Wednesday, March 31, 2004

El poema que faltaba

El libro de Benedetti ha aparecido agazapado en tercera fila, así que copio aquí la parte final del poema al que me referí hace poco. Hasta los poetas más pillados en las trampas de la ideología son al fin poetas; me pregunto cómo encajará B. la tremenda contradicción que asoma ahí.

(Ah, y era Cardinale, no Garbo; curiosas las trampas de la memoria)

...el día o la noche en que por fin lleguemos
habrá sin duda que quemar las naves
así nadie tendrá riesgo ni tentación de volver

es bueno que se sepa desde ahora
que no habrá posibilidad de remar nocturnamente
hasta otra orilla que no sea la nuestra
ya que será abolido para siempre
la libertad de preferir lo injusto
y en ese solo aspecto
seremos más sectarios que dios padre

no obstante como nadie podrá negar
que aquel mundo arduamente derrotado
tuvo alguna vez rasgos dignos de mención

por no decir notables
habrá de todos modos un museo de nostalgias
donde se mostrará a las nuevas generaciones
cómo eran
paris
el whisky
claudia cardinale

El arte de bautizar (II)

A voleo y sin ninguna voluntad de exhaustividad daremos una vuelta por otras lenguas, usando como único criterio que los nombres nos hayan quedado en la memoria, en la esperanza aproximada de que eso sea síntoma de algo.

El respeto a la jerarquía obliga a empezar por Shakespeare, que, triste es decirlo, bautizaba con desgana y sin rigor: algunas excepciones de hermosa y oscura resonancia (Banquo, Caliban) no compensan la tópica mescolanza de nombres latinos y griegos, ni la bufonería elemental de sus apelativos villanos. Claro que no lo hacían mejor nuestros dramaturgos de la época con sus Fabios y Tellos. Si se piensa bien, en teatro los nombres no se dicen apenas en voz alta.

Bernard Shaw tenía un don para los nombres (Eliza Doolittle, Attie Utterword) a pesar de cierta tendencia muy inglesa a darles significado, como le ocurre también a Martin Amis: su triángulo Nicola Six-Keith Talent-Guy Clinch se mantiene magníficamente al borde del exceso de literalidad. Trono aparte merece el gran Oscar, aunque sólo fuera por el prodigioso hallazgo de Miss Prism o por la exactitud con que bautizó a ese último, tristísimo personaje suyo, Sebastièn Melmoth.

La literatura de Irlanda tiene a los nombres propios en la raíz, se alimenta de ellos y del jugo que desprenden: Conan, Brendan, Declan... Halloran, Moran, Behan; Lonigan, Donnegan, Monahan; y O’Hara, O’Meara,–the green hill of Tara; Meagher, Gallagher, Maher; Sean, Finn, Liam; Connolly, Reilly, Donnelly... la sonoridad bellísima de las viejas baladas cabalga a lomos de esa nomenclatura endogámica y unifica en un aire de familia todo lo que va desde el idilio verde de Yeats hasta el costumbrismo urbano de Roddy Doyle.

Nadie negará que es un placer desenredar perezosamente la madeja de nombres, sobrenombres y patronímicos de las novelas rusas, aunque no nos atrevamos a distinguir, de entre tanto Sergeievich, Ostapova o Alexeievna, los que están bien puestos de los que no. Como tampoco me atrevería a decir si son nombres atinados y definitorios los de Julien Sorel, Lucien de Rubempré o el Vizconde de Valmont, tal es la sordera que padezco con respecto a la lengua francesa y sus matices.

En Italia el oído se va al Sur, a los novelones sicilianos, al arribismo trapacero del que no puede escapar un tipo llamado Calogero Sedera o la avaricia desdeñosa que destilan, aun sin ponerle el título, las sílabas del nombre de Don Blasco Uzeda. Y de los de ahora llama la atención el iridiscente Baricco, que practica el sistema de tomar un apellido corriente y cambiarle algo (Poreda el boxeador, el sabio Bartleboom o Poomerang el amigo invisible). Unas veces funciona y otras no, como todos los trucos.

Nombres absurdos pero perfectos como Rollo Martins o Holly Golightly que fueron impiadosamente sustituidos en la pantalla por versiones más pedestres; nombres de extraña resonancia mítica como Queequeg y Tashtego, o de exquisita reverberación (Ada, your ardors and your arbors); nombres de colores, como los de la cuadrilla de Reservoir Dogs; de días de la semana como en el delirio conspiratorio de Chesterton...

Pero el personaje definitivo, el sujeto de lo más parecido que tenemos a unas Sagradas Escrituras no podía llevar por nombre más que una inicial opaca: el agrimensor y el acusado viven en nuestro inconsciente bajo el signo ominoso de la letra K.

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Tuesday, March 30, 2004

El arte de bautizar (I)

Es un asunto que no está directamente relacionado con el talento, una gracia que se tiene o no se tiene; hay autores que nombran con desidia, como eligiendo al azar de la guía telefónica, y otros que parecen encontrar sin esfuerzo las sílabas comunes que dan existencia acreditada al personaje.

Cunqueiro es un proveedor incansable de nombres con sabor y olor, mientras que Valle- Inclán no acaba de atinar con la medida (le salen tópicos, como la niña Chole, o exagerados como don Latino de Híspalis). Baroja acierta sin esfuerzo sus apellidos vascos, seguramente porque son reales, y Galdós resulta en cambio inespecífico (entre Fortunata y Jacinta uno no consigue recordar cuál es cuál) cuando no increíblemente torpe: no se entiende cómo se puede crear un personaje tan espléndido y luego llamarlo Jenarita Barahona.

Cela era un entusiasta de los patronímicos: sus articulillos para ABC no eran en el fondo más que un pretexto para ensartar esos nombres suyos, inconfundibles en su peculiaridad aunque fáciles de imitar (Don Tesifonte Ovejero, alias Flux, Matildita Coscollar Herráiz, viuda de Simpson...)

Torrente Ballester construye sobre iniciales coincidentes el edificio de su Saga-Fuga, pero los nombres de dudosos héroes (Jacinto Barallobre, Jesualdo Bendaña…) y malignos inquisidores (Don Acisclo, Don Apapucio) que sirven a la mecánica combinatoria son en sí portentosos.

Y si García Márquez apoya en los nombres (los Arcadios, Aurelianos y Úrsulas que se combinan por generaciones) los juegos de espejos de su genealogía, Cortázar cumple sin más el expediente con sus Brunos, Horacios y Elvinas perfectamente insípidos e intercambiables (precisamente él, que ideó la inquietante pesadilla de aquella comisión de la ONU en que todos se llamaban Félix). Borges, por su parte, escatima el esfuerzo con su antipático desdén por el trabajo de carpintería, pero clava de vez en cuando el estilete con inimitable exactitud: Emma Zunz, por ejemplo, es un nombre que justifica una literatura por sí solo.

Al final, como en todo lo demás, el mejor es Cervantes. Aldonza Lorenzo, Sansón Carrasco, Maritornes, Pedro Recio de Agüero (natural de Tirteafuera) son nombres que se adhieren al personaje y se vuelven inseparables de él. Sólo el hallazgo de Sancho Panza le valdría ya el puesto de honor. Don Quijote podría haberse llamado tal vez de otra forma, pero la identidad entre el nombre de Sancho y su persona es de orden superior.

Simplemente rastreando los nombres podemos recorrer todo el entramado de interacciones entre realidad y ficción de esa novela única. No sólo es que don Quijote los pase a todos por su filtro subversor (empezando por el suyo propio que queda en conveniente penumbra: Quijada, tal vez Quesada...), sino también que los personajes novelescos que le salen al paso tienen (en la realidad de la Mancha o Sierra Morena) nombres de novela (Dorotea, Andrenio...) tan inconsistentes como sus historias; o que en la corte de los duques bromistas apenas oímos un nombre verdadero, o que los inventados se imponen hasta el punto de que no nos consigamos acordar ahora mismo de cómo se llamaba en verdad (¡en verdad!) la Dueña Dolorida.

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Thursday, March 25, 2004

Una idea recurrente

Quería copiar un poema de Benedetti y no encuentro el libro. Mis libros van desapareciendo poco a poco: no tengo ninguna explicación plausible, pero es un hecho. El ecosistema de mi biblioteca parece autogestionar el espacio haciendo desaparecer a los miembros más viejos a medida que llegan nuevos.

(Mierda, le tenía cariño a ese libro…)

La idea era la siguiente: algún día, cuando al fin hayamos vencido y el mundo sea un lugar mejor, sin opresores ni oprimidos, habrá que organizar un museo / para que no se olvide cómo eran / París, el whisky, Greta Garbo (no intento ser literal, pero ese era el tono)

Y el motivo de recordar el poema es que ultimamente esa misma idea me sale aquí y allí, en registros muy diferentes.

Phoebe (de la serie Friends):

-Sois todos estupendos. Claro que cuando llegue la revolución tendré que mataros (a ti no, Joey).

Ambrose Silk, en Put out more flags, de Evelyn Waugh:

It is a curious thing, he thought, that every creed promises a paradise which will be absolutely uninhabitable for anyone of civilized taste.
La conclusión obvia debería ser que los paraísos no están hechos para el ser humano, que si hay que matar a los amigos capitalistas, renunciar a Greta Garbo o condenarse al eterno aburrimiento sin cotilleos ni gente mal vestida que criticar entonces no merece la pena. Sin embargo algún cable mal conectado, algún pinzamiento cerebral nos hace desear sociedades ideales en las que no resistiríamos ni un día, paraísos espirituales de puro tedio, engranajes perfectos para triturarnos.

Y la paradoja (porque al final siempre surge una paradoja) es que seguramente sin la vista puesta en esos paraísos gélidos y odiosos no se habrían conseguido la mayoría de los avances sociales que hacen la vida cada vez más tolerable y retroalimentan, en un bucle inacabable, la ilusión de que efectivamente vamos hacia alguna parte.

Así, el enunciado heroico tipo "luchemos por la utopía aunque sepamos que es imposible" estaría encubriendo uno más radical pero indudablemente menos eficaz para mover a las masas: "luchemos por la utopía aunque sepamos que es indeseable".

Somos raros, muy raros los seres humanos…

El poema que faltaba

Monday, March 22, 2004

Pequeño comercio

Cuando se duermen siestas desmesuradas y se vive a contrapelo del horario normal uno se ve abocado a tratar con esa subespecie de tiendas abiertas todo el día que abunda tanto en nuestras ciudades. En mi caso al menos no me supone andar muy lejos.

Nada más salir, a la izquierda, está el agujero inverosímil (apenas un portalillo) que regentan las Gnomas. Siempre de guardia a la puerta como espíritus tutelares de la calle, bajitas, infladas al borde de la deformidad, con sus caras de luna atezadas por la vida a la intemperie y erizadas de tremendos pelos en lugares donde ni los osos los tienen, las dos hermanas mellizas se turnan (es raro verlas juntas) en su tarea de vigilancia y control urbano, interrumpida raras veces por alguna ocasional transacción. La familia que las acompaña es variable en número e inextricablemente compleja en sus relaciones mutuas. Hay una anciana que suponemos ser la madre, aunque ni la menor sombra de parecido (si exceptuamos el bigote) autoriza tal presunción; no parece, en cualquier caso, ejercer ningún tipo de autoridad sobre las hermanas; se sienta sin rechistar en una silla de enea en el interior, dejando la ocupación de la acera para la Gnoma de turno.

Gnoma Uno (en adelante Gnoma Buena) atiende normalmente en solitario, aunque no es raro verla acompañada de uno o varios niños de vecinos. Tiene una sonrisa fácil y abarcadora, una benevolencia genérica que convierte su tramo de acera en una isla de placidez y buenos propósitos. Nunca he intercambiado con ella más de cuatro palabras, pero cuento siempre con su saludo afectuoso de gallina clueca; además, como cada vez que me pongo guapo me mira al pasar con ojillos chispeantes (y una vez que me puse smoking me siseó), no negaré que siento debilidad por ella.

A Gnoma Dos (en adelante Gnoma Dos) la acompaña en cambio un hombre anodino, de edad indefinida y constantes vitales próximas a la hibernación, un pasmarote que resulta inverosímil como marido pero no menos difícil de ubicar en cualquier otro rol. Jamás lo he visto contribuir en lo más mínimo al negocio (la bienintencionada hipótesis de que su presencia tenga una función intimidatoria se desvanece nada más echar un vistazo comparativo a los negros como montañas de los que teóricamente tendría que proteger el puesto), y aunque con ciertos parroquianos escogidos es capaz de desplegar una arrolladora sociabilidad, lo normal es que permanezca encerrado en un mutismo al que hay que reconocerle la carencia total de hostilidad.

Ya es bastante hostil Gnoma Dos, para el caso. Tiene prácticamente los mismos rasgos de su hermana, pero resulta imposible confundirlas; como en los cuentos infantiles, su personalidad se construye por oposición y se refleja sin distorsiones en la expresión de la cara. Tan hosca y antipática como acogedora es la hermana, uno cruza de acera para evitar el trance de quedarse a medio saludo, congelado por una mirada de completa indiferencia. ¿Reserva quizá sus afectos para el núcleo familiar? Lo dudo; rara vez se le ve una muestra de interés humano, y hay que tener en cuenta que este extraño grupo pasa la mayor parte del día en su pequeño escenario, a la vista de todos.

Hay además una mujer viejísima que vive enfrente, asomada siempre que la salud se lo permite a la ventana de un bajo (cuando no está queda en el alféizar, como inquietante recordatorio, un muñeco incongruente, un bebé negro de ojos revirados). No está claro que pertenezca a la familia, pero Gnoma Buena tiene con ella ternuras de nieta preferida. El otro día la llevaba de paseo en silla de ruedas: en cuanto vio hueco en la acera se puso a corretearla: la vieja, rapada y minúscula, se reía con ojos de niña pequeña; Gnoma Buena, embalada, con la sonrisa de lado a lado, sacó tiempo para hacerme un saludito jubiloso con la ceja.

En lo que no se distinguen las hermanas es en la rapacidad. Los precios, como suele pasar en estas tiendas, van en función de la necesidad. Por una lata de cerveza un domingo de partido me cobran más de lo que me cuesta el satélite, y el hielo (nunca he conseguido que me llegue el hielo hasta el final, en las fiestas) se lo acabo pagando sin rechistar a precio de gin-tonic. Nunca tienen lo que uno quiere, y el sucedáneo cuesta el doble. El pan es de anteayer y las latas de conservas perennes en su estante (¿quién va a comprar berberechos de urgencia?) aparecen coronadas de una herrumbre más flagrante que sospechosa. Aunque es fácil y seguramente merecido el elogio del pequeño comercio, y aunque esta tiendecilla en particular sea completamente irrepetible con sus carteles recortados de embalajes y escritos a mano (No se fía, Hay Ducados), su tablón de anuncios gratuito que M.L. llama el internet del barrio y su insondable almacén bajo alguna escalera en que se adentran las Gnomas para salir al cabo del rato con las manos vacías, lo cierto es que uno, con toda la mala conciencia que se quiera, no ve la hora de que abran un Opencor.

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Friday, March 19, 2004

Puntos de vista

– … No te puedes imaginar lo que es aquello. Si no has salido nunca de la Tierra no tienes referencias. Los colores… llanuras inmensas de arena púrpura, cordilleras amarillas de más de veinte mil metros recortadas perfectamente en el horizonte a distancias increíbles.

Acodados en la barandilla oteaban el bullicio de Times Square en la media noche. Ese año, en Manhattan, lo último en bares era el llamado 14 feet over; prácticamente todos los edificios del Theatre District habían habilitado sus primeras plantas, vinculándolas con pasarelas de un edificio a otro que se fueron ampliando hasta convertirse en terrazas colgantes, de manera que ahora, por las noches, una calle sobre la calle –ya había pontones sujetos por cables que cruzaban también la avenida– duplicaba el bullicio a ras de suelo, estableciendo una nada sutil división por pisos que hacía presumir a los más snobs de no tocar el suelo en varias semanas.

–Tuvimos que hacer el trayecto de tres días en el vehículo anfibio, rodeados de lava hirviente, pero desde luego merecía la pena; el cráter a la luz de las dos lunas es mucho más hermoso de lo que había podido imaginar por los folletos.

Realmente, el entusiasmo de los turistas espaciales era la única manifestación de energía en la ciudad languideciente, pensó la muchacha, pálida y elegante en su vestido plateado; lástima que todos usaran los mismos adjetivos: la propaganda turística podía ser desoladoramente monótona. De todas formas había que reconocer que el tipo traía un bronceado realmente magnífico; ¿dejaría pasar el vehículo anfibio los rayos U.V.A. o lo que fuera que irradiaran los cuatro o cinco soles de Orión?

-…la Federación está ofreciendo unas condiciones increíbles para emigrar; lástima que por ahora sólo haya demanda de obreros manuales. Sería maravilloso, ¿no crees? Un nuevo comienzo, lejos de toda esta… podredumbre.

Una sirena policial partió en dos con su agudo repentino el bloque compacto de ruido nocturno. En un minuto, justo bajo sus ojos, tres hombres de uniforme habían acorralado a un negro vestido con túnica y gorro de piel de cebra, y lo estaban apaleando rodeados de un corro de espectadores indecisos.

Desde la seguridad de las terrazas con acceso vigilado, los jóvenes vestidos de fiesta se asomaban a contemplar la escena sin apenas disimular una ligera excitación.

-¿Ves lo que te digo? -continuó él, con una nota de triunfo en la voz.– No tendría por qué ser así; en las colonias habrá una nueva oportunidad…

Ella sacó un cigarro y se quedó mirándolo como si de repente hubiera olvidado su modo de empleo. Él se precipitó a encendérselo; al saltar la llama el aire crepitó con un chisporroteo seco.

-No me acostumbro a la atmósfera ionizada; a veces pienso que era mejor la contaminación química –comentó ella con un mohín desganado. Él se rió sin entender.

-De todas formas, lo mejor fue la lluvia de meteoritos en el Extremo Sur de Betelgeuse. Resulta difícil describirlo con palabras; era como si el cielo entero, pero no nuestro cielo sino una inmensa bóveda rojo sangre cuajada de estrellas, se desplomara lentamente, en silencio, como un gigantesco copo de nieve.

Abajo, frente a ellos, una mujer deslumbrante caminaba cortando el aire con la majestad ausente de una Gran Duquesa en el exilio. Iba completamente vestida de blanco, desde los zapatos a la capa de armiño, y a primera vista resultaba difícil decidir a qué mezcla de razas se debían esos pómulos atezados, esos ojos verdes rasgados, inmensos. La rejilla del metro escupió una bocanada de humo justo delante suyo, y un foco del Teatro Minskoff, que debía haberse encendido especialmente para ella, silueteó su figura borrosa contra la pared oscura; nimbada de luz, hierática y perfecta, tuvo sin darse cuenta un instante de diosa. Todas las luces de los anuncios parecieron converger sobre ella; un taxista pakistaní frenó bruscamente en el cruce, con el semáforo en verde, y un mendigo que pasaba se quitó, lento y desmañado, el sombrero.

-Parece ser que sólo se da una vez cada catorce siglos. Es una lástima que no pudieras venir.

La muchacha le dedicó una sonrisa desmayada mientras apuraba el whisky que ya se le estaba aguando. Miró hacia abajo de reojo: la mujer había doblado la esquina y los luminosos volvían a brillar ajenos.

-Una verdadera lástima –dijo con voz soñolienta.

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Thursday, March 11, 2004

El horror

¿Qué se puede escribir un día como este? Desde luego lo más adecuado es el silencio, pero hay que desahogarse y al fin y al cabo esto no lo lee nadie.

Lo he vivido todo de una forma rara. Primero las noticias no parecían tan graves, pero incluso cuando empezaban a serlo me he encontrado tremendamente distanciado. Cuando llamó mi madre buscando calor no le hice mucho caso. En el desayuno ya sabíamos que era una masacre, y sin embargo no se notaba. No es que hayamos frivolizado como en los velatorios (eso habría sido humano) sino que no encontrábamos el dolor. Nos dedicamos a hipótesis y recuerdos de otros atentados.

Después ha sido peor. Los jefes de servicio decidieron que hoy precisamente tenía que celebrarse esa reunión-catarsis de hurgar en sus rencillas que siempre aplazaban, y me he visto envuelto en un psicodrama administrativo que no tenía nada que ver. Hemos bajado a la concentración con prisas para volver a lo otro, y hasta la una y media no he conseguido hablar con mi hermano pequeño. Sólo entonces, al oirle la voz quebrada, se me ha venido todo encima.

Cuando he vuelto me han dicho que estaba descompuesto. De repente M.E. se ha puesto a hablar como alunada: “Yo lo que querría es estar pendiente de la televisión. Y cuando lleguemos a casa ya habrá acabado el telediario…”

“No te preocupes”, le he dicho tontamente, "lo repetirán todo". En seguida me he dado cuenta de que estaba diciendo algo más serio. Que estábamos ahí como imbéciles, haciendo tiempo, cumpliendo el horario de la puta tarjetita, cuando lo único posible era irse a casa, cada uno con los suyos, a clavar la mirada en la pantalla. Porque ese acto absurdo y sin efecto es de alguna manera más cálido que hablar y hablar.

Y llorar, claro. Llorar a solas. Me costó mucho aguantarme el llanto allí mismo, escuchando a M.E. buscar las palabras con esa lentitud suya medio cubana, diciendo cosas muy hondas como sin querer, escondiendo la cara –esa magnífica cara de mujer fea y estrambótica, trabajada por la vida, esos ojos de mirada limpia- entre las carpetas.

Me he vaciado nada más encender la tele, al ver al primer testigo balbucear intentando contar un horror que no entendía. Sobrepasado, es la palabra. He visto más claro que nunca lo pequeños que somos, lo solos que estamos. Por eso necesitamos apretarnos unos contra otros. A muchos les resultará patético o raro, pero buscando calidez y proximidad he entrado en mi foro (lo he puesto de luto, por hacer algo) y tengo que decir que la he encontrado en la presencia virtual de algunos amigos que estaban como yo.

Wednesday, March 10, 2004

A la manera de…

Hablaré de Rumaiqiya, ciudad que tiende bajo el agua del río el ritmo naranja verde rosa de sus fachadas, las palmeras del paseo cuajado de luces al atardecer, las grúas del puerto abandonadas como esqueletos prehistóricos.

En los días claros, el milagro de la luz despliega más allá de la divisoria de agua un duplicado fantasmal en su nitidez invertida; cada temblor, cada repentino cambio en la dirección del agua deja por un momento su huella de difumino en la ciudad doble alzada al cielo. Agarrados a la barandilla del puente, los melancólicos habitantes de Rumaiqiya gustan de imaginar extrañas historias que transcurren boca arriba. A veces sucede que alguno, arrebatado por el ansia de una vida distinta, se suelta de la barra para dejarse ir hacia arriba, más allá del agua.


Lo escribí hace unos años, en la primera página de Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, para regalárselo a M. (la idea de la ciudad boca abajo la había tocado ya en otra parte, pero esto salió fluido, del tirón). Guardé el borrador, y leído ahora me sigue gustando mucho.

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Monday, March 08, 2004

Un parecido inesperado

La avenida de Kamenoostrovsk es un bello y voluble joven que ha almidonado sus dos únicas camisas de piedra y el viento marino silba en su cabeza de tranvía. Ese petimetre joven y despreocupado lleva bajo el brazo sus casas igual que un pobre lechuguino lleva su aéreo paquete de la lavandería.

Pero los limpiabotas se agitaban ya como cuervos en vísperas de un eclipse y en los gabinetes de los dentistas empezaron a faltar los dientes con perno.

Existen, ciertamente, personas en el mundo que jamás sufrieron enfermedad más peligrosa que la gripe y están abotonadas
a su época por un lado, a semejanza del distintivo de un cotillón.

¿No suena familiar? A mí me parece estar oyendo a nuestro Ramón, un Ramón disfrazado de ruso de opereta, con caftán abrochado hasta arriba y unos bigotazos enormes de húsar que se ve que son los bigotes falsos del húsar de carnaval.

Es Ossip Mandelstam, de quien nunca me he metido a leer la poesía, aunque estas prosas petersburguesas me están animando a hacerlo

Se me ocurre encontrar una consanguinidad de espíritu no ya entre dos escritores que andaban buscando, me parece, cosas parecidas, sino entre ellos y un cierto arte prevanguardias, las últimas variantes estilizadísimas del art nouveau y similares. Hay algo ahí de esa filigrana que empieza a plegarse al ángulo recto pero no quiere ni puede renegar del sensualismo y la decoración. Van de Velde, Mackintosh, Hofmann, Beardsley, Erté… formas elegantísimas y sutiles que ahora no podemos admirar sin que se nos cuele una suerte de indulgencia al pensar en lo que vino después, la implacable esencialidad de las geometrías blancas, las pesadillas del inconsciente, la salvaje potencia visual de Picasso.

¿También en literatura?; bueno, aunque la analogía no conviene llevarla muy lejos, sí puede decirse que a ese chisporroteo travieso y frágil de entre siglos lo jubilan en cierto modo las voces más poderosas y radicales de Eliot, Pound o Celan, y que permanece ahí como un momento raro, ensimismado y lleno de magia.

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