Wednesday, January 28, 2004

Mornings like this

El cielo agachado y plomizo pone en la primera hora una luminosidad difusa, opaca, de postigos entreabiertos en un salón de techo alto. La calle estrecha tiene, bajo las luminarias amarillas, ilusión de postal o cartón piedra: las medianeras vistas parecen dejar al descubierto una tramoya mal disimulada y el eco de los pasos suena hueco, redundante, teatral.

De lejos resulta difícil creer en el final de la calle: empequeñecido por la perspectiva encajonada, el remoto rectángulo se encierra en su evidente condición de telón pintado para no saber nada de la vida urbana que, imaginamos, despierta nada más doblar la esquina. Pero no esta mañana: enfilamos la avenida con la misma sensación de aire encerrado y quieto que traemos desde el portal. Nos viene a la mente el castillo encantado de los cuentos (el herrero inmóvil con el martillo en alto, la mosca colgada de un hilo invisible sobre el tarro de mermelada, los listones de luz detenida en la cama de la princesa) y sabemos que son juegos tontos de la imaginación mañanera, pero cuando nos pasa por el lado el primer coche tentados estamos de hacerle adiós con la mano, de aliviados que nos deja.

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