Thursday, February 05, 2004

Despojarse.-

¿Sabré alguna vez librarme de ese tono elevado, literario, impostadillo que empiezo a odiar apenas lo he dominado? Me aburro a mí mismo, y eso significa que aburro al lector, al menos al que me importa. No soporto ya las secuencias de tres, pero soy incapaz de prescindir de ellas: si doy dos notas suena cojo, es imposible no dar la tercera. Hay que despojarse, sí, pero eso no significa simplificar ni ser cutre a sabiendas. Sé que es de un tópico que tira para atrás, pero creo que no es lo mismo, que cuando te vas despojando de forma natural queda (debería quedar) una como gravitación rezagada que no hay en lo simple. Pero ¿en qué consiste eso en la práctica? Pues precisamente no en tachar cosas, sino en ir, poco a poco, pensando el texto desde el principio de otra manera, menos intencionadamente musical (en la esperanza de que el hábito de la música permanezca), menos recalcado, menos inminente (que parece que siempre tuviera que estar a punto de pasar algo irreparable, caramba).

Los ejemplos me los sé, si los pongo aquí es porque esto es para ser leído. La displicencia de Onetti, esa perfección ascética y fibrosa, conseguida a base de no gustarse nunca. La lección de disciplina de Chillida: “cuando vi que dibujaba demasiado bien empecé a hacerlo con la izquierda”. La crítica de Marcos Ordóñez a AMM (la flecha que pierde vuelo lastrada por la grasa de los adjetivos, uno, dos tres...). La parábola de Camus, una muchacha cabalgando al amanecer.

Pero no nos engañemos, es cuestión de ideas. Si consigo alguna vez tener algo que contar el estilo se relajará solo, estoy convencido. Para trazar una recta a pulso (el dibujo es una cantera de metáforas, no sé qué haría sin ellas) hay que mirar al punto final, no a la punta del lápiz.

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