Saturday, February 28, 2004

Elogio (insuficiente) de Corinto

A Corinto llega Edipo recién nacido y librado a la muerte, y allí se encuentra hijo de reyes, admirado y querido. Orestes vengador, exiliado, marcha también a Corinto donde conocerá la laxitud de los días ociosos y lentos, las ocupaciones placenteras, el dulce amor de Pílades exento de arrebatos.

No son los primeros ni los últimos: parece inevitable que acaben recalando allí quienes huyen de su tierra. En esa Corinto que se adivina provincial y un tanto ramplona es fácil imaginar que el que llega exiliado se convierte en seguida, merced a sus modales más complicados y a la impronta de su ciudad de origen (que siempre se antoja en la distancia rica y brillante), en cabeza y modelo de la juventud dorada. Sus dichos, sus andares, la clámide que llevan cogida a la izquierda con un alfiler de punta cuadrada se convierten en santo y seña de los lechuguinos primero y más tarde de todo el pueblo. Así aquel capitán de infantería lacedemonio que vino, prófugo, a poner taller de herrero (lo habían condenado a muerte en consejo de guerra por beber agua fresca de un regato en el propio casco): a los dos años de llegar sus eses arrastradas se habían incorporado tan firmemente al dialecto local que nadie recordaba ya su origen.

Claro que no todos los forasteros despiertan tanto entusiasmo. En el ágora, de vez en cuando, algún arbitrista cretense o sículo atrafagado de diagramas y maquetas con piezas móviles toma la palabra y expone un sistema disparatado para romper el istmo y permitir a las naves el paso. Es una antigua idea, esa del canal, y los más viejos sacuden la cabeza sin querer hacer demasiada burla: algunos de entre ellos, de jóvenes, también lo creyeron posible y pasaron noches en vela con el ábaco y las escuadras. No es que desdeñen el progreso: bien que dieron fondos sus mayores para el experimento con las pasas cuando el lidio aquel les convenció con pruebas y cifras (y no se puede decir que fuera dinero tirado al mar: aún viven, y muy bien, de aquella decisión). Pero en general a los corintios las novedades les gustan solamente inanes y tintineantes como los brazaletes dorados, livianos como el aire, que traen de Pérgamo y Samotracia. O negras y ominosas pero inofensivas, como las historias de matanzas en reinos lejanos.

Porque esta ciudad remisa a la guerra gusta de hacerse contar batallas. Cuando aquella locura de Troya enviaron, por cumplir, apenas diez naves bajo el mando de Agamemnón (Rey de Hombres le gustaba llamarse, y no era prudente llevarle la contraria); no fue fácil reclutar las tripulaciones, hubo que recurrir a ofertas de indulto para enganchar unas docenas de ladronzuelos y timadores. Y en cambio qué rebullidora expectación, qué silencio ansioso se adueña del ágora apenas un rapsoda anuncia la enésima versión de los siete contra Tebas o las fatigas de los argonautas. Tanto más los exiliados, testimonio vivo de guerras y leyendas; invitados en las casas principales a repetir una y otra vez las sangrientas, fascinadoras historias de maldiciones y venganzas, ¿se figurarán acaso estos forasteros que pueda brillar un punto de conmiseración irónica en los ojos –embriagados de gloria y horror ajenos– de la hija menor que más tarde, furtiva, buscará su mano en la despedida?

Pronto adivinan los exiliados -pues no es Corinto ciudad que esconda su forma de ser, como Atenas, tras complicados simulacros- la reticente prudencia que se esconde tras los rostros absortos, y seguramente comprendan lo que hay de sabio en esa actitud gracias a la cual es allí y no en Tebas ni en Argos, ni mucho menos en Esparta altiva, donde resulta posible una vida modestamente feliz y libre de inquietudes. Pero un hervor de sangre envenenada y vieja les termina por subir a la cabeza, y el orgullo seco de quien conoce otros refinamientos y otros abismos les amarga en la boca el sabor de los chistes repetidos y las cenas sin condimentar. Al poco de llegar ya están maquinando irse a cumplir altos destinos –a servir de alimento a los buitres y a los rapsodas.

Y sin volver la vista atrás te abandonan, oh Corinto de anchas plazas, ciudad ignorada de los poetas, tú que a falta de leyendas tienes los cuentos de las comadres, de esposos cornudos y comerciantes tramposos, tú sede de la prosa y de los días de labor siempre iguales a sí mismos. Y no nos queda más que lamentar, en Tebas, en Micenas poderosa, ahora que quisiéramos arrancarnos los ojos para no contemplar tanta sangre derramada en nuestros dormitorios, ahora que quisiéramos gritar hasta quebranos la garganta con tal de sofocar tanto aullido de dolor como sale de nuestras mansiones, que tus encantos sencillos no bastasen para retener a estos malnacidos seductores, a estos negros cuervos portadores de desdicha, a estos imberbes vástagos de estirpe real, incapaces de dejar las cosas como están, enamorados de sus destinos grandiosos, ebrios de poesía, ciegos de una soberbia que no corresponde al ser humano.

Labels: ,

Thursday, February 26, 2004

Ya no hacen películas así

Ella está en la barra, con un vestido plateado, escote indecente, raja hasta la cintura. Él la recorre con la mirada, a tres metros.

-En Utah podrían arrestarle por mirarme así.
-En Yemen la podrían lapidar por ir así vestida.


Ella saca un cigarro de la pitillera; él se lo enciende, ella le arroja el humo a la cara. El diálogo arranca solo: cualquier cosa que se digan estará cargada de electricidad.

Wednesday, February 25, 2004

Catálogo de envidias, II

He aquí una muestra del empaque no escritor de Marcel Bénabou. Una variación en prosa sobre el tema del soneto autorreferente de Lope: aquí Violante nos pide que empecemos una novela, y el fruto es un párrafo que se va describiendo a sí mismo en su andar portentoso y soberbio. Tengo encaramado a mi hombro izquierdo un diablejo risueño y zalamero susurrándome al oído que yo podría hacer algo así; inútil preguntarse si tiene razón: ya está hecho.

Para empezar, una frase muy corta. Tan sólo media docena de palabras; palabras sencillas, las primeras que acudan a la mente, o casi. Más que nada con la función de señalar que aquí concluye un silencio. Pero justo después, sin siquiera un punto y aparte, se iniciaría una larga frase en condicional, uno de esos períodos a la antigua donde todo estaba primorosamente combinado –la selección de los verbos, la estructura lógica, el número de segmentos, la extensión y la duración de cada uno– para primero despertar y luego mantener la curiosidad del lector, para hacerle recorrer paso a paso (como a un niño que llevan de la mano por las avenidas de un jardín que visita por vez primera, como a un huésped de honor al que hacen los honores en una casa en la que jamás había penetrado) la totalidad del círculo de las oraciones sucesivas, distribuidas –en su diversidad muy eleborada- en torno a un eje único, y para por último hacerle trastabillar, a través de un laberinto de incisos y de paréntesis, con un postrer obstáculo (el más inesperado tal vez al final de semejante recorrido), una cláusula que nada concluye.

Labels:

Tuesday, February 24, 2004

Un hermano mayor

Una vez más, no me quedó otro remedio que rendirme ante la evidencia. Ante la alternativa muy clásica de escribir o vivir, que presupone por lo menos la elección deliberada de una u otra opción, yo sólo respondía desvelando progresivamente mi ineptitud para acometer tanto una como otra.

Por fin me animé a leer Por qué no he escrito ninguno de mis libros, de Marcel Bénabou. Lo cierto es que, interesándome mucho, le había estado dando largas a un libro que intuía incómodamente próximo. No está en mi ánimo ponerme a una altura que no me corresponde: los libros que Bénabou no ha escrito son indiscutiblemente de mucho mayor enjundia y calidad que los que no he escrito yo (si bien no negaré que con el tiempo aspiro a no escribir libros comparables). Pero una vez leído, constato que no me equivocaba en mi reticencia: no termina de ser cómodo encontrarse a estas alturas con un hermano mayor.

Se trata de una afinidad de espíritu de tal calibre que el libro acabó por resultarme más obvio que revelador: traspasado el límite de sorprendida identificación que todos hemos experimentado con una u otra obra (este tío está hablando de mí) me encontré hojeando casi con desgana unas reflexiones que podía anticipar punto por punto en sus meandros (que había yo recorrido), trampas (que intenté en su día con igual de escaso éxito tenderme a mí mismo) y cínicos retrocesos (inevitables si no quieres caer en un mutismo que será, sí, más honesto pero también tremendamente aburrido). No menos conocidas me resultaron las recriminaciones irónicas del imaginario lector, que no soy yo manco ni remiso en montarme tribunales y mandarme a la hoguera de los vagos y tramposos.

Hay momentos que podría firmar sin tocar una palabra, como el ritual de extender sobre la mesa cada temporada los mismos fragmentos de textos, degustarlos (porque están realmente bien), quitar y volver a poner una coma, planear débiles hilos conductores que permitan convertir ese material inútil en objeto encuadernable, en artículo dotado de la compacidad y solvencia que permiten a las criaturas de otros autores circular por el mundo con desahogo, y volver a guardarlos con la vaga resolución de hacer –algún día, pronto– algo con ellos. Otros, como los de esa educación libresca y las expectativas depositadas en su carrera son completamente ajenos a mis recuerdos de familia bastante indiferente a la letra impresa, como lo es la trayectoria –inevitable para su generación– de giro en la órbita marxista y posterior alejamiento de ella; aunque a la postre esas diferencias sólo sirven para descartar cualquier burda clave psicoanalítica de nuestra (permíteme, hermano, el plural) esterilidad activa. Porque es activa; no escribir libros acaba por ser un menester no diré que concreto y absorbente, pero sí al menos real y vinculante, de modo análogo y en una medida un poco mayor que no recorrer países exóticos o no engañar a la esposa de uno.

La consecuencia inmediata de esta lectura cumplida con retraso es que ya no escribiré tampoco ese único libro que tal vez podía. Y el propósito (ya formulado, pero que ahora cobra valor de compromiso) de no volcar en este dietario las hipócritas lamentaciones, las retorcidas maniobras de autojustificación que constituyen el núcleo de la no escritura.

Labels:

Thursday, February 19, 2004

Hugo Pratt y las mujeres

La otra noche, un documental sobre H.P. y su Corto Maltés. Se alternaban textos autobiográficos con diálogos de los tebeos; entre imágenes reales de sus geografías míticas (Venecia, Samarkanda, Buenos Aires) y viñetas terminadas, aparecían bastantes bocetos a plumilla y acuarela. Eran, tal vez por menos vistos, lo que realmente valía la pena del programa, y el realizador los puso en valor con un montaje moroso que daba tiempo a recrearse en cada imagen.

Se trataba, casi en su totalidad, de retratos de mujeres: aventureras lánguidas envueltas en armiño, etíopes con porte de reinas y pechitos puntiagudos, putas alegres, putas tristes con ojeras corridas, putas misteriosas tras los postigos, putas solemnes a medio desvestir, tanguistas de piernas infinitas, jóvenes egipcias envueltas en velos (sus ojos como pozos de brea incendiados)... Todas con un aire de familia -esbeltas, lentas, angulosas- pero a la vez decididamente individuales.

Aunque es valiente, generoso y certero con el color, me gustan más sus acuarelas cuando las agarra el trazo nervioso y delgado de tinta. Para dibujar es imprescindible una buena mano, claro, pero un dibujo importante siempre será cosa mentale, y en esta galería de retratos (que por sí solos le valdrían a Pratt la entrada en el olimpo menor de los dibujantes) está presente, inconfundible, una idea que es una pasión, y es la línea la que la está contando.

H.P. ama a las mujeres. No sólo le gustan (aunque le gustan muchísimo, claro está); recordemos las legendarias mujeres de su colega y amigo Milo Manara: los culos redondos, perfectos, que caben en la mano, tan como manzanas que uno quisiera antes que nada morderlos; los pechos erguidos, las pantorrillas siempre tensadas en un medio giro, las bocas entreabiertas; el falso pudor de enseñar tapando, la fresca obscenidad de las faldas que se trepan al muslo, los tirantes que resbalan del hombro, las medias remangadas al tobillo. Esas mujeres que son siempre la misma, intercambiables, eternamente disponibles (“Todas quieren”, es la revelación definitiva que Saint-Loup hace al pasmado Marcel) son un sueño de erotómano, un artículo de consumo (no diré un objeto porque no hay en esto ningún juicio moral: el glotón devorador de hembras se escandalizaría con razón si le dijeran que las desprecia).

Lo de H.P. es otra cosa. No hay más que fijarse en la esfinge que aguarda en la puerta del burdel, a media luz, los codos sobre la mesa y el mentón apoyado en las manos entrelazadas; ni siquiera hay que buscarle los ojos: en la infinita elegancia de esas manos, en el ángulo recto de las muñecas y el engarce de los dedos larguísimos hay todo un manifiesto de veneración por lo femenino, como lo hay en la rubia de pelo corto y visón desparramado que tuve durante años en mis distintos cuartos y me alegró tanto reconocer, o en la bailarina de tango que se muestra fragmentada (raja, liguero, labios, flor roja en el pelo negrísimo) porque así la veríamos si nos sacara a bailar. Son mujeres majestuosas y carnales, que no rehúyen los riesgos de andar por el fango porque ni se les pasa por la cabeza la idea de mancharse, mujeres de una tranquila superioridad que cuando callan te hacen comprender hasta qué punto son sabias, mujeres que no miran atrás, que cogen lo que quieren sin dudas ni vacilaciones (Corto es siempre elegido, es un seductor pasivo, casi femenino como lo son las líneas de su rostro).

¿Son menos irreales que las deliciosas muñecas de M.M.? No me atrevería a decirlo: son, seguramente en la misma medida, construcciones mentales de un imaginario masculino. ¿Son así de verdad las mujeres? Creo que es una falsa pregunta: las mujeres son a fin de cuentas –y a los efectos de este texto- como las vemos, y si para el erotómano constituyen un desfile ininterrumpido de carne alegremente ofrecida (a condición, claro, de que sea generoso en todos los sentidos), para los que somos de la especie de Pratt las mujeres supondrán siempre un enigma, un desafío, hermosas esfinges en las que proyectar lo mejor de nosotros. No importa que luego Albertine resulte ser ignorante, depredadora e infantilmente cruel, porque de todas formas ha encarnado para Marcel lo que él buscaba. ¿Es imposible entonces conocer de verdad a las mujeres? Y yo qué sé, pobre de mí...

Labels:

Monday, February 16, 2004

Metaliteratura en TVE.-

Me he enterado de una historia fantástica. En Televisión Española llevan poniendo desde hace tiempo una telenovela de producción propia llamada "Luna negra". La historia no tiene nada de particular, excepto que uno de los personajes principales es un escritor importante, autor de la novela "El desván", texto fundamental (en la ficción) de la literatura española del siglo XX, que se lee en los institutos y figura en todos los manuales (como "La familia de Pascual Duarte", para entendernos, y sin que haya ninguna similitud del personaje con Cela).

En la trama, según me han contado, la novela juega un papel parecido al de los viñedos en Falcon Crest: una propiedad codiciada. La batalla legal por los derechos, el robo del manuscrito o la posibilidad de que el autor fuera otra persona son el tipo de asuntos que se ventilan. En ningún momento (lógicamente) ha entrado el guión a especificar de qué trata la novela, ni mucho menos su estilo o tendencia.

Pues bien, ahora una editorial lanza, con el patrocinio de RTVE, la novela "El desván", firmada por el personaje de ficción y de venta en todas las librerías y grandes superficies. Anunciada, claro, en los intermedios de la telenovela.

El libro, con toda seguridad, se venderá estos meses mucho más que Pascual Duarte, que Luces de Bohemia o que Zalacaín. Podemos abandonarnos al socorrido lamento por la ruina inminente de la cultura occidental o degustar la sutil ironía que hay en semejante fenómeno metaliterario, post-postmoderno y deconstructivo, que haría palidecer de envidia a los Oulipianos de llegar a sus traviesos oídos.


Thursday, February 12, 2004

Apariciones (II)

Quedamos en reseñar algunos momentos en que el escritor se asoma a su obra como figurante, a la manera de Hitchcock (sigo buscando otros para la colección).

-Borges señala o se inventa una soberbia de Platón, de un patetismo arrollador en su sobriedad:

El texto más patético de toda la filosofía, sin proponérselo, es el Fedón platónico. Ese diálogo se refiere a la última tarde de Sócrates, cuando sus amigos saben que ha llegado la nave de Delos y Sócrates beberá la cicuta ese día. Sócrates los recibe en la cárcel, sabiendo que va a ser ejecutado. Los recibe a todos menos a uno. Aquí encontramos la frase más conmovedora que Platón escribió en su vida, señalada por Max Brod. Ese pasaje dice así: Platón, creo, estaba enfermo. Hace notar Brod que es la única vez que Platón se nombra en todos sus vastos diálogos. Si Platón escribe el diálogo sin duda estuvo presente –o no estuvo, da lo mismo- y se nombra en tercera persona; en suma, se nos muestra algo inseguro de haber asistido a aquel gran momento.

Se ha conjeturado que Platón colocó esa frase para estar más libre(…)

Creo que Platón sintió la insuperable belleza literaria de decir: Platón, creo, estaba
enfermo.
-Kurt Vonnegut Jr., inimitable y genial, en Matadero 5:

Billy miró dentro de las letrinas y comprobó que los lamentos procedían de allí. El lugar estaba lleno de americanos con los pantalones bajados. El festín de bienvenida los había transformado en volcanes. Los cubos estaban llenos e incluso rebosaban.

Un americano que estaba cerca de Billy se lamentaba de que lo había defecado todo menos el cerebro. Momentos después decía: ‘¡Ahí va!, ¡ahí va!’ refiriéndose al cerebro.

Este era yo. Este era yo en persona. El autor de este libro.
-De una sutileza inimitable, exasperantemente bella como todo en el país de Nabokov, esta presencia fugaz al final de Rey, Dama, Valet. La novela es de juventud pero al traducirla al inglés la sometió a una intensa reescritura. Este pasaje tiene que ser añadido, me juego un brazo si hace falta:

La chica extranjera del vestido azul bailaba con un hombre muy apuesto, cuyo smoking era de corte anticuado. Franz llevaba algún tiempo fijándose en la pareja; se le habían aparecido en fugaces atisbos, como una imagen de un sueño que se repite o como un sutil leitmotiv: ya en la playa, ya en el café, ya en el paseo. A veces, el hombre llevaba una red de cazar mariposas. La boca de la chica estaba delicadamente pintada y sus ojos eran de un tierno gris azulado; su novio, o marido, esbelto, con una distinguida calvicie incipiente, desdeñoso de todo el mundo excepto de ella, la miraba con orgullo. (…) Los dos pasaron junto a él. Hablaban en voz alta. El idioma que hablaban era completamente incomprensible.

¿Sólo un guiño? Tal vez, pero maravilloso.

Labels:

Saturday, February 07, 2004

Catálogo de envidias, I

Hace años me regalaron un cuaderno así rotulado; no fui capaz de empezarlo, era un tema demasiado íntimo para contármelo a mí mismo. Tiempo después decidí, hipocritón, consagarlo a las envidias literarias, y tomé algunas notas de textos que quisiera haber escrito. Por ahí debe andar, en alguna caja sin abrir.

Retomo la idea en esta bitácora sin nave que todavía no sé qué rumbo va a seguir (si es una casa flotante se quedará más bien quieta). Hay frases, metáforas, versos que se te clavan en el cerebro (en el alma) y se quedan vibrando. A veces, además, resuenan con una voz que no nos parece del todo ajena, y debe ser porque dicen algo que estábamos queriendo decir, o al menos algo que, si hubiéramos necesitado decirlo, quisiéramos haberlo dicho así. Esas son las que trataré de reunir en este catálogo.

Por ejemplo, nunca podré describir el efecto de un desconocido que entra en una reunión después de leer esto de Ismail Kadaré:

Cuando entraron en la habitación grande, acompañados por el dueño de la casa, todos se removieron, murmuraron, alargaron las cabezas como un seto lleno de arbustos y flores de colores que se reanima inesperadamente con un golpe de viento.

Así debieron de sonar a su público las primeras metáforas de Homero. Frescas, recién inventadas, aún intacta la capacidad de encender una chispa en la mente del lector. Sólo desde un sitio como Albania se puede escribir todavía así, libre del peso de tanto y tanto escrito.

Labels:

Thursday, February 05, 2004

Despojarse.-

¿Sabré alguna vez librarme de ese tono elevado, literario, impostadillo que empiezo a odiar apenas lo he dominado? Me aburro a mí mismo, y eso significa que aburro al lector, al menos al que me importa. No soporto ya las secuencias de tres, pero soy incapaz de prescindir de ellas: si doy dos notas suena cojo, es imposible no dar la tercera. Hay que despojarse, sí, pero eso no significa simplificar ni ser cutre a sabiendas. Sé que es de un tópico que tira para atrás, pero creo que no es lo mismo, que cuando te vas despojando de forma natural queda (debería quedar) una como gravitación rezagada que no hay en lo simple. Pero ¿en qué consiste eso en la práctica? Pues precisamente no en tachar cosas, sino en ir, poco a poco, pensando el texto desde el principio de otra manera, menos intencionadamente musical (en la esperanza de que el hábito de la música permanezca), menos recalcado, menos inminente (que parece que siempre tuviera que estar a punto de pasar algo irreparable, caramba).

Los ejemplos me los sé, si los pongo aquí es porque esto es para ser leído. La displicencia de Onetti, esa perfección ascética y fibrosa, conseguida a base de no gustarse nunca. La lección de disciplina de Chillida: “cuando vi que dibujaba demasiado bien empecé a hacerlo con la izquierda”. La crítica de Marcos Ordóñez a AMM (la flecha que pierde vuelo lastrada por la grasa de los adjetivos, uno, dos tres...). La parábola de Camus, una muchacha cabalgando al amanecer.

Pero no nos engañemos, es cuestión de ideas. Si consigo alguna vez tener algo que contar el estilo se relajará solo, estoy convencido. Para trazar una recta a pulso (el dibujo es una cantera de metáforas, no sé qué haría sin ellas) hay que mirar al punto final, no a la punta del lápiz.

Wednesday, February 04, 2004

Del arte de la esgrima

A mitad del siglo XVIII, en la corte francesa, la práctica había llegado a tal extremo de perfección que los duelos se resolvían las más veces por transacción o agotamiento. No podía ser de otra manera; la secuencia básica de arranque, parada, finta y contrafinta se había complicado hasta un punto exasperante: los duelistas trazaban en el aire dibujos interminables de crispadas bisectrices –o arabescos sinuosos, que dos escuelas había; cada mínima inclinación del hombro, cada imperceptible torsión de la cadera trataba de desactivar una maniobra que tal vez o tal vez no hubiera iniciado el rival, pero a la vez inducirle a error –el amago de un molinete, una respiración falsamente acentuada- sobre el ataque proyectado, e iniciar –un apoyo levemente más firme del pie izquierdo, la mano a punto de crisparse en la empuñadura- un movimiento propio que moría antes de empezar, sin embargo, indefectiblemente frenado por los quiebros insinuados, los desvíos cortados de raíz, las mentidas intenciones del otro.

Debió ser entonces –el momento no está muy documentado- cuando algunos, más audaces o impacientes, empezaron poco a poco a suprimir de modo casi inconsciente las secuencias defensivas más básicas y antiguas, las destinadas a prevenir las estocadas frontales, directas que ya nadie soñaba en asestar. En esas situaciones de equilibrio un instante de ventaja resultaba decisivo. Por selección natural –porque volvió a haber sangre sobre la nieve, silenciosas parihuelas escabulléndose con su carga hacia el coche, salmodias murmuradas- las simplificaciones se fueron imponiendo.

Se dice que fue un maestro inglés, que enseñaba por libre en la rue du Pelican, el primero en darse cuenta del relajo defensivo y sacar ventaja de él. Si es cierto (hay quien defiende más bien la teoría de un descubrimiento espontáneo y gradual), debió administrar la información con cuidado y supo dejar correr la leyenda de una estocada imparable sin atribuírsela. Llegó a hacerse habitual encontrar en las Tullerías, al amanecer, cadáveres que, con el florete aún en las manos, parecían mirarse con expresión atónita la flor de sangre que les brotaba de la pechera blanca.

(Hoy he tirado de archivo; no estaba el horno para bollos)

Labels: