Thursday, March 11, 2004

El horror

¿Qué se puede escribir un día como este? Desde luego lo más adecuado es el silencio, pero hay que desahogarse y al fin y al cabo esto no lo lee nadie.

Lo he vivido todo de una forma rara. Primero las noticias no parecían tan graves, pero incluso cuando empezaban a serlo me he encontrado tremendamente distanciado. Cuando llamó mi madre buscando calor no le hice mucho caso. En el desayuno ya sabíamos que era una masacre, y sin embargo no se notaba. No es que hayamos frivolizado como en los velatorios (eso habría sido humano) sino que no encontrábamos el dolor. Nos dedicamos a hipótesis y recuerdos de otros atentados.

Después ha sido peor. Los jefes de servicio decidieron que hoy precisamente tenía que celebrarse esa reunión-catarsis de hurgar en sus rencillas que siempre aplazaban, y me he visto envuelto en un psicodrama administrativo que no tenía nada que ver. Hemos bajado a la concentración con prisas para volver a lo otro, y hasta la una y media no he conseguido hablar con mi hermano pequeño. Sólo entonces, al oirle la voz quebrada, se me ha venido todo encima.

Cuando he vuelto me han dicho que estaba descompuesto. De repente M.E. se ha puesto a hablar como alunada: “Yo lo que querría es estar pendiente de la televisión. Y cuando lleguemos a casa ya habrá acabado el telediario…”

“No te preocupes”, le he dicho tontamente, "lo repetirán todo". En seguida me he dado cuenta de que estaba diciendo algo más serio. Que estábamos ahí como imbéciles, haciendo tiempo, cumpliendo el horario de la puta tarjetita, cuando lo único posible era irse a casa, cada uno con los suyos, a clavar la mirada en la pantalla. Porque ese acto absurdo y sin efecto es de alguna manera más cálido que hablar y hablar.

Y llorar, claro. Llorar a solas. Me costó mucho aguantarme el llanto allí mismo, escuchando a M.E. buscar las palabras con esa lentitud suya medio cubana, diciendo cosas muy hondas como sin querer, escondiendo la cara –esa magnífica cara de mujer fea y estrambótica, trabajada por la vida, esos ojos de mirada limpia- entre las carpetas.

Me he vaciado nada más encender la tele, al ver al primer testigo balbucear intentando contar un horror que no entendía. Sobrepasado, es la palabra. He visto más claro que nunca lo pequeños que somos, lo solos que estamos. Por eso necesitamos apretarnos unos contra otros. A muchos les resultará patético o raro, pero buscando calidez y proximidad he entrado en mi foro (lo he puesto de luto, por hacer algo) y tengo que decir que la he encontrado en la presencia virtual de algunos amigos que estaban como yo.

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