Friday, March 19, 2004

Puntos de vista

– … No te puedes imaginar lo que es aquello. Si no has salido nunca de la Tierra no tienes referencias. Los colores… llanuras inmensas de arena púrpura, cordilleras amarillas de más de veinte mil metros recortadas perfectamente en el horizonte a distancias increíbles.

Acodados en la barandilla oteaban el bullicio de Times Square en la media noche. Ese año, en Manhattan, lo último en bares era el llamado 14 feet over; prácticamente todos los edificios del Theatre District habían habilitado sus primeras plantas, vinculándolas con pasarelas de un edificio a otro que se fueron ampliando hasta convertirse en terrazas colgantes, de manera que ahora, por las noches, una calle sobre la calle –ya había pontones sujetos por cables que cruzaban también la avenida– duplicaba el bullicio a ras de suelo, estableciendo una nada sutil división por pisos que hacía presumir a los más snobs de no tocar el suelo en varias semanas.

–Tuvimos que hacer el trayecto de tres días en el vehículo anfibio, rodeados de lava hirviente, pero desde luego merecía la pena; el cráter a la luz de las dos lunas es mucho más hermoso de lo que había podido imaginar por los folletos.

Realmente, el entusiasmo de los turistas espaciales era la única manifestación de energía en la ciudad languideciente, pensó la muchacha, pálida y elegante en su vestido plateado; lástima que todos usaran los mismos adjetivos: la propaganda turística podía ser desoladoramente monótona. De todas formas había que reconocer que el tipo traía un bronceado realmente magnífico; ¿dejaría pasar el vehículo anfibio los rayos U.V.A. o lo que fuera que irradiaran los cuatro o cinco soles de Orión?

-…la Federación está ofreciendo unas condiciones increíbles para emigrar; lástima que por ahora sólo haya demanda de obreros manuales. Sería maravilloso, ¿no crees? Un nuevo comienzo, lejos de toda esta… podredumbre.

Una sirena policial partió en dos con su agudo repentino el bloque compacto de ruido nocturno. En un minuto, justo bajo sus ojos, tres hombres de uniforme habían acorralado a un negro vestido con túnica y gorro de piel de cebra, y lo estaban apaleando rodeados de un corro de espectadores indecisos.

Desde la seguridad de las terrazas con acceso vigilado, los jóvenes vestidos de fiesta se asomaban a contemplar la escena sin apenas disimular una ligera excitación.

-¿Ves lo que te digo? -continuó él, con una nota de triunfo en la voz.– No tendría por qué ser así; en las colonias habrá una nueva oportunidad…

Ella sacó un cigarro y se quedó mirándolo como si de repente hubiera olvidado su modo de empleo. Él se precipitó a encendérselo; al saltar la llama el aire crepitó con un chisporroteo seco.

-No me acostumbro a la atmósfera ionizada; a veces pienso que era mejor la contaminación química –comentó ella con un mohín desganado. Él se rió sin entender.

-De todas formas, lo mejor fue la lluvia de meteoritos en el Extremo Sur de Betelgeuse. Resulta difícil describirlo con palabras; era como si el cielo entero, pero no nuestro cielo sino una inmensa bóveda rojo sangre cuajada de estrellas, se desplomara lentamente, en silencio, como un gigantesco copo de nieve.

Abajo, frente a ellos, una mujer deslumbrante caminaba cortando el aire con la majestad ausente de una Gran Duquesa en el exilio. Iba completamente vestida de blanco, desde los zapatos a la capa de armiño, y a primera vista resultaba difícil decidir a qué mezcla de razas se debían esos pómulos atezados, esos ojos verdes rasgados, inmensos. La rejilla del metro escupió una bocanada de humo justo delante suyo, y un foco del Teatro Minskoff, que debía haberse encendido especialmente para ella, silueteó su figura borrosa contra la pared oscura; nimbada de luz, hierática y perfecta, tuvo sin darse cuenta un instante de diosa. Todas las luces de los anuncios parecieron converger sobre ella; un taxista pakistaní frenó bruscamente en el cruce, con el semáforo en verde, y un mendigo que pasaba se quitó, lento y desmañado, el sombrero.

-Parece ser que sólo se da una vez cada catorce siglos. Es una lástima que no pudieras venir.

La muchacha le dedicó una sonrisa desmayada mientras apuraba el whisky que ya se le estaba aguando. Miró hacia abajo de reojo: la mujer había doblado la esquina y los luminosos volvían a brillar ajenos.

-Una verdadera lástima –dijo con voz soñolienta.

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