Saturday, February 07, 2004

Catálogo de envidias, I

Hace años me regalaron un cuaderno así rotulado; no fui capaz de empezarlo, era un tema demasiado íntimo para contármelo a mí mismo. Tiempo después decidí, hipocritón, consagarlo a las envidias literarias, y tomé algunas notas de textos que quisiera haber escrito. Por ahí debe andar, en alguna caja sin abrir.

Retomo la idea en esta bitácora sin nave que todavía no sé qué rumbo va a seguir (si es una casa flotante se quedará más bien quieta). Hay frases, metáforas, versos que se te clavan en el cerebro (en el alma) y se quedan vibrando. A veces, además, resuenan con una voz que no nos parece del todo ajena, y debe ser porque dicen algo que estábamos queriendo decir, o al menos algo que, si hubiéramos necesitado decirlo, quisiéramos haberlo dicho así. Esas son las que trataré de reunir en este catálogo.

Por ejemplo, nunca podré describir el efecto de un desconocido que entra en una reunión después de leer esto de Ismail Kadaré:

Cuando entraron en la habitación grande, acompañados por el dueño de la casa, todos se removieron, murmuraron, alargaron las cabezas como un seto lleno de arbustos y flores de colores que se reanima inesperadamente con un golpe de viento.

Así debieron de sonar a su público las primeras metáforas de Homero. Frescas, recién inventadas, aún intacta la capacidad de encender una chispa en la mente del lector. Sólo desde un sitio como Albania se puede escribir todavía así, libre del peso de tanto y tanto escrito.

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