaba, tras un breve intercambio de monosílabos (¿qué tal?; aquí...; pues ya ves tú...), para improvisar una despedida medio cordial (hala, a seguir bien), y él se quedaba pasmado de reconcomio, pasando mentalmente la película del encuentro, sagacísimo y oportuno de dicharachos en la versión de la moviola. Tampoco suframos mucho por él: con el tiempo había perfeccionado su innata habilidad para hacer como si no; le bastaba darse la vuelta, echar a andar con parsimonia, hipócritamente silbar El puente sobre el río Kwai y el bochorno pasaba de inmediato a zonas acolchadas del archivo. Hasta ese día.

La vio de lejos, pero para cuando la acabó de reconocer ya ella se había tirado a la calle de un salto, esquivando por milímetros a una Vespa azul de mensajería, se le había plantado delante, le había estampado dos besos y un saludo ininteligible y quedado mirando, muda, la sonrisa congelada y los ojos vidriosamente clavados en los suyos. Tuvo que casarse con ella, claro.

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