Tuesday, January 27, 2004

Siempre hay trampas

Es fácil dar una falsa impresión de profundidad. En un contexto favorable, basta describir con todo detalle cualquier sensación o proceso que sea a la vez personal y genérico, por poco relacionado que esté con el tema, para desencadenar una serie de asociaciones; a veces no hace falta siquiera insinuar la implicación: se hace sola en la mente del lector, siempre dispuesto a sorprender, por el tono afectadamente inane o la tensión en los músculos de la espalda, intenciones sutiles en todo lo que escribimos.

Un ejemplo trivial de esta misma noche:

Es terrible despertarse una hora antes de lo previsto. Una hora de reloj: demasiado tiempo para pasarlo remoloneando, demasiado poco para volverse a dormir. Cuando nos giramos y vemos en el despertador que son las seis ya no hay remedio: nos pasaremos esos sesenta minutos agarrotados por la tensión de la espera, calculando una y otra vez si vale la pena intentar coger el sueño (a favor, que cualquier lapso de tiempo que pasemos durmiendo es eterno en sí mismo; en contra, el miedo a que suene el timbre justo cuando lo estemos consiguiendo y nos arruine definitivamente el día).

A decir verdad, apenas pasados cinco minutos ya no hacemos otra cosa que esperar, como a una visita de compromiso que tarda en llegar, la espantosa fanfarria que en cualquier momento rajará el silencio. No nos gusta desearla, pero sabemos que nada mejor nos va a pasar en ese agujero de tiempo hueco, así que nos revolvemos una y otra vez, agarrotados sin darnos cuenta en posturas forzadas, empujando los minutos hacia adelante como si fueran a dejarse empujar, rumiando pensamientos concéntricos que no son sueños pero tienen de ellos la cualidad viscosa y elusiva. Nada en nuestro bagaje –ni siquiera el recuerdo de noches parecidas- nos prepara para esa pelea imposible. Al final, por alerta que creamos estar, el timbre nos cae encima desde otra dimensión, como un sólido que se materializara en medio del cuarto. Agotados, nos asomamos a un día que empieza ya gastado sin saber dónde hemos pasado este tiempo, este terrorífico tramo de tiempo vacío.


O bien esto otro:

Saber que bastaría alzar de golpe el embozo, levantarse sin pensarlo más y andar los dos pasos que nos separan del armario; que no necesitaríamos ni despertarnos del todo para coger la manta y librarnos de una vez de este frío sutil, insidioso, perfectamente soportable pero capaz de arruinarnos el sueño; reconocer que es tan fácil y asumir sin embargo que nos resultará imposible escapar a la desidia de olor rancio, al calorcito precariamente ganado arrebujando el cuerpo, a la gravedad centuplicada que blandamente nos aplasta contra el colchón. Quejarse hipócritamente, amagar cien veces –venga, ahora sí que me levanto- para cien veces dejarse vencer, y sobre todo, dulzura suprema, rendirse, dar media vuelta, hacerse un ovilllo y robar otro tramito de sueño hasta que los hilos de aire frío se nos infiltren de nuevo.

Estos u otros párrafos del mismo corte, hábilmente insertados en una argumentación, pueden hacer como que dicen verdades de gran hondura sobre la vida, el amor, el arte...

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