Friday, January 30, 2004

Apariciones (I)

La presencia del autor en la obra es uno de esos asuntos que se pueden rastrear desde el inicio de la historia, y, como suele ocurrir, el momento inaugural permanece insuperado. Ningún autor ha sabido igualar la elegancia con que Homero se asoma de rondón a su epopeya, sofrenando el orgullo rampante de saberse eterno.

Cae la tarde en la corte de los Atridas; sentados en torno al fuego los reyes y sus invitados –entre ellos el joven Telémaco, llegado de su isla en busca de noticias del padre- escuchan a Demodoco, el rapsoda ciego. El poeta canta la pérdida de Troya y las imágenes de saqueo y matanza parecen flotar en el aire tembloroso; Helena, la misma Helena por quien todo ocurrió –y que empieza ya a mostrar redondeces de edad madura- recuesta la cabeza en el hombro de su rey. Todos se entristecen, pero es dulce esa tristeza: pasó el tiempo de echarse en cara los muertos, ahora es ya el de escuchar las canciones. Cuenta, oh poeta, pide una voz en la penumbra, las desdichas de los argivos cuando volvieron de Troya; canta la suerte de Agamemnón, rey de hombres, que encontró traidora muerte llegado a Micenas, cuando más a salvo se creía; cuéntanos de Ulises, fecundo en ardides, y de cómo perdió su camino al hogar.

Treinta siglos dan, sin embargo, para muchas variantes: el trapacero y elusivo Cide Hamete que interpone Cervantes; el entrometido de Stendhal, tan por debajo de sí mismo cuando se pone a comentar con cinismo de rebotica las andanzas de unos personajes que ha querido luminosos; el ego desaforado de Maldoror; la sutil, imperceptible nota contemporánea del Discurso de las Armas y las Letras en la voz de Pierre Menard; el doble revirado de Proust, ese Marcel que es el autor y no lo es; el demiurgo huraño y desganado de Onetti que convoca de vez en cuando a Díaz Grey a su oficina opaca...

Tentado estoy de pasar de la enumeración al ensayo de vuelo mediano. De momento, y para evitar la tentación, nada mejor que un poco de vértigo: Steiner nos recuerda, en un portentoso capítulo sobre el Dante, los abismos que el juego de la identidad-diferencia de las voces puede desencadenar en la gran literatura:

Se dice “Dante” olvidando el carácter vivo y complejo de la triangulación que asocia a Dante Alighieri –el nombre concreto de “Dante” se usa sólo una vez en todo el poema épico- con el “yo” del narrador y con la persona del Peregrino, que habla, que experimenta su propia sustancia y es visto, por decirlo así, desde fuera, como una tercera persona del singular.

Atengámonos mejor a esa variante modesta o refitolera en la que el autor se deja ver fugazmente entre las páginas (¿era él? ¿lo has visto bien?). Sin olvidar la gracia inimitable con que don Alfred Hitchcok paseaba perros incongruentes o se subía a postizos autobuses, tenemos recogidas algunas más estrictamente librescas; otro día las colgaremos aquí.

Labels:

Thursday, January 29, 2004

De promotores inmobiliarios

Reunión con un promotor que quiere hacer un hotel donde no se puede. Tiene el sello indeleble de los de aquí: pelo canoso cortado a cepillo, chaqueta de cuero, cadenones y relojazo de oro, acento al borde de lo inteligible. Una vez que su arquitecto ha agotado los recursos dialécticos –al menos lo deja hablar y no lo humilla-, y después de probar con el discurso social barato (yo a esto le pierdo dinero, lo hago por el barrio, ya es hora de que alguien...) y la amenaza poco sutil (pues si ustedes no me lo resuelven voy a tener que hablar con el Alcalde), ha desembocado inevitablemente en el lloriqueo (no se puede respirar, desde que entraron las empresas grandes pagando el doble ya no hay solares, yo llevo treinta años dando puestos de trabajo...).

Estos tíos –y los conozco bien- me han repugnado siempre: paternalistas, zafios y prepotentes, convencidos de que todo se les debe, obscenamente exhibicionistas, mezquinos y codiciosos hasta la caricatura, despreciadores de todo lo que ignoran, desbordantes de virilidad tabernaria, tacaños en las pequeñeces, capaces de todo por un metro cuadrado.

Y aun así salgo de la reunión pensando si no serán peores los tiburones con corbata de Hermès llegados de Madrid y Barcelona que están relegando poco a poco a la variedad local al museo de artes y costumbres populares. No me refiero al juicio moral, Dios me libre de meterme en eso; tampoco al trato con ellos: prefiero mil veces (hasta que me harte, pero todavía resultan un agradable contraste) un canalla limpito y con buena prosodia a estos sinvergüenzas gárrulos y sentimentales que además me sé ya de memoria.

Lo que me pregunto (y ya es triste llegar a hacerse esa clase de preguntas) es si al final esta inevitable homologación, esta pasada a la fuerza por la turmix de la modernidad neoliberal no será más dañina para la ciudad que la inercia del cutrerío de toda la vida. Si la mejora de la calidad –indudable- y la atractiva posibilidad de relegar al olvido ciertas lacras y atavismos (aunque sólo sea por conocer lacras nuevas) compensarán una escalada de precios insensata que está dejando fuera del mercado a más de la mitad de la gente. Si en resumidas cuentas cada sociedad no tendrá, al cabo de los años, los modos de organización que mejor se le ajustan, si las miserias que tanto nos desalientan no resultarán ser la expresión más genuina de nuestra condición, y estos trápalas que venden viviendas mal rematadas y peor distribuidas, sin aislamiento digno de tal nombre ni ventilación cruzada pero forradas de arriba a abajo de molduras de escayola, los ejecutores de nuestro inevitable destino de mediocridad poltrona, nuestro darnos igual ocho que ochenta que –seamos sinceros- no nos ha ido tan mal.

Labels:

Wednesday, January 28, 2004

Mornings like this

El cielo agachado y plomizo pone en la primera hora una luminosidad difusa, opaca, de postigos entreabiertos en un salón de techo alto. La calle estrecha tiene, bajo las luminarias amarillas, ilusión de postal o cartón piedra: las medianeras vistas parecen dejar al descubierto una tramoya mal disimulada y el eco de los pasos suena hueco, redundante, teatral.

De lejos resulta difícil creer en el final de la calle: empequeñecido por la perspectiva encajonada, el remoto rectángulo se encierra en su evidente condición de telón pintado para no saber nada de la vida urbana que, imaginamos, despierta nada más doblar la esquina. Pero no esta mañana: enfilamos la avenida con la misma sensación de aire encerrado y quieto que traemos desde el portal. Nos viene a la mente el castillo encantado de los cuentos (el herrero inmóvil con el martillo en alto, la mosca colgada de un hilo invisible sobre el tarro de mermelada, los listones de luz detenida en la cama de la princesa) y sabemos que son juegos tontos de la imaginación mañanera, pero cuando nos pasa por el lado el primer coche tentados estamos de hacerle adiós con la mano, de aliviados que nos deja.

Labels:

Puntos de vista.-

-Tu problema es que nunca me haces caso.
-No, querido, tu problema es que nunca te hago caso.

Tuesday, January 27, 2004

Siempre hay trampas

Es fácil dar una falsa impresión de profundidad. En un contexto favorable, basta describir con todo detalle cualquier sensación o proceso que sea a la vez personal y genérico, por poco relacionado que esté con el tema, para desencadenar una serie de asociaciones; a veces no hace falta siquiera insinuar la implicación: se hace sola en la mente del lector, siempre dispuesto a sorprender, por el tono afectadamente inane o la tensión en los músculos de la espalda, intenciones sutiles en todo lo que escribimos.

Un ejemplo trivial de esta misma noche:

Es terrible despertarse una hora antes de lo previsto. Una hora de reloj: demasiado tiempo para pasarlo remoloneando, demasiado poco para volverse a dormir. Cuando nos giramos y vemos en el despertador que son las seis ya no hay remedio: nos pasaremos esos sesenta minutos agarrotados por la tensión de la espera, calculando una y otra vez si vale la pena intentar coger el sueño (a favor, que cualquier lapso de tiempo que pasemos durmiendo es eterno en sí mismo; en contra, el miedo a que suene el timbre justo cuando lo estemos consiguiendo y nos arruine definitivamente el día).

A decir verdad, apenas pasados cinco minutos ya no hacemos otra cosa que esperar, como a una visita de compromiso que tarda en llegar, la espantosa fanfarria que en cualquier momento rajará el silencio. No nos gusta desearla, pero sabemos que nada mejor nos va a pasar en ese agujero de tiempo hueco, así que nos revolvemos una y otra vez, agarrotados sin darnos cuenta en posturas forzadas, empujando los minutos hacia adelante como si fueran a dejarse empujar, rumiando pensamientos concéntricos que no son sueños pero tienen de ellos la cualidad viscosa y elusiva. Nada en nuestro bagaje –ni siquiera el recuerdo de noches parecidas- nos prepara para esa pelea imposible. Al final, por alerta que creamos estar, el timbre nos cae encima desde otra dimensión, como un sólido que se materializara en medio del cuarto. Agotados, nos asomamos a un día que empieza ya gastado sin saber dónde hemos pasado este tiempo, este terrorífico tramo de tiempo vacío.


O bien esto otro:

Saber que bastaría alzar de golpe el embozo, levantarse sin pensarlo más y andar los dos pasos que nos separan del armario; que no necesitaríamos ni despertarnos del todo para coger la manta y librarnos de una vez de este frío sutil, insidioso, perfectamente soportable pero capaz de arruinarnos el sueño; reconocer que es tan fácil y asumir sin embargo que nos resultará imposible escapar a la desidia de olor rancio, al calorcito precariamente ganado arrebujando el cuerpo, a la gravedad centuplicada que blandamente nos aplasta contra el colchón. Quejarse hipócritamente, amagar cien veces –venga, ahora sí que me levanto- para cien veces dejarse vencer, y sobre todo, dulzura suprema, rendirse, dar media vuelta, hacerse un ovilllo y robar otro tramito de sueño hasta que los hilos de aire frío se nos infiltren de nuevo.

Estos u otros párrafos del mismo corte, hábilmente insertados en una argumentación, pueden hacer como que dicen verdades de gran hondura sobre la vida, el amor, el arte...

Labels:

Monday, January 26, 2004

A modo de introducción.-

No sabría decir del todo qué va a ser este blog; por ahora lo más que puedo es acotarlo en negativo.

No será un diario íntimo: por un lado, soy demasiado pudoroso para eso; por otro, si intento ponerme en el lugar del lector imagino perfectamente el embarazo, el fingido interés, el tedio infinito que despiertan siempre las confesiones.

(Claro que si K se hubiera puesto en el lugar del lector no habría escrito una línea; o mejor, cuando K se puso en el lugar del lector ordenó a Brod que lo quemara todo: pero yo no soy K y esas son reflexiones para otro día –queda como ejercicio para el lector-fiscal detectar hasta que punto una objeción destruye a la otra).

No quiere ser un producto elaborado: el autor tratará de respetar ciertas leyes no escritas según las cuales no es del todo lícito demorarse con los textos más allá de un día (digamos un par), ni planificar la sucesión, ni guardar como hormiguita para los días de escasez.

Pero tampoco será de una espontaneidad desbordante: un autor espontáneo es más terrible aún que uno sincero. De hecho si hay que elegir entre esos dos extremos tenderemos más, por decirlo al modo de Galiano, al artefacto que a la excrecencia. Es decir, que saltándonos las leyes que para eso fueron no-escritas, editaremos semanas después si no nos suena bien una frase o procuraremos, como sin darnos cuenta, alternar piezas de distinto peso y estilo en aras del conjunto que dijimos no considerar.

(¿Y ese nos? ¿de dónde ha salido? No tengo –tenemos- arreglo...)

¿Habrá material de acarreo? Sí, aunque espero que no sea el cuerpo principal. Copiaré cosas que tengo dispersas, para reunirlas y para hacer bulto. No tengo claro si traer intervenciones en los foros: en principio no es la idea, fueron parte de conversaciones y están en su sitio. Pero por otro lado he perdido ya en cataclismos informáticos y mudanzas demasiadas que me habría gustado conservar, así que no me cortaré de copiar lo que me parezca oportuno.

¿Habrá citas? Sin duda habrá citas. Las palabras ajenas que decidimos anotar y recordar nos definen, creo, mejor que las que seamos capaces de juntar nosotros mismos, torpes y empeñados. Si no se encuentra el lector estas páginas tan tapizadas de clásicos como las de Montaigne –que pueden transitarse de principio a fin sin pisar, por así decirlo, suelo francés- será simplemente por falta (mía) de memoria y recursos, no por prudencia ni afán de originalidad.


Eso sí, debido a mi irremediable carencia de sistemática o cuadernos, la mayoría de mis citas tendrán el aire impreciso de ésta, que viene sin duda al pelo: tenía razón aquel que (citado por Steiner o Calasso) declaró que era su máxima aspiración escribir un libro sólo de citas.

Empiezo, pues, poniéndome, ya que ha salido a relucir, bajo el amparo del hosco, poltrón y humanísimo Señor de la Montaña. Si estos cuadernos lograsen recordárselo de lejos a algún lector me daría por más que contento.

Sunday, January 25, 2004

Es necesario un lema o algo parecido, así que:

Qué magnífico escritor no eres...
F

O también:

Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.
Augusto Monterroso