Thursday, January 29, 2004

De promotores inmobiliarios

Reunión con un promotor que quiere hacer un hotel donde no se puede. Tiene el sello indeleble de los de aquí: pelo canoso cortado a cepillo, chaqueta de cuero, cadenones y relojazo de oro, acento al borde de lo inteligible. Una vez que su arquitecto ha agotado los recursos dialécticos –al menos lo deja hablar y no lo humilla-, y después de probar con el discurso social barato (yo a esto le pierdo dinero, lo hago por el barrio, ya es hora de que alguien...) y la amenaza poco sutil (pues si ustedes no me lo resuelven voy a tener que hablar con el Alcalde), ha desembocado inevitablemente en el lloriqueo (no se puede respirar, desde que entraron las empresas grandes pagando el doble ya no hay solares, yo llevo treinta años dando puestos de trabajo...).

Estos tíos –y los conozco bien- me han repugnado siempre: paternalistas, zafios y prepotentes, convencidos de que todo se les debe, obscenamente exhibicionistas, mezquinos y codiciosos hasta la caricatura, despreciadores de todo lo que ignoran, desbordantes de virilidad tabernaria, tacaños en las pequeñeces, capaces de todo por un metro cuadrado.

Y aun así salgo de la reunión pensando si no serán peores los tiburones con corbata de Hermès llegados de Madrid y Barcelona que están relegando poco a poco a la variedad local al museo de artes y costumbres populares. No me refiero al juicio moral, Dios me libre de meterme en eso; tampoco al trato con ellos: prefiero mil veces (hasta que me harte, pero todavía resultan un agradable contraste) un canalla limpito y con buena prosodia a estos sinvergüenzas gárrulos y sentimentales que además me sé ya de memoria.

Lo que me pregunto (y ya es triste llegar a hacerse esa clase de preguntas) es si al final esta inevitable homologación, esta pasada a la fuerza por la turmix de la modernidad neoliberal no será más dañina para la ciudad que la inercia del cutrerío de toda la vida. Si la mejora de la calidad –indudable- y la atractiva posibilidad de relegar al olvido ciertas lacras y atavismos (aunque sólo sea por conocer lacras nuevas) compensarán una escalada de precios insensata que está dejando fuera del mercado a más de la mitad de la gente. Si en resumidas cuentas cada sociedad no tendrá, al cabo de los años, los modos de organización que mejor se le ajustan, si las miserias que tanto nos desalientan no resultarán ser la expresión más genuina de nuestra condición, y estos trápalas que venden viviendas mal rematadas y peor distribuidas, sin aislamiento digno de tal nombre ni ventilación cruzada pero forradas de arriba a abajo de molduras de escayola, los ejecutores de nuestro inevitable destino de mediocridad poltrona, nuestro darnos igual ocho que ochenta que –seamos sinceros- no nos ha ido tan mal.

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