Friday, April 30, 2004

Un precursor

He estado leyendo a Daniel Defoe, y caigo en la cuenta de lo absolutamente contemporáneo que resulta en su manera de enfrentar la tarea de escribir. Defoe es, más que escritor, un publicista; produce libros que no entran en ninguna clasificación de género porque responden simplemente a la necesidad o las ganas de poner ideas, hechos, historias, controversias reales o inventadas a la disposición del público.

La autoría, la individualidad del artista le importan poco: firma con distintos seudónimos, pone voces, deja creer (o adivinar) que escribe al dictado de otros que cuentan sus experiencias. Practica el corta y pega con candorosa naturalidad: lo mismo introduce un largo texto judicial que le parece interesante en medio de la narración, que copia capítulos enteros simplemente porque encuentra que algún otro ya lo había contado bien. Recoge informaciones aquí y allá (es un escuchador nato) y si las juzga dignas de divulgación las pone en el tablón que tiene más a mano en ese momento, cortando el ritmo del relato si es necesario. Salta de asunto como quien se cambia de calzoncillos, y la jerarquía de temas por nobleza o importancia le resulta marciana. Tiene instinto de reportero, cuenta lo que ve con precisión y distancia aunque sin renunciar a un punto de vista personalísimo que siempre reconocemos tras discretos visillos.

Se preocupa por la naturaleza y mecanismos de los flujos de información: lo mismo nos cuenta cómo ha escuchado la versión deformada de una escaramuza que acaba de protagonizar que pierde tres páginas en desenredar un fatigoso e intrascendente malentendido sobre el lugar de nacimiento del capitán pirata Charles Vane, rastreando dónde y cómo se han originado las distintas versiones.

Daniel Defoe, en un tiempo en que las noticias viajaban a caballo o en barco, es seguramente el primer blogger de la historia.

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Monday, April 26, 2004

Ocurrencias.-

A veces me pasa que viendo una película o leyendo algo se me ocurre un retoque, un añadido, una oportunidad que yo habría aprovechado. Siempre me digo que tendría que escribirlas, pero como no tienen importancia se me pasa la intención (y además, nunca había dispuesto de este cajón de sastre).

Hay una totalmente banal que siempre recuerdo: la dejo aquí para librarme de ella. En Terminator 2 vemos de niño a John Connor, el hombre que andando el tiempo llevará a la humanidad a la victoria contra las máquinas. El guión, en su voluntad de cerrar el círculo, postula que su madre lo entrenará en tácticas de guerrilla para cuando llegue el momento; pero eso no basta, como tampoco la fuerza que le dará el conocer su destino, para explicar por qué va a ser él quien lo lleve a cabo. Tendríamos que ver que es un tipo especial, que ha nacido para eso. Y aquí viene mi idea (que me parece muy eficaz).

Los fugitivos hacen un alto en una estación de servicio. Mientras la madre y el T2 compran víveres, el niño se pone a jugar en la máquina de marcianos. Arnie se acerca con su mejor cara de pazguato.

-¿Qué haces?
-Ya ves (concentrado, acompañando con todo el cuerpo los movimientos). Estos cabrones vienen en oleadas. Al principio parece que es imposible ganarles, disparan de todas partes, pero sólo hay que encontrar la pauta.
-¿La pauta?
-Sí; al fin y al cabo no es más que una máquina: sigue unas pautas matemáticas, y reacciona siempre igual. Si me vengo de golpe a la izquierda (da una brusca sacudida) esos de ahí cambiarán el rumbo, ¿ves?, ahora no tienen protección (aporreando frenéticamente el disparo) y puedo pillar por la espalda a toda la escuadrilla.
(Suena una musiquilla jovial).
-¡Ahí está!. Dame suficientes monedas y ganaré a cualquier máquina.
-Ahora no: tenemos que irnos (en los ojos del T2 aparece un mal reprimido destello de admiración).

Si se considera imprescindible para que los de la LOGSE lo capten, se podría añadir una última frase de Arnie mirando a cámara con expresión reconcentrada: Sí, a cualquier máquina...

Tuesday, April 20, 2004

Timidez

Otros tímidos se limitan a retraerse del contacto humano parapetados tras defensas lastimosas o altivas; él por el contrario, incapaz tal vez por la misma histeria de filtrar y graduar entusiasmos, era localizar en la calle una cara conocida, y lanzarse, atravesando ríos de tráfico embravecido si hacía falta, a saludar con una efusividad deparadora de cantidades ingentes de vergüenza ajena. Porque después de los abrazos iniciales se quedaba mudo, la sonrisa vidriosa y los ojos congeladamente clavados en el otro en espera, en angustiosa súplica de una salida digna que él mismo impedía con su crispación.

Por regla general la víctima se las arreglaba, tras un breve intercambio de monosílabos (¿qué tal?; aquí...; pues ya ves tú...), para improvisar una despedida medio cordial (hala, a seguir bien), y él se quedaba pasmado de reconcomio, pasando mentalmente la película del encuentro, sagacísimo y oportuno de dicharachos en la versión de la moviola. Tampoco suframos mucho por él: con el tiempo había perfeccionado su innata habilidad para hacer como si no; le bastaba darse la vuelta, echar a andar con parsimonia, hipócritamente silbar El puente sobre el río Kwai y el bochorno pasaba de inmediato a zonas acolchadas del archivo. Hasta ese día.

La vio de lejos, pero para cuando la acabó de reconocer ya ella se había tirado a la calle de un salto, esquivando por milímetros a una Vespa azul de mensajería, se le había plantado delante, le había estampado dos besos y un saludo ininteligible y quedado mirando, muda, la sonrisa congelada y los ojos vidriosamente clavados en los suyos. Tuvo que casarse con ella, claro.

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Monday, April 19, 2004

Previsiones

Si fuera uno de esos que lo han leído todo ya, sabría decir qué paradas le faltan a este repaso de metafísicas, pero asistemático como soy sólo puedo prever lo que tengo entre manos. Lo que sí, que uno ya va sabiendo quiénes le tocan de cerca, aunque no esté de acuerdo con ellos (estar de acuerdo, qué poco vale).

Así que, en plazo razonable, un capitulillo para Kierkegaard de quien adoro los Estudios Estéticos y miro con respetuoso temor los textos cruciales. Otro, que debería ser más, para María Zambrano, inteligencia al rojo blanco. Y una digresión a la digresión el día que encuentre Uscite dal mondo del maestro Zolla (libro que dejas escapar...)

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Sunday, April 18, 2004

Trascendencia
5. Un buen morir


Es de necios temer a la muerte, porque cuando estamos nosotros, ella aún no está, y cuando ella está ya no estamos nosotros.
Epicuro

¿No será todo más sencillo? Quiero decir: si ya hemos constatado de sobra lo irresoluble del problema, si sabemos a ciencia cierta que nos extinguiremos tarde o temprano e intuimos que lo único que puede calmar nuestra ansiedad metafísica es una disolución del yo no sólo improbable sino altamente indeseable, ¿no será mejor construirse una actitud que permita eludir la angustia? Creo que en el fondo es una cuestión de temperamentos; que si la clarividencia hipersensible de Unamuno, o esa concentración iluminada de K. que llega en ocasiones a aterrorizarnos sólo pueden desembocar en combustión silenciosa o grito desesperado, otros individuos no menos lúcidos ni más autocomplacientes pueden mantener posiciones tolerables y humanas sin renunciar a las mismas certezas, simplemente porque esa es su forma de ser.

Desde la Antigüedad tenemos toda una tradición de suicidios entendidos no como acto desesperado, sino como la elección serena de extiguirse frente a una vida que se considera por debajo de lo tolerable; incluso aplicando la desconfianza debida, que ya sabemos de nuestro gusto romántico por ennoblecerlo todo, creo que el exagerado ideal de Petronio cortándose las venas mientras le escribe versos satíricos al tirano debe responder a algo real.

Y sin acudir a casos extremos, todo el mundo conoce ancianos que esperan tranquilamente el final, y sería tan falaz decir que esos son los que confían en la vida eterna como decir lo contrario. Hay de todo en ambos lados; y aunque uno está tentado de pensar que sólo la serenidad del descreído es verdadera (por apoyarse y depender la otra de una certeza de continuidad), en el fondo parece más cierto que el sereno lo es de condición, y que si cerca de la muerte le fallara alguna fe no se derrumbaría espectacularmente, sino que seguiría aguardando, sin esperanza ahora pero con la misma serenidad.

Por eso mismo, aun constatando que la fórmula epicúrea no es más que un sofisma barato que al angustiado ha de sonarle a triste sarcasmo (sólo hay que imaginar a un médico que, después de diagnosticarle un cáncer incurable a un paciente joven, le dijera no te preocupes, que cuando tú estás no está la muerte... buff) no dejamos de encontrar profundamente atractiva la propuesta vital que el epicureismo supone, y de admirar a los pocos elegidos que son capaces de llevarla a término. Pocas cosas hay más conmovedoras y envidiables que un buen morir como el del protagonista de "Las invasiones bárbaras" que tanto irritó a H.

Y sin embargo... me resuena en los oídos la invectiva de Pascal contra quienes no se hacen preguntas, y no soy capaz de contraargumentarla.

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Wednesday, April 14, 2004

Trascendencia
4. La mosca y la luz


El hecho de que no haya sino un mundo espiritual nos quita la esperanza y nos da la certidumbre.
Franz Kafka

K, por su parte, está lejos de ofrecer una solución, ni siquiera un subterfugio (un escondrijo, por usar su terminología). Toda su obra no es en el fondo otra cosa que la crónica del viaje de una mosca hacia la luz de la bombilla que la matará. Especialmente evidente en sus dos fábulas mayores (el agrimensor que gasta su vida en acercarse a un Castillo más indiferente que hostil, el reo que se somete sin saber cómo ni por qué a los dictados de un Tribunal invisible e imposible de eludir), en piezas más cortas alcanza a veces formulaciones de una incandescencia insufrible, como en el relato del hombre que espera toda su vida (y muere al final) ante la puerta más exterior de la Ley, suplicando al guardián más ínfimo que le deje traspasarla sin pensar siquiera en tantas otras puertas y guardianes como le quedarían después.

La lección que nos enseñan los personajes de K. (torturados, sí, pero también tocados de una alegría salvaje) no es otra que esta: una vez que se ha vislumbrado la luz de la Ley, de lo eterno, de "lo indestructible en nosotros", no queda otra opción que consumirse en su llama. Y en ese camino la idea de inmortalidad personal, como la del Bien o el amor al prójimo, pasa a ser irrelevante.

Sólo en el fragmento que copié al principio encontramos algo parecido a una salida; lo que él llama, con la melancolía de quien lo sabe inalcanzable, la solución de los griegos: hacer como si no.

Mucho más finos que los cristianos o los materialistas, los griegos concibieron los ritos como gestos de apaciguamiento; alejados ya irremediablemente del primitivo concepto de sacrificio como medio de aplacar a un ser ajeno y poderoso, seguían sin embargo en contacto con lo que de esencial e inevitable hay en ello: dar lo suyo a los demonios (cuya existencia real es una cuestión irrelevante puesto que operan de hecho en nuestro interior) para poder seguir viviendo humanamente, hacia adelante, de espaldas a lo infinito –indiferenciado, eterno, inmutable- que nos viene dando caza desde que nos desligamos de ello. La culpa no había entrado todavía en juego, ni la idea de salvación eterna: se trataba simplemente de cómo lidiar con esa necesidad de absoluto que puede destruirnos si no la aplacamos.

Nunca sabremos hasta qué punto les funcionaba esa fórmula de compromiso (sospecho que no mucho), porque ya con Platón se inicia el camino opuesto: la asociación de lo eterno e inmutable (que en Parménides, todavía sin caracterización moral, mostraba una faz bastante pavorosa) con el Bien –y por consiguiente de lo específicamente humano con el mal o al menos lo imperfecto; la instauración de la Promesa Futura y de la idea de la vida humana como paso –despreciable en último extremo- hacia algo superior. Pero también el olvido –seguramente intencionado en Platón, tal vez ingenuo en las religiones posteriores- de que ese algo nos excluye.

Todo degenera: del autoengaño consabido y ritual (la tragedia, los misterios) a la patraña del Dios personal hay una larga historia de renuncia y abaratamiento. Por ello la ruptura iluminista nos resulta, en cuanto rascamos un poco, tristemente barata: el enemigo lo era.

K. es la última oportunidad de Occidente, pero ¿cómo se puede seguir a K.?

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Monday, April 12, 2004

Trascendencia
3. Mentiras piadosas


Hágase la prueba: déjese a un rey completamente solo, sin satisfacción alguna de los sentidos, sin ningún cuidado de espíritu, sin compañía, pensar en sí mismo cómodamente; y se verá que un rey sin diversión es un hombre lleno de miserias.
Pascal

Si para el racionalismo de saldo, para los Homais que proliferan tanto como los beaturrones (porque en el fondo se trata de no pensar) la negación del Dios personal y la vida eterna resuelve la ecuación definitivamente, allá ellos. Para mí, para cualquiera que ponga cierto empeño en esta tarea absurda de responder preguntas imposibles, ese paso equivale a no más que quitar la hojarasca. Un enunciado un poco más exigente de la cuestión empezaría por constatar lo obvio: que hay una contradicción radical en nuestra condición, que nuestra existencia es abrumadoramente limitada y no está en nuestra naturaleza conformarnos con ello. Y me resultan igualmente desdeñables a estos efectos las soluciones trabajosamente cuadradas de los filósofos: ¿a quién le sirve para algo ese Dios de Spinoza, tautológico y mudo como un poliedro regular? ¿qué necesidad real del espíritu satisface el motor inmóvil?

Prefiero, por temperamento, a quienes dejan la contradicción desnuda sin forzar una respuesta; siempre me han conmovido las interrogaciones desesperadas que desde Quevedo a Blas de Otero recorren nuestra poesía, esas imprecaciones tan españolas al Dios mudo y ausente. Pero el grito es por definición momentáneo; un paso por delante están los pocos que se atreven a construir un discurso descriptivo y no voluntarista, no tanto sobre el choque sin solución entre realidad y deseo (que ya es terrible) como sobre la radical e irremediable insuficiencia de la ficción a que llamamos vida. Por esa vía se tocan (se tocarían, digo, si tuviéramos la concentración y entereza de zambullirnos en esto con todo nuestro ser en vez de tratarlo al nivel de charleta) los límites de lo que puede soportar la mente humana.

Estoy pensando, sobre todo, en los Pensamientos de Pascal: mejor que nadie antes o después, este cerebro insobornable nos lleva de la mano hasta el borde mismo del precipicio demostrando que, por más que afirmemos lo contrario, vivimos como si no nos fuéramos a morir, y una vez allí, tras cortar sistemáticamente todas las salidas, nos enfrenta a la imposibilidad de dar el último paso hacia una lucidez absoluta que sobrepasa nuestras fuerzas (de eso trata en realidad esa obra única, de lo que pueden nuestras fuerzas y lo que no) y la consiguiente necesidad de engañarnos de una manera u otra; él mismo, predicando con el ejemplo, nos muestra la suya propia: el bochornoso argumento de la apuesta. Siempre me ha intrigado ese colofón tan abrumadoramente zafio a la argumentación más valerosa y despiadada que se haya escrito jamás. La solución que más me ha satisfecho hasta ahora es que se tratase de un expediente desdeñoso, una manera de evitarse problemas con la censura y el poder, pero dejando de manifiesto a cualquier lector avispado su desprecio infinito (“una apuesta, venga, a ver quién se lo traga”).

Pero me atrae ahora la respuesta contraria, o más bien simétrica. Es posible que esa mente cortante como un láser llegara a percibir con tanta claridad lo insoportable de seguir asomado al abismo (porque el terror a la nada que empuja a los débiles hacia la fe no es nada comparado con el terror al Todo) que de repente la idea del autoengaño, tan intolerable para una inteligencia crítica, se le hiciera incluso hospitalaria. Y milonga por milonga, ¿por qué no elegir la fantasía edulcorada y pueril de los católicos, el buen padre misericordioso de las barbas blancas, los códigos claramente estipulados, la comodidad del rito semanal a la puerta de casa?

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Wednesday, April 07, 2004

Trascendencia

Digresión: ¿más allá del yo?

Would you know my name / if I saw you in Heaven?
Eric Clapton

Imaginar y describir un arcángel, un vampiro o las torres de sangre de Uqbar no es difícil: se trata sólo de combinar elementos que en el mundo real no se encuentran juntos. Las experiencias que dan lugar a la poesía mística o los Veda presentan, sin embargo, una resistencia a la descripción de orden más absoluto. Hay una serie de factores (límites, si se quiere) inseparables de la condición humana que aquí se está tratando de eludir; no hablo ya de la existencia desligada de un cuerpo, sino de algo tan básico como un punto de vista (¿desde dónde miras, si no estás en ninguna parte?), un transcurrir sucesivo de los acontecimientos (¿es concebible una percepción simultánea de pasado y futuro?) o la topología resultante de la gravedad, el sentido de arriba, abajo, enfrente, que inevitablemente da forma a nuestras percepciones. Factores cuya ausencia (de ser posible) determina la pregunta crucial: ¿quién tiene esa experiencia? ¿puedo llamarlo yo?

Por regla general las representaciones mentales que uno se hace de estos estados alterados de conciencia fracasan lamentablemente por no poderse salir de esos márgenes: lo más que consigue uno es imaginarse flotando en el aire, invisible y con capacidad de moverse instantáneamente por el espacio y el tiempo (esto es, libre de las ataduras físicas): pero en cada momento uno está en un punto del espacio (mira desde él) y la vivencia se construye de modo secuencial: unas cosas pasan antes y otras después.

No niego (no me atrevería) que otros puedan ir más allá, situarse en un no-lugar o un no-tiempo cuya descripción sólo sea abordable a través del balbuceo extremado de la más alta poesía. Lo que me parece difícil de creer es el retorno: que después de contemplar la tramoya se pueda sentar uno de nuevo en el patio de butacas y llorar o reir con las cosas que suceden en una casa de mentira, a unos tipos que fingen.

El fraile silencioso, el derviche giróvago, el monje tibetano se nos aparecen como seres en tránsito, que ya han empezado a marcharse. No podemos esperar de ellos un movimiento de rabia, un lamento, una carcajada; sus maneras son de una suave gelidez. La delicadeza con que fingen atención no consigue ocultar un desinterés absoluto por cualquier cosa que les traigas de un mundo en cuya existencia han dejado de creer. Eso que ves en el fondo de sus ojos, esa transparente lejanía que los hace irresistibles no es sino el reflejo de la nada en que se van adentrando poco a poco, sin ansiedad ni prisa.

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Tuesday, April 06, 2004

Trascendencia
2. La llamada del Todo


Cuanto más examinamos el universo, más nos sentimos inclinados a pensar que el mal procede de una división que no sabemos explicar y que el retorno al bien depende de una fuerza contraria que nos empuje sin cesar hacia una unidad igualmente inconcebible.
Joseph de Maistre

Los enunciados del tipo venimos de Dios y a él queremos retornar me resultan tan terroríficos como la escena de Body Snatchers en que los habitantes del pueblo, abducidos por las vainas extraterrestres, persiguen a paso robotizado y lento a los dos únicos seres humanos que restan. "No os resistáis, es mejor así, sin sufrimiento ni angustia..." Y la causa de que se hiele la sangre al oir esas llamadas es que tienen una base bien real: dejemos a un lado la palabrería religiosa y pongamos en lugar de la metáfora de Dios el desnudo e inaprehensible concepto de lo eterno, lo inmutable, la extensión indiferenciada del todo; frente a ella la vida consciente –nuestra vida, la única que conocemos- supone una discontinuidad extrañísima, precaria y ridículamente reciente en ese tejido de lo real, y no es tanto que el sentirlo así nos empuje a querer que haya algo más: es más bien, intuyo, que conservamos aún ligaduras con el ser natural que dejamos atrás, que en nosotros opera todavía una resistencia a ser personas, una nostalgia de la no consciencia. Que, en definitiva, el ansia de trascendencia que encontramos en nuestro interior no pertenece al reino del futuro sino que se estira hacia nosotros (como los alienígenas de Fox Mulder) desde el lejanísimo pasado de la raza.

Esa desazón inconsciente puede calificarse de pulsión, pero no es, desde luego, un deseo imperioso: arrojarse en los brazos del Todo, dejar de ser... en realidad nadie quiere eso; lo que queremos es, como Unamuno, todo lo contrario: seguir siendo nosotros mismos eternamente. La angustia metafísica consiste más bien en una ominosa y momentánea certeza: no es que la eternidad nos llame, sino que golpea insidiosamente a nuestra puerta para que no nos olvidemos de que está ahí, de que tarde o temprano nos disolveremos en ella.

Para que ese canto de sirena atenuado y poco seductor se convierta en promesa de plenitud ha sido necesario que Platón primero y las religiones modernas después vuelvan del revés los conceptos: la angustia con que vivimos la finitud, nos dicen, no es otra cosa que impaciencia, porque en el fondo sabemos que no pertenecemos a ella, que estamos llamados a la eternidad. Se sustituye entonces el monstruoso vacío infinito por una acogedora presencia paternal, y se lanza la reconfortante –bien que difícil de tragar- promesa de supervivencia eterna del yo. Y uno de los grandes problemas del pensamiento racionalista moderno es que se desarrolla en un contexto de implantación absoluta de esa burda trampa, que se desgasta contra ella y que al desmontarla siente que ha terminado su trabajo, cuando no ha hecho más que despejar la mesa y dejarla lista para empezar. Seguimos en el mismo punto: precarios, minúsculos y con una insensata aspiración al Todo.

Son, paradójicamente, las formas más refinadas de espiritualidad (incluso a veces desde dentro de las religiones establecidas, aunque no puedo siquiera imaginar las tensiones movilizadas en esos casos por la permanencia en un esquema tan hostil y ajeno) las que nos recuerdan que el problema sigue en pie: que este mundo, el yo, la percepción no son más que otro despliegue -mucho más sutil- de trampas, engaños, mixtificaciones. Estos espeleólogos de la trascendencia nos dicen que sólo mediante el contacto permanente con "lo indestructible en nosotros" podemos liberarnos de esas telarañas y ver la Verdad. No importa adónde nos lleve esa visión, no podemos renunciar a ella aunque ir a su encuentro suponga renunciar a nosotros tal como nos conocemos.

Tengo la impresión (mirando desde fuera un fenómeno que no me puede ser más ajeno) de que en esas zambullidas el ser individual desaparece irremediablemente, y esa es la razón por la que la vía de los místicos de toda traza, desde Plotino al coronel Kurtz, se me aparece como posible (como deseable) sólo para un determinado, particularísimo tipo de personas a las que no puedo sino contemplar de lejos con el respeto que se granjean los que han avanzado mucho por cualquier camino, pero con absoluta extrañeza -como he mirado siempre a las monjas de clausura, poseedoras de una paz y una fuerza indiscutibles pero imposibles de compartir. Porque en el fondo es la misma paz de los fumadores de opio; de modo más explícito en los orientales pero no menos operativo en sufíes o carmelitas (quedéme y olvidéme), el concepto de separación del mundo implica, al profundizar, una disolución del yo. Y eso no lo desean más que unos pocos, entre los que desde luego no me cuento.


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Monday, April 05, 2004

Trascendencia
1. Lo indestructible en nosotros


Nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia cuestiona al mundo.
Asclepio

El hombre es una anomalía en el mundo. Estamos tan acostumbrados a señalar, con un cinismo que se ha hecho casi automático, lo mucho que tenemos de animales, que se nos olvida la verdad contigua, para mí de una evidencia avasalladora: lo que queda, lo que no es natural. Por no acumular notas distintivas (pero podría: el amor romántico, la crueldad, los jardines, el miedo a la muerte, el ajedrez, la envidia...) diré simplemente que ningún animal reflexiona sobre su condición. Ese es el acto inicial de ruptura por el cual nuestra especie se apartó irrevocablemente de la naturaleza (y como el de las grandes fracturas continentales debió ser un proceso lentísimo de variaciones infinitesimales y continuas, aunque sólo podemos imaginar uno y otro como una iluminación súbita, una inmensa conflagración).

A muchos este salto en el vacío sólo les parece posible postulando un ser en nosotros no sujeto a temporalidad ni contingencia, que sería el verdadero sujeto de la reflexión. Recuerdo un emocionante párrafo de JW sobre un algo común que se ve (que él ve) en el fondo de los ojos de todo ser humano. Yo nunca he experimentado nada parecido, aunque sí recuerdo, de niño, tener vislumbres de la eternidad: no era algo cerebral, sino de las vísceras. De pronto sentía la extensión interminable de tiempo, y era tan insoportable que tenía que ponerme a canturrear o a correr para que se me pasara. Creo que lo angustioso de la sensación venía de su incompatibilidad radical con mi existencia; o estaba aquello o estaba yo. ¿Son esa visión esperanzada y mi intuición ominosa dos caras de la misma moneda? ¿O hablamos de cosas opuestas?

Si son lo mismo, si en los ojos de cualquiera podemos ver lo eterno, ¿por qué no llamarlo alma? Ningún inconveniente, a condición de que sepamos que con ese nombre estamos haciendo una declaración de intenciones: implicamos que eso y sólo eso es en el fondo lo que somos (yo soy un alma, no este envoltorio del que volaré cuando muera); de ahí a declararnos inmortales queda todavía un trecho, pero debe ser un trecho extremadamente fácil de recorrer cuando tantos lo hacen. Yo por el contrario pienso que eso que llaman alma inmortal sería –si acaso, y en cuanto inmortal- lo que no somos, aquello de lo que nos separamos un día como especie para iniciar el camino en que ahora estamos. Al igual que K, lo percibo como algo que está ahí antes que nosotros, que no varía de uno a otro ser: algo impersonal, ajeno al yo y por tanto inconcebible, monstruoso. Pero que está en nosotros y es imposible de ignorar.

Tener un breve vislumbre de ello es aterrador; vivir en contacto con ello supone la destrucción de la persona en cuanto individuo (¿qué otra cosa es la mística sino anegarse, perderse en el Ser, en Dios, en lo indefinido?). Las contradicciones básicas de las religiones establecidas nacen sobre todo de la resistencia natural del yo a renunciar a sí mismo, como inevitablemente habría de hacer en ese camino. El esfuerzo de conciliación, por brillante o sutil que se llegue a ser, está condenado al fracaso: no hay trascendencia personal, al tras-cendernos nos dejamos atrás. (Unamuno, que desesperadamente quería seguir siendo Unamuno por toda la eternidad, vio claro, me parece, ese desgarrón que atraviesa de lado a lado el esquema cristiano: no conseguía tragar la gigantesca rueda de molino de la resurrección de la carne).

¿Cómo explicamos entonces eso que JW veía en los ojos de los viejos, eso que nos impulsa a la solidaridad general y al amor particular, que nos permite reconocernos en un esquimal o en la carta que el rey de Uruq escribió hace cinco mil años a su hijo recién casado? No es, no puede ser esa abstracción común a fuer de indiferenciada y eterna que hace que un tigre sea en último extremo igual a otro tigre y a una escolopendra (que la muerte de un animal no sea una tragedia como lo es la de cada ser humano), sino precisamente lo contrario, lo que nos identifica y hermana sólo por el hecho de que nadie más lo tiene: lo caduco y mortal, lo diferenciado, el yo, la chispa de individualidad rebelde que nos separa de la naturaleza y nos condena a la terrible, irrenunciable aventura de la vida consciente.

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Sunday, April 04, 2004

Trascendencia

Kafka lo dijo así, en una carta a Brod (me pregunto qué haría Brod, que podría hacer nadie con esos párrafos eléctricos de las cartas o los diarios de K, que parecen descorrer cortinas que nadie ha tocado antes; es como recibir correo de la Tierra de los Muertos, donde ya se sabe todo y no importa):
En teoría existe una perfecta posibilidad terrena de felicidad, que sería creer en lo decididamente divino y no aspirar a alcanzarlo. Esta posibilidad de felicidad es tan blasfema como imposible de conseguir, pero los griegos han estado tal vez más cerca de ella que tantos otros.

La primera parte de la frase aparece dos años antes en un aforismo: aquí lo "decididamente divino" es "lo indestructible en nosotros" (mi fuente es Roberto Calasso). Oscilación importantísima, a mi entender.

De la Tierra de los Muertos nos llega también esta otra voz ineludible; Ulises oye de labios de la sombra de Aquiles estas palabras de resignación desesperada: Antes preferiría, entre los vivos, hacer de siervo de un porquerizo que ser Aquiles con toda su gloria aquí abajo.

A partir de los ecos de estos dos fragmentos que se me han vuelto fundamentales voy elaborando una metafísica de andar por (mi) casa. Creo que estas cosas las debe pensar cada uno, aunque camine sin saberlo sobre las huellas de otros muchos; decía el doctor Johnson que no hay hombre tan necio que no tenga alguna idea sobre metafísica. Colgaré aquí las mías, troceadas en píldoras que espero no sean de digestión demasiado pesada.

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