Thursday, February 19, 2004

Hugo Pratt y las mujeres

La otra noche, un documental sobre H.P. y su Corto Maltés. Se alternaban textos autobiográficos con diálogos de los tebeos; entre imágenes reales de sus geografías míticas (Venecia, Samarkanda, Buenos Aires) y viñetas terminadas, aparecían bastantes bocetos a plumilla y acuarela. Eran, tal vez por menos vistos, lo que realmente valía la pena del programa, y el realizador los puso en valor con un montaje moroso que daba tiempo a recrearse en cada imagen.

Se trataba, casi en su totalidad, de retratos de mujeres: aventureras lánguidas envueltas en armiño, etíopes con porte de reinas y pechitos puntiagudos, putas alegres, putas tristes con ojeras corridas, putas misteriosas tras los postigos, putas solemnes a medio desvestir, tanguistas de piernas infinitas, jóvenes egipcias envueltas en velos (sus ojos como pozos de brea incendiados)... Todas con un aire de familia -esbeltas, lentas, angulosas- pero a la vez decididamente individuales.

Aunque es valiente, generoso y certero con el color, me gustan más sus acuarelas cuando las agarra el trazo nervioso y delgado de tinta. Para dibujar es imprescindible una buena mano, claro, pero un dibujo importante siempre será cosa mentale, y en esta galería de retratos (que por sí solos le valdrían a Pratt la entrada en el olimpo menor de los dibujantes) está presente, inconfundible, una idea que es una pasión, y es la línea la que la está contando.

H.P. ama a las mujeres. No sólo le gustan (aunque le gustan muchísimo, claro está); recordemos las legendarias mujeres de su colega y amigo Milo Manara: los culos redondos, perfectos, que caben en la mano, tan como manzanas que uno quisiera antes que nada morderlos; los pechos erguidos, las pantorrillas siempre tensadas en un medio giro, las bocas entreabiertas; el falso pudor de enseñar tapando, la fresca obscenidad de las faldas que se trepan al muslo, los tirantes que resbalan del hombro, las medias remangadas al tobillo. Esas mujeres que son siempre la misma, intercambiables, eternamente disponibles (“Todas quieren”, es la revelación definitiva que Saint-Loup hace al pasmado Marcel) son un sueño de erotómano, un artículo de consumo (no diré un objeto porque no hay en esto ningún juicio moral: el glotón devorador de hembras se escandalizaría con razón si le dijeran que las desprecia).

Lo de H.P. es otra cosa. No hay más que fijarse en la esfinge que aguarda en la puerta del burdel, a media luz, los codos sobre la mesa y el mentón apoyado en las manos entrelazadas; ni siquiera hay que buscarle los ojos: en la infinita elegancia de esas manos, en el ángulo recto de las muñecas y el engarce de los dedos larguísimos hay todo un manifiesto de veneración por lo femenino, como lo hay en la rubia de pelo corto y visón desparramado que tuve durante años en mis distintos cuartos y me alegró tanto reconocer, o en la bailarina de tango que se muestra fragmentada (raja, liguero, labios, flor roja en el pelo negrísimo) porque así la veríamos si nos sacara a bailar. Son mujeres majestuosas y carnales, que no rehúyen los riesgos de andar por el fango porque ni se les pasa por la cabeza la idea de mancharse, mujeres de una tranquila superioridad que cuando callan te hacen comprender hasta qué punto son sabias, mujeres que no miran atrás, que cogen lo que quieren sin dudas ni vacilaciones (Corto es siempre elegido, es un seductor pasivo, casi femenino como lo son las líneas de su rostro).

¿Son menos irreales que las deliciosas muñecas de M.M.? No me atrevería a decirlo: son, seguramente en la misma medida, construcciones mentales de un imaginario masculino. ¿Son así de verdad las mujeres? Creo que es una falsa pregunta: las mujeres son a fin de cuentas –y a los efectos de este texto- como las vemos, y si para el erotómano constituyen un desfile ininterrumpido de carne alegremente ofrecida (a condición, claro, de que sea generoso en todos los sentidos), para los que somos de la especie de Pratt las mujeres supondrán siempre un enigma, un desafío, hermosas esfinges en las que proyectar lo mejor de nosotros. No importa que luego Albertine resulte ser ignorante, depredadora e infantilmente cruel, porque de todas formas ha encarnado para Marcel lo que él buscaba. ¿Es imposible entonces conocer de verdad a las mujeres? Y yo qué sé, pobre de mí...

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