Tuesday, February 24, 2004

Un hermano mayor

Una vez más, no me quedó otro remedio que rendirme ante la evidencia. Ante la alternativa muy clásica de escribir o vivir, que presupone por lo menos la elección deliberada de una u otra opción, yo sólo respondía desvelando progresivamente mi ineptitud para acometer tanto una como otra.

Por fin me animé a leer Por qué no he escrito ninguno de mis libros, de Marcel Bénabou. Lo cierto es que, interesándome mucho, le había estado dando largas a un libro que intuía incómodamente próximo. No está en mi ánimo ponerme a una altura que no me corresponde: los libros que Bénabou no ha escrito son indiscutiblemente de mucho mayor enjundia y calidad que los que no he escrito yo (si bien no negaré que con el tiempo aspiro a no escribir libros comparables). Pero una vez leído, constato que no me equivocaba en mi reticencia: no termina de ser cómodo encontrarse a estas alturas con un hermano mayor.

Se trata de una afinidad de espíritu de tal calibre que el libro acabó por resultarme más obvio que revelador: traspasado el límite de sorprendida identificación que todos hemos experimentado con una u otra obra (este tío está hablando de mí) me encontré hojeando casi con desgana unas reflexiones que podía anticipar punto por punto en sus meandros (que había yo recorrido), trampas (que intenté en su día con igual de escaso éxito tenderme a mí mismo) y cínicos retrocesos (inevitables si no quieres caer en un mutismo que será, sí, más honesto pero también tremendamente aburrido). No menos conocidas me resultaron las recriminaciones irónicas del imaginario lector, que no soy yo manco ni remiso en montarme tribunales y mandarme a la hoguera de los vagos y tramposos.

Hay momentos que podría firmar sin tocar una palabra, como el ritual de extender sobre la mesa cada temporada los mismos fragmentos de textos, degustarlos (porque están realmente bien), quitar y volver a poner una coma, planear débiles hilos conductores que permitan convertir ese material inútil en objeto encuadernable, en artículo dotado de la compacidad y solvencia que permiten a las criaturas de otros autores circular por el mundo con desahogo, y volver a guardarlos con la vaga resolución de hacer –algún día, pronto– algo con ellos. Otros, como los de esa educación libresca y las expectativas depositadas en su carrera son completamente ajenos a mis recuerdos de familia bastante indiferente a la letra impresa, como lo es la trayectoria –inevitable para su generación– de giro en la órbita marxista y posterior alejamiento de ella; aunque a la postre esas diferencias sólo sirven para descartar cualquier burda clave psicoanalítica de nuestra (permíteme, hermano, el plural) esterilidad activa. Porque es activa; no escribir libros acaba por ser un menester no diré que concreto y absorbente, pero sí al menos real y vinculante, de modo análogo y en una medida un poco mayor que no recorrer países exóticos o no engañar a la esposa de uno.

La consecuencia inmediata de esta lectura cumplida con retraso es que ya no escribiré tampoco ese único libro que tal vez podía. Y el propósito (ya formulado, pero que ahora cobra valor de compromiso) de no volcar en este dietario las hipócritas lamentaciones, las retorcidas maniobras de autojustificación que constituyen el núcleo de la no escritura.

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